Blogia

ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

EL ENAMORADO Y LA MUERTE

EL ENAMORADO Y LA MUERTE

14
EL ENAMORADO Y LA MUERTE

Esta noche soñé un sueño
--muy contrario al alma mía,
soñé que tenía en mis brazos
- la prenda que más quería
y era la Muerte que estaba
-- haciéndome compañía:
-¿Por dónde has entrado, amor,
- amor mío y vida mía?
-Soy la Muerte, Enamorado,
-- que Dios del cielo me envía.
-Por Dios te ruego, la Muerte,
-- por Dios y Santa María,
que me dejes otra noche,
-- que me dejes otro día,
que me quiero confesar,
-- enmendarme de esta vida.-
Aún no era bien de noche
-- y el galán a rondar iba:
-¡Ábreme la puerta, blanca,
-- ábreme la puerta, niña!
-¡Cómo quieres que te la abra,
-- si yo abrirla no podía:
mi padre se está acostando,
-- mi madre que no dormía,
mis hermanitos pequeños
-- mirando a ver lo que hacía!
-¡Si no la abres esta noche,
-- ya no lo harás en la vida!
-Anda, vete a la ventana
-- donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
-- para que subas arriba,
si el cordón no te alcanzase,
-- mi cabello te echaría.-
Estando en estas razones,
-- la Muerte que allí venía:
-Vamos, vamos, Namorado,
-- hora es de dejar la niña.-
Le cogió la Muerte a cuestas
-- por una oscura montiña,
donde no hay moros ni moras
-- ni gente de cristianía.
Encontraron una ermita,
-- que un ermitaño tenía:
-Por Dios te pido, ermitaño,
-- por Dios y Santa María,
hombre que de amores muere
-- ¿tendrá la Gloria perdida?
-Las penas que ahora tú pasas
-- yo algún tiempo bien tenía,
festejaba una señora
-- que era la flor de mi vida:
Yo me calzaba por ella,
-- por ella yo me vestía;
yo no comía por ella,
-- por ella yo no dormía;
por ella soy ermitaño,
-- ermitaño en esta ermita.

b)

En aquel vergel chiquito,
-- chiquito, de gran valía,
donde hay rosas y flores,
-- albahaca y clavellinas,
donde crece la naranja
-- y el limón y la cidra,
donde hay ruda menuda,
-- que es guarda de las paridas,
allí estaba el Amador,
-- el que de amores servía;
la Muerte tiene a su lado,
-- que llevárselo quería.
- Así vivas, tú, la Muerte,
-- que me prestes otro día,
déjame que vaya a ver
-- a una amiga que tenía.
Si encuentro la puerta abierta,
-- me prestarás nueva vida;
si la amiga no me abre,
-- haz de mí lo que querías.-
Ya se parte el Amador,
-- ya se parte, ya se iba;
topó las puertas cerradas,
-- ventanas que no se abrían.
Batió, batió en la puerta,
-- y abrir no le abrían;
se asomó a una ventana,
-- vio que con otro dormía.
Ya se parte el Amador,
-- ya se parte, ya se iba;
de los sus ojos lloraba,
-- de la su boca decía:
-¡Malhaya sea el hombre
-- que de mujeres se fía!
¡Un amor tenía ella,
-- por otro lo cambiaría!

---- Este romance ha tenido en la tradición catalana del siglo XIX una gran difusión, que se continuaba en el siglo XX. Conozco 21 versiones, la mayor parte de ellas inéditas (custodiadas en el archivo del “Cançoner Popular de Catalunya”). Aunque escasísimas, hay también versiones sanabresas, una de las cuales tuve la fortuna de oir y anotar en San Martín de Castañeda el año 1949. Esta versión y otra muy análoga que Tomás Navarro Tomás recogió en Galende en 1910 son muy similares a la primera de las que aquí publico y tienen la misma estructura que las catalanas, salvo que omiten la “confesión” final del ermitaño, pues empalman con la narración de otros romances: el de “El alma peregrina y el caballero piadoso” o el de “La penitencia del rey Rodrigo”. Este último romance es responsable de que en la tradición oral del siglo XX de León y de Asturias sólo sobreviva del tema de “El Enamorado y la Muerte” la escena inicial, desde la cual la narración salta a la entrevista con el ermitaño, seguida por la penitencia de ser sepultado vivo con una culebra, según el romance del rey Rodrigo, sin el episodio de la visita a la amada.
---- Mi segunda versión responde a cómo el tema es recordado por los cantores sefardíes de Tesalia y la Macedonia griega.
Una versión mejicana (en asonante –á.a), procedente de Tlalnepantla, es un arreglo erudito del romance tal como lo publicó Ramón Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos (libro difundido en Hispanoamérica en ediciones de Buenos Aires).
---- El romance oral de los siglos XIX y XX tuvo su origen en el Romancero trovadoresco del siglo XV, del cual proceden los dos “temas” que se combinan en la tradición peninsular (tanto en la del Reino leonés como en la de Cataluña) y, asimismo, en la tradición judeo-española oriental.
--- Entre los poemas escritos por el poeta cuatrocentista Juan del Enzina “desde que huvo catorze años hasta los veynte y cinco”, que constituyen su Cancionero (1496), ninguno alcanzó tanto éxito como el que comienza “Yo estava reposando, / durmiendo como solía”. Aunque llamado “Romance”, se trata métricamente de un poemita en octosílabos cuyos versos pares riman todos en –ía y los impares consuenan de dos en dos.
----El romancero tradicional, entonces de moda, le sugirió este curioso esquema métrico, y también la fórmula de comenzar la narración “Yo estaba...” y otras expresiones o modos de decir; pero no, como alguna vez se ha creído, el tema. Se trata de un romance o pseudo-romance que responde perfectamente al género, muy cultivado a finales del siglo XV, de la poesía cortesana en moldes poéticos populares. El romancero “trovadoresco” mantuvo su boga hasta mediados del siglo XVI, en que dejó de interesar al público lector; pero, entre tanto, “Yo estaba reposando” fue reproducido, no sólo en las múltiples reediciones del cancionero juvenil de Juan del Enzina publicadas durante el reinado de Isabel y Fernando, sino en cancioneros musicales, en pliegos sueltos y en cancioneros de romances. He aquí su texto:

