
Diego Catalán nunca dejaba adivinar que, desde hacía muchos años, padecía una grave afección cardiaca. Su incansable actividad incluía esta lucha constante contra la estulticia, el miserabilismo, la dejadez y los atropellos que amenazan el archivo del Romancero -que hemos contado en esta bitácora ,- y también su labor como investigador en correspondencia con sus colegas y amigos de todo el mundo, de todas las edades; sus excursiones diarias a pie, de ocho o diez kilómetros, monte a través, como amante de la naturaleza, y también su trabajo como estudioso y autor -acababa de corregir las galeradas de su última obra "La enigmática carta del Embajador, 28 de mayo / 6 de junio de 1562"
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