Yo estava reposando
--durmiendo como solía,
acordé, triste, llorando
-- con gran pena que sentía.
Levanteme muy sin tiento
-- de la cama en que dormía.
cercado de pensamiento,
-- que valer no me podía.
Mi pasión era tan fuerte,
-- que de mí yo no sabía,
conmigo estava la muerte
-- por tenerme compañía.
Lo que más me fatigava
-- no era porque muría,
mas era por que dexava
-- de servir a quien servía.
Servía yo a una señora,
-- que más que a mí la quería
y ella era la causadora
-- de mi mal sin mejoría.
La media noche passada,
-- ya que era cerca del día,
salime de mi posada
-- por ver si descansaría;
fui para donde morava
-- aquella que más quería,
por quien yo, triste, penava,
-- mas ella no parecía.
Andando todo turbado
-- con las ansias que tenía,
vi venir a mi Cuydado
-- dando bozes y dezía:
-Si dormís, linda señora,
-- recordad, por cortesía,
porque fuestes causadora
-- de la desventura mía;
remediad mi gran tristura,
-- satisfaced mi porfía,
porque si falta ventura
-- del todo me perdería.-
Y, con mis ojos llorosos,
-- un triste llanto hazía,
con sospiros congoxosos,
-- y nadie no parecía.
En estas cuytas estando,
-- como vi que esclarecía,
a mi casa, sospirando,
-- me bolví sin alegría.

---- El romance del siglo XX heredó del pseudo-romance de Enzina el asonante –í.a, como adaptación de la rima en –ía de los versos pares y eliminó todo rastro del artificio de rimar de dos en dos los impares. También conservó las dos escenas del poema cuatrocentista: la visita de la muerte al enamorado en medio de la noche, interrumpiendo su placentero descanso,y el desesperado y fallido intento del enamorado por entrevistarse con su amada; pero alterando profundamente la concepción de una y otra. Tanto en la escena de la visita intempestiva de la muerte, como en la recuesta de amor, las versiones modernas conservan (consideradas en conjunto) múltiples reminiscencias de versos y expresiones procedentes del poema pseudo-romancístico de Juan del Enzina; pero la Muerte a la cual el Enamorado abraza, creyendo ser la mujer amada, es un personaje tan real como él mismo, y no meramente un estado de conciencia del “Yo” que muere de amor; su congoja es porque se enfrenta, inexorable e imprevistamente, con la última oportunidad de gozar del amor carnal compartido, y desaparece toda huella del debate del poeta con su propia pasión analizada mediante disquisiciones introspectivas.Consecuentemente, la ida en busca de la Amada acaba con la escena dramática, a la vez realista y simbólica, de la frustrada “escalada” del Enamorado utilizando el cordón que amorosamente le proporciona la doncella. Así en los textos sanabreses y catalanes.
--- En la tradición judeo-española, se substituye el sueño pasional en medio de la noche por un escenario que tiene la misma función contrastante respecto a la inesperada presencia de la Muerte: el de una naturaleza idílica. Ello ocurre también en algunas de las versiones catalanas. El texto sefardí comparte con la tradición peninsular el motivo narrativo del plazo negociado con la Muerte; pero, aunque la ida al encuentro de la Amada se conciba ahora como una “prueba” de confianza en la fidelidad de la que el Amador tiene por amante, el episodio mantiene una mayor similitud en sus versos respecto al romance trovadoresco que el texto peninsular.
--- En su final, los dos textos, el peninsular y el sefardí de Oriente, son herederos de un segundo poema trovadoresco, que en el Romancero antiguo sólo nos es conocido adosado a una versión de otro de Juan del Enzina (“Por unos puertos arriba”) mediante una torpe soldadura. Ese poema trovadoresco, un romance asonantado en –í.a, consistía en la “Pregunta a un ermitaño”:

-Dígasme, tú, el ermitaño
--que hazes la santa vida,
el que por amores muere
--si tiene el alma perdida
o, por las penas que pasa,
--si tiene gloria conplida;
dígasmelo, santo ombre,
--sácame de esta agonía,
que siete años son pasados
-- que yo hago esta vida,
comiendo las carnes crudas
- y bebiendo el agua fría;
mas reniego de los onbres
- que de las mugeres fían,
falsas son y engañosas,
- hechas son a la su guisa:
uno tiene en los braços
- y por el otro suspira.
---- Aunque, desde el último tercio del siglo XVI hasta nuestros días, los “romances trovadorescos” quedaron arrumbados junto con los gustos de aquella literatura letrada y de su acompañamiento musical, el pueblo cantor siguió repitiéndolos y reelaborándolos para ajustarlos a la estética y a la ética del Romancero “acrónico” incontaminado de las modas literarias de cada generación letrada. Gracias a la capacidad creadora de los múltiples cantores que heredaron el tema, tenemos hoy estos dos poemas dignos de permanente recuerdo.

Diego Catalán

Imagen de portada: dibujo de Holbein

POR LA RIBERA DEL TURIA. LLANTO DEL PASTOR ENAMORADO

POR LA RIBERA DEL TURIA. LLANTO DEL PASTOR ENAMORADO

13
POR LA RIBERA DEL TURIA
LLANTO DEL PASTOR ENAMORADO

Por aquel lirón arriba
--lindo pastor va llorando,
con el agua de sus ojos
--el gabán lleva mojado.
-Buscaréis, ovejas mías,
--pastor más aventurado,
que os lleve a la fuente fría
--y os carée con su cayado.
Adiós, adiós, compañeros,
--las alegrías de antaño,
si me muero de este mal,
--no me entierren en sagrado,
enterradme en prado verde,
--donde no paste ganado,
dejen mi cabello fuera
--bien peinado y bien rizado,
para que diga la gente
--“Aquí murió el desgraciado,
que murió de mal de amores
--que es un mal desesperado”.
Ya enterraban al pastor
--enmedio del verde prado,
al son de un triste cencerro,
--que no hay allí campanario.
Tres serranitas le lloran
--allá en el monte serrano:
Una decía;: “¡Ay, mi primo!”,
--otra decía: “¡Ay, mi hermano!”,
la más chiquitita de ellas:
--“¡Adiós, dulce enamorado!,
¡mal te quise, por mi mal,
--siempre viviré penando!.

b)

Por aquel lirón abajo,
--un lindo pastor venía,
en el su costado izquierdo
--traía mortal herida,
que se la hizo otro pastor
--por celos que le tenía;
buen pastor debía ser
--por lo bien que disponía.
Hablaba con sus ovejas
--y a sus corderos decía:
-Buscaréis otro pastor,
--que os cuide de noche y día,
que os lleve a beber agua
--a la fuente en que solía
y de noche a la majada
--y después a la pacía.-
Ya le entierran al pastor
--al pie de una verde oliva,
al son de un triste cencerro,
--porque campanas no había.
Tres serranitas le lloran

--de la alta serranía.
Una dice:”¡Ay, mi hermano!”,
--la otra “¡Adiós, primo” decía
y la más chiquita de ellas:
--“¡Adiós, el bien de mi vida!”.

---- El romance en asonante –a.o, que en versión asturiana de Santianes de Molenes fue ya publicado en 1885 y en versión leonesa de Viadangos de Arbas, más completa, recogida en 1980, fue dada a conocer por mí en 1997, tiene claramente su punto de partida en un romance trovadoresco, consonantado en –ado, que incluyó el librero y literato Joan de Timoneda en su Rosa de Amores (Valencia, 1573), y que comienza así:

Por la ribera deTurya
--va un pastor tras su ganado,
pobre, triste y sin abrigo,
--pero más enamorado,
con lágrymas de sus ojos
--el gaván trahe mojado,
entre sí mismo diziendo:
---Crudo Amor, ya estás vengado,
pues me tienes preso, herido,
--y a tus leyes domeñado...

---- Otros componentes del romance oral de los siglos XIX y XX comparten, con su comienzo, un noble origen literario: el formulaico motivo de “No me entierren en sagrado”, tiene su origen, como ya diré en su momento, en otro romance trovadoresco, “Si se está mi corazón”, y la escena de las tres jóvenes que lloran al muerto es un calco del final del famoso romance de tema épico relativo a la “Muerte de Fernand Arias” en el reto de Zamora.
---- El romance en asonante –í.a, recogido de la tradición oral en el Valle del Lozoya (Madrid), en 1903 y 1904, y en el concejo asturiano de Ponga, en 1920, es una hábil refundición tradicional del asonantado en –á.o.
---- Vemos, en una y otra de las dos versiones que he presentado, cómo el Romancero oral del siglo XX no sólo heredó y adaptó poemas que ya en los siglos XV y XVI formaban parte del acervo tradicional, sino que se enriqueció acudiendo a la poesía de moda en aquellos siglos de tránsito de la literatura tardo-medieval a la renacentista.
----NOTA: El romance de “El pastor enamorado” no debe confundirse con otro tema que goza de una mayor difusión: “Testamento del pastor”, que la trashumancia ha difundido por la montaña leonesa y palentina y por Cáceres y La Mancha. Dice así:

Sierra arriba, sierra abajo,
-- un serranito venía,
con una manta terciada
--a uso de serranía,
con el rosario en la mano
--rezando el “Ave María”,
no sé si reza por su alma
--o si reza por la mía.
A la sombra de un peñasco,
--
el serrano se tendía.
Llamaron a un cirujano,
--por ver el mal que tenía.
Le mandó hacer testamento
--
de todo lo que tenía.
-Ovejas, las mis ovejas,
-- aquellas que yo quería,
buscaréis nuevo pastor
--
que os dé la pastoría,
que os traiga cañada abajo,
--os traiga cañada arriba,
y que os lleve a las montañas
--a beber las aguas frías.
El zurrón de las cucharas
--lo mando a la mi María,
para que de mí se acuerde
--cuando dé vuelta a las migas;
el puchero de la miera,
--que allí en la majada había,
ese puchero lo mando
--a las mozas de la hila
y el gancho y las abarcuelas
--que me los digan a misas.

Autor: Diego Catalán

CERCADA ESTÁ SANTA FE

CERCADA ESTÁ SANTA FE

12
CERCADA ESTÁ SANTA FE

Cercada está Santa Fe
--de un fino lienzo encerado,
ricas tiendas la rodean
--de terciopelo y brocado.
En la más chiquita de ellas
--está Cristo figurado;
en la cabeza de Cristo
--un rubí, de oro esmaltado,
si bien le apreciáis, señor,
--vale más que tu reinado.
A las doce horas del día,
--un moro se ha señalado,
sobre un caballo negro,
--de muchas marcas marcado;
caballo tan poderoso
--no se ha visto entre cristianos:
la boca tiene hedionda,
--el labio largo y cortado,
caballo que con sus dientes
--despedaza a los soldados.
El hombre que sobre él viene
--parece de gran estado;
un ojo trae de vidrio
--y el otro alcoholado,
su brazo blanco y velludo,
--la mitad de él alheñado:
-¡Salga uno, salgan dos,
--salgan tres o salgan cuatro;
si no quisiere ninguno,
--salga aquí el rey don Fernando,
le mostraré yo mis armas
--y el valor de mi caballo!

---El romance de donde procede esta imagen briosa de un moro que se acerca al campamento que los Reyes Católicos alzaron ante Granada, bautizándola con el provocador nombre de Santa Fe, y reta a combate campal a los capitanes del rey y al propio rey Fernando, versaba sobre una hazaña, histórica o legendaria, de Garcilaso de la Vega, el padre del gran poeta. Contra lo que por un tiempo afirmó la crítica, el romance no fue inventado por los poetas del Romancero morisco que imperaba a fines del siglo XVI, ni las versiones del Romancero oral del siglo XX proceden de la lectura de textos impresos (salvo una de los gitanos de Cádiz). Dos cartapacios manuscritos (de 1580 y 1598) conservan versiones viejas tomadas de la tradición oral que nos permiten ver de forma clara cómo los poetas del Romancero nuevo que publicaron textos del romance, Lucas Rodríguez (1579) y Ginés Pérez de Hita (1585), fueron conocedores de otras dos versiones de tradición oral, pero las revistieron con galas moriscas, cada uno según sus propósitos y concepción del género entonces de moda.
----
En la tradición oral del siglo XX, la escena del reto, heredada de versiones del romance tradicional análogas a las varias que se cantaban a finales del siglo XVI, ha sido utilizada para encabezar otros romances en que aparecía un moro retador: el de Búcar y el Cid, en las comunidades judías de Marruecos; el de Don Manuel, en Cantabria, Asturias y León.
----
La particular hazaña de Garcilaso (al dar muerte al moro Atarfe, que llevaba la divisa del Ave María atada a la cola de su caballo), hazaña que no desentona respecto a la escenificación caballeresca de la guerra contra el moro tal como la concibieron, para ganar renombre internacional, Isabel y Fernando, fue olvidada entre el siglo XVII y el XX, pero siguió proporcionando el mejor conjunto descriptivo para pintar a un arrogante enemigo infiel.

Diego Catalán

Imagen de portada: tapiz medieval

LA MERIENDA DEL MORO ZAIDE

LA MERIENDA DEL MORO ZAIDE


11
LA MERIENDA DEL MORO ZAIDE

Víspera de Santos Reyes,
--segunda fiesta del año,
cuando el hijo del rey moro
--al rey le pide aguinaldo.
-No le pido oro ni plata
--ni tampoco su reinado,
pídole cuatro mil hombres
--que salgan conmigo al campo.-
Si cuatro mil le ha pedido,
--cinco mil le ha mandado.
Por los campos de Jaén
--van los moros peleando;
tierra por donde ellos iban
--todo quedaba arrasado;
no dejan cabra ni oveja
--ni pastor con su rebaño,
a no ser un pobre viejo
--de los miembros quebrantado
-¿Adónde queda mi primo?,
--¿dónde quedan mis hermanos?
Dime, dime, tú, el pastor,
--¿dónde los moros quedaron?
-En los campos de Malverde
--todos juntos merendando,
comen ternera cocida,
--rico corderillo asado;
unos meriendan deprisa,
--otros meriendan despacio,
a no ser el perro moro
--que merienda de a caballo:
con la punta de la espada
--traía el pan a la mano,
con la punta de la lanza
--apurre el carnero asado.

----Dentro de la función noticiera que tuvieron muchos romances, ocupa en el viejo romancero de los siglos XV-XVI un lugar destacado el llamado “Romancero fronterizo”, referente a sucesos de la plurisecular guerra con el reino moro de Granada. Conviene distinguir en él dos tipos de romance muy diversos, que son a la vez representativos de tiempos distintos: el propiamente “fronterizo”, en que se refieren incidentes de la guerra de la Frontera, de mayor o menor trascendencia, y el que celebra acciones heróicas de los caballeros que escaramuzan ante Granada durante su cerco por los Reyes Católicos; que poco tienen que ver entre sí.
----Los primeros, al igual que otros romances noticieros, tienen escasa cabida en el Romancero oral del siglo XX; se precisa de la concurrencia de razones especiales para que su narración siga interesando. En el romance que comento, ya sabemos que debió de ser la presencia de la palabra “aguinaldo”, en el sentido general de ‘presente’, lo que, en su día, daría lugar a la escena inicial tal como modernamente se canta en el Norte de España (Lugo, Asturias, montaña de León, Cantabria, montaña de Palencia). La palabra no es ajena al viejo romancero fronterizo: “en braços de sus amigas / van todos juramentados / de no bolber a Jaén / sin dar moro en aguinaldo” (dice el romance que comienza “Un día de San Antón”, o “Día es de San Antón”); y sospecho que la creación a partir de ella de la escena inicial nos explica el extraño hecho de que se sitúe en la víspera de la fiesta de Reyes la petición de los 4.000 hombres por un caudillo que, a continuación, corre con sus moros los campos de Jaén.
Cuando, en 1946, me estrené como colector de romances de la tradición oral en la aldea de Cirtieño, del concejo de Ponga (Asturias), la versión de este romance que recogí, en vez de hablar de hombres armados, decía, debido a su función petitoria, ”pedimos seis mil duros, / cinco mil fueron mandados” (!) y el tema parecía girar en torno a una suculenta merienda campestre. Afortunadamente, otras versiones conservaban bien el relato de la algara contra Jaén. Bastaba comparar el conjunto de las reunidas en el Archivo del Romancero con otros romances fronterizos para entender que el romance de la tradición oral moderna estaba compuesto de motivos típicos de ese subgénero. No obstante, la tradición de los siglos XV-XVI no nos ofrecía versión ninguna de tal romance, ni las crónicas nos ayudaban a encuadrarlo en el tiempo. Pero su antigüedad y su difusión en aquellos siglos nos la garantiza un dicho ingenioso de Garci Sánchez de Badajoz a fines del siglo XV (recordado por Melchor de Santa Cruz en su “Floresta española”, 1574), quien, para motejar en una reunión de morisco a cierto caballero, recordó impertinentemente dos octosílabos de nuestro romance:

Todos meriendan a pie
--y el moro Çaide a cavallo.

Diego Catalán

MUERTE DEL MAESTRE DE SANTIAGO

10
MUERTE DEL MAESTRE DE SANTIAGO

Hoy es víspera de Reyes
--la primer fiesta del año,
cuando damas y doncellas
--al rey piden aguinaldo,
unas le pedían seda,
--otras el fino brocado,
a no ser doña María,
--tras la puerta se ha quedado.
-¿Tú qué pides, ay, María,
--tú qué pides de aguinaldo?
-El aguinaldo que pido
--sé que no será otorgado.
-Sí será, María Padilla,
--aunque pierda mi reinado.
-Yo no quiero oro ni plata,
--ni tampoco tu reinado,
vengo a pedir la cabeza
--del Maestre de Santiago.
-Las cabezas de hombres vivos
--no se dan por aguinaldo;
mas por ser a ti, María,
--concedido y otorgado.-
Estando yo en mi Coimbra,
--de mi mocedad gozando,
cartas me hubieron venido
--del rey don Pedro mi hermano,
que me vaya a los torneos
--que en Sevilla se han armado,
que lleve poquita gente,
--que son los gastos muy largos.
Yo llevé ciento de a mula
--y otros tantos de a caballo,
de ellos vestidos de seda
--y los demás de brocado,
todos vestidos de verde,
--yo, el Maestre, de encarnado.
A la pasada de un río,
--a la colada de un vado,
cayó mi mulilla en tierra,
--quebré mi puñal dorado;
se me ha ahogado un pajecillo
--de los míos más amado,
conmigo come a la mesa,
--conmigo duerme a mi lado,
somos hermanos de leche
--una madre crió a entrambos.
A la entrada de Sevilla,
--encontré un licenciado:
-Vuélvase atrás, el Maestre,
--que lo llevan engañado,
que en Sevilla no hay torneos
--ni tampoco se han usado.-
-Dios le guarde, el buen rey,
--Dios le guarde su reinado.
-Bien venido, maestrillo,
--bien venido y mal llegado;
tu cabeza, hermano mío,
--mandada está de aguinaldo.
-Si la tienes prometida,
--cúmplase vuestro mandado.-
Apenas lo había dicho,
--la cabeza le han cortado.
A doña María Padilla
--se la llevan de aguinaldo.
La agarró por los cabellos,
--por el suelo la ha arrastrado:
-Aquí pagarás, Maestre,
--aquí pagarás, villano,
cuando me llamaste puta
--del rey don Pedro tu hermano.-
La cogió doña María
--y se la tiró al alano.
El alano es del Maestre,
--conoció que era su amo,
la cogiera con los dientes,
la llevó para sagrado,
--con las patas hace el hoyo,
con la boca la ha enterrado,
--con la lengua hace clamor,
con los ojos la ha llorado.
--Y, a los aullidos del perro,
mucha gente se ha allegado.
---¡Ay, triste de mí, mezquino,
ay, triste de mí, cuitado!,
--si el alano hace aquello,
¿qué haré yo, que soy tu hermano?
--¡Tus gustos, doña María,
tus gustos se han acabado!-
--Doña María de Padilla
por los aires va volando,
--por sus buenos procederes
no la quiere Dios ni el Diablo.

----La conservación de un romance noticiero en la tradición oral del siglo XX puede deberse, no al interés perdurable del suceso cantado ni a la enseñanza que sobre la vida puede inducirse del caso narrado, sino a su aptitud para ser incorporado a un ritual folklórico. Es lo ocurrido en la tradición peninsular con este espléndido romance, el cual, en su origen, formó parte de la guerra libelística que mantenían, en paralelo a la guerra civil, los “petristas” y los “trastamaristas” a comienzos de la segunda mitad del siglo XIV.
----En la versión publicada en el siglo XVI, el romance comenzaba;

Yo me estava allá en Coymbra,
   que yo me la ove ganado,

recordando la conquista de Jumilla a los aragoneses por el maestre don Fadrique en servicio de su hermano el rey don Pedro (pues Jumilla fue también conocida por ese nombre), y seguía:

quando me vinieron cartas
del rey don Pedro mi hermano,
que fuese a ver los torneos
que en Sevilla se han armado...;

y las versiones sefardíes de Marruecos confirman que ése era el comienzo original del romance. Sólo en el curso posterior de la acción se hacía referencia en la versión del siglo XVI a la culpabilidad de doña María de Padilla en la muerte del Maestre de Santiago, cuando, al llegar éste a Sevilla, el rey le comunica: “Vuestra cabeça, Maestre, / mandada está en aguinaldo” , y cuando, una vez muerto, envía en un plato la cabeza a doña María . Pero ese verso, en que la palabra “aguinaldo”, usada por don Pedro, tenía el sentido general de ‘regalo’ o ‘estrena’ (el fratricidio no ocurrió en Navidad, sino en el mes de mayo de 1358), tuvo tal poder sugestivo sobre los cantores peninsulares del romance que, a partir de él, se visualizó la ocasión y la escena en que doña María consigue del rey don Pedro que le prometa la cabeza de su hermano el maestre don Fadrique, y así, con esa escena, comienzan las versiones modernas de tierras de Segovia, Logroño, Asturias, León, Zamora y Galicia. No sabemos en qué momento se dotó al romance de esta escena explicativa de la afirmación del rey que se impuso por todas partes; sólo, dados los versos de que consta, que quien la ideó conocía el romance cidiano de las querellas de Jimena.
----La anteposición de esa escena hizo posible que el romance se convirtiera en “canto aguinaldero”, en canto petitorio de los mozos y mozas para celebrar la fiesta de Reyes. Gracias a ello, el romance se repitió en muchos pueblos cada año y pasó de generación en generación. Tal ocurrió, por ejemplo, en Siguero en el vecino Sigueruelo (Segovia), donde, en el curso de una excursión a pie desde Santo Tomé del Puerto a Turégano, el 24 de agosto de 1947, tuve ocasión de recoger una versión con texto muy análogo al de la que aquí publico. Y, en 1978 (en compañía de un alumno marroquí y de unas alumnas polacas) pude aún volver a oirlo en versión que nada desmerecía respecto a la recogida en 1947.
----Si este uso festivo ha hecho posible la conservación del romance, el empleo “aguinaldero” es también responsable de que, muy frecuentemente, la atención de los cantores se desvíe de la historia narrada, de forma que, tras la escena inicial, el canto sigue con otros versos referentes a los Reyes Magos o de petición directa de aguinaldo a los destinatarios a quien se endereza.
----Dejadas de lado estas consideraciones etnográficas, vemos que, como texto poético, el romance del siglo XX, en sus versiones completas, compite en calidad estética con su antecesor del siglo XVI, pues utiliza con extraordinaria eficacia modos y motivos tradicionales: la narración en primera persona que de su viaje hacia la muerte hace el propio asesinado y los detalles premonitorios de la tragedia que durante él se van acumulando: el color rojo del traje de fiesta que, en contraste con sus acompañantes, viste el Maestre; la caída de la mula y quebradura del puñal; la muerte, ahogado, de su paje más querido.
----Dado que el romance ha venido cantándose durante cinco siglos y que forma parte de un conjunto de romances viejos referentes a sucesos muy varios de la larga lucha entre el rey don Pedro y sus enemigos, su carácter de romance noticiero (esto es, político) contemporáneo del suceso narrado es, a mi ver, seguro. Resulta, por tanto, interesante confrontar su versión de lo ocurrido con la mejor de las páginas de la crónica del reinado escrita por el Canciller de los reyes Trastámaras, don Pero López de Ayala, quien, para hacer más odiosa la figura de don Pedro (como es su intención constante), exculpa a doña María de Padilla convirtiéndola en ineficaz protectora del Maestre en el momento de su muerte. Claro está que no pretendo con esta observación confundir en un mismo género la fábula libelística poética y la historia cronística tendenciosa , aunque ambas compartan el ser, como toda Historia, invenciones artísticas.

Autor: Diego Catalán 

MUERTE DEL DUQUE DE GANDÍA

MUERTE DEL DUQUE DE GANDÍA

9
MUERTE DEL DUQUE DE GANDÍA

a)

Lloran condes, lloran duques,
--lloraba la frailecía,
también llora el Padre Santo
--por el Conde de la Oliva,
siete días con sus noches
--que el Conde no parecía.
Un pregón pregonó el rey,
--un pregón, que así decía:
“Todo el que al Conde hallare
--medio reino le daría.
Al que lo hallare muerto,
--las cien doblas le daría;
al que le hallare vivo,
--a oro le pesaría”.
Ahí se acercó un pescador
--que pescaba noche y día:
-Yo estando, mi señor,
--pescando como solía,
oí un combate en el agua
--que la mar se estremecía.-
Tiran barcas y barquillas
--y al buen Conde sacarían.
Ya le traía su tío,
--en la iglesia lo metía:
-¿Quién te mató, mi sobrino,
--que de ti no hubo mancilla?
Si te mató por dinero,
--muchas doblas le daría;
¿si te mató por la esposa
--de gran celo que tenía?-
Ya le enterraba su tío;
--la noche le ensoñaría:
-Mucho me llorasteis, tío,
--responder no vos podía.
Me ha matado el pescador
--que las señas os daría.
Me quitó el jubón de grana
--como lo estrené aquel día,
me quitó reloj del seno
--y el dinero que tenía,
un anillo de diamantes
--sólo una ciudad valía.
Me puso peso al pescuezo,
--cien libras y más tenía.-
Ya se levanta su tío
--y a las Cortes lo metía:
-El que este delito hace
--¿qué castigo merecía?
“Que le aten pies y manos
--y lo arrastren por la villa”-
Los huesos que le quedaron
--el pueblo se ahumaría.

 

 

b)

Estrellas no hay en los cielos,
--la luna no aparecía.
¡Dios del cielo, Dios del cielo,
--el Dios de la judería,
a todos criasteis ricos
--y a mí en gran pobrería!
Yo me estando un hombre pobre,
--pescando mi primería,
vi venir tres a caballo
--haciendo gran polvarina,
llevan un bulto en el hombro
--que de negro parecía,
el bulto echaron al río,
--entero se estremecía.
Eché ganchos y gancheras,
--por ver lo que me salía,
me salió un duque mancebo,
--hijo de rey parecía:
camisa lleva de holanda,
--cabezón de perla y sirma,
anillo lleva en su dedo,
--cien pobres ricos se harían.
Recogí la red al barco,
--a la mi casa me iba.
Topé la puerta cerrada,
--ventanas que no se abrían;
pregoneros pregonando
--por toda aquella villa:
“Quien viera al hijo del Conde,
--dádivas que le daría:
el que dé señas de muerto,
--en su lugar le pondría;
quien diera señas de vivo,
--medio reino le daría”.
Yo, el pobre y el mezquino,
--a decírselo iría:
-Ábreme tú, el portero,
--yo os diré lo que veía:
Yo me estando un hombre pobre,
--fui a pescar mi pobrería,
vi venir tres a caballo,
--haciendo gran polvorina,
bulto llevan en el hombro
--que de negro parecía,
el bulto cayó al río,
--el río se estremecía.
Recogí la red al barco
--y a la mi casa me iba,
topé las puertas cerradas
--y puertas que no se abrían.-
Ya lo toman al mezquino,
--matar ya lo matarían.

 

----Entre los temas aún cantados en el siglo XX se halla algún romance de los llamados noticieros, escritos para comentar sucesos de mayor o menor interés para el común de las gentes. Claro está que, si, pasados los siglos, algunos de esos romances han seguido recordándose es porque su “fábula” podía interpretarse como “ejemplo”, por encerrar un mensaje de interés general al margen del hecho puntual en él recordado. Es lo que vemos en estos dos relatos basados en la maliciosa (aunque verídica) interpretación de lo ocurrido en Roma cuando, en el año 1497, desapareció una noche el Duque de Gandía y su cadáver vino a ser hallado en el fondo del Tíber. Los españoles que allí residían no dudaron en atribuir el asesinato a su hermano César Borgia. La rivalidad personal de los dos hijos del Papa Alejandro VI les había conducido a actuar políticamente en campos opuestos: Juan, del lado de los Reyes Católicos; César, aliado de los franceses. El romance noticiero original (conservado en Pliegos sueltos del siglo XVI) no aclaraba el misterio del crimen, pues el relato no incluía una narración objetivada del “suceso”, del asesinato del Duque y la acción de hacer desaparecer su cadaver arrojándolo al río; y, al final, el Papa cerraba la investigación sin resolver el caso. Pero el romancista proporcionaba a los contemporáneos del “suceso” claves suficientes para que no considerasen el caso insoluble: nota, primero, la diligencia con que los españoles buscan al Duque desaparecido (versos 10-11), dejando ver, por defecto, el desinterés de los romanos; después subraya que al cadaver sacado del fondo del río no se le han robado sus joyas y dineros (versos 29-32), siendo, pues, patente que los asesinos tenían como objetivo su persona y les sobraba riqueza (versos 33-35), y, por último, en el desenlace, presenta a un arzobispo, “que de la trayción sabía”, hablando al oído del Papa y consiguiendo que Alejandro VI decida cambiar su inicial maldición a los que hubieran matado a su hijo, por un generoso perdón que incluye la bendición pontifical de los asesinos. Estas insinuaciones eran suficientes para que, en aquellos días los lectores del romance se confirmaran en la sospecha de que el crimen lo había cometido César, el hijo favorito del sinuoso Papa Borgia, según lo que explícitamente acusarían todos los historiadores del suceso afectos a la causa españolista. Pero, pasado el tiempo y al ir repitiéndose y adquiriendo estructura poética tradicional el romance impreso en los Pliegos sueltos, el relato, como “novela policiaca”, no resolvía el misterio del horrible crimen, lo dejaba abierto a la interpretación de cada uno. Cuando los cantores no contaron ya con información extra-narrativa que les ayudase a resolver el caso, centraron su interés en el “pobre pescador” como único posible protagonista de la narración, y en torno a él reelaboraron la “fábula”.
Nada sabemos de un probable canto tradicional del romance noticiero en España, pues las únicas ramas del romancero oral del siglo XX que conservaron memoria de él son las judeo-españolas de los sefardíes de Marruecos y del Oriente Medio (Turquía, Siria, Grecia y Macedonia) herederas de las comunidades judías salidas de España en 1492, cinco años antes del suceso, y no sabemos si fueron los judíos expulsados de Portugal en 1497, o los residentes en Roma, o los “marranos” que huyeron posteriormente por miedo a la Inquisición quienes divulgaron el romance de los Pliegos sueltos. Pero lo que sí está claro es que el romance oral del siglo XX de ambas tradiciones sefardíes ha substituido el cierre, en falso, del caso judicial propio del romance noticiero, en el cual, tras la cristiana bendición de los asesinos, el Papa se conforma con enterrar a la víctima en Santa María del Pópulo poniendo en su sepultura el rótulo“Aquí yaze el mal logrado / del buen Duque de Gandía”, por una secuencia narrativa en que se da cuenta que el pobre pescador es condenado y ajusticiado como presunto autor de la muerte.
Esta forma de cerrar el sumario resultaba, en principio, tan ambigua como la del texto impreso en los Pliegos sueltos, en cuanto al misterio del crimen. De ahí que haya podido ser entendida de dos formas muy diversas, según vemos en las dos versiones que aquí he publicado. representativas la primera de la tradición judeo-española de Marruecos y la segunda de la tradición del Medio Oriente.
En Oriente, los cantores sefardíes creen en la inocencia del pescador, cuyo único “crimen” es el ser demasiado “simple” y caer en la trampa tendida por los poderosos que controlan la justicia y pregonan “quien traiga señas de muerto / en su lugar lo metería”, ya que en tal pregón cabían dos interpretaciones: ser tratado como “hijo del Conde”, al igual que el muerto”, o compartir con el muerto su destino. El mensaje del romance es que los pobres, los marginados, no deben colaborar con la justicia oficial, con el poder, pues siempre es ajeno a sus intereses y corrupto. Para hacer explícita esta “lectura” del “ejemplo” narrado, las comunidades sefardíes orientales acudieron al simple recurso de hacer que el pobre pescador se convierta en el narrador objetivo de la historia, anticipando en el discuro romancístico lo que antes sólo constaba en el romance como declaración ante los poderosos. Así colocadas, las mismas palabras que luego conducirán al declarante a la muerte, resultan para el receptor del romance descripción innegable de la escena del crimen.
En Marruecos, por el contrario, las comunidades sefardíes, lejos de desconfiar de la justicia, de quien desconfían es de los pobres, por el mero hecho de serlo. La declaración del pobre pescador no se cree; por ello es preciso desautorizarla. Ahora bien, para no destruir la estructura de “novela policiaca”, que es la gracia del romance, los interesados en dejar clara esta otra enseñanza en el “ejemplo” no cayeron en la tentación de narrar explícitamente por delante cómo fue el crimen, sino que esperaron al final de la historia para contraponer al testimonio del pescador otro testimonio de carácter indubitable. Aunque, objetivamente, la declaración del tío del muerto ante la Corte no valga más que la del pobre pescador, las palabras del muerto en el sueño (como, en la otra versión, la narración en primera persona) llevan al oyente del romance a la convicción de que lo así dicho es la verdad. Convenciones literarias y creencias atávicas se encargan de cerrar toda otra posibilidad, y el pobre pescador recibe el castigo merecido.
--Quede para los sociólogos el poner en relación uno y otro texto del romance con los prejuicios de los miembros de los dos tipos de comunidad judía que existían antes de la Segunda Guerra Mundial en los países del Oriente y del Occidente mediterráneo, prejuicios surgidos en su diario convivir con las otras gentes.

Autor: Diego Catalán

Conversión del duque de Gandia por José Moreno Carbonero

EL MORO BÚCAR ANTE VALENCIA

EL MORO BÚCAR ANTE VALENCIA

8
EL MORO BÚCAR ANTE VALENCIA

a)

Velo, velo viene el moro,
--ya viene por la calzada,
mirando iba a Valencia
--como está tan bien cercada:
-¡Oh Valencia, oh Valencia,
--de fuego fueras quemada,
primero fuiste de moros
--que de cristianos ganada!
Cuando tú eras de moros,
--eras de plata labrada,
ahora que eres de cristianos
--ni de piedra mal tallada.
Si mi espada no se quiebra
--y el caballo no me falla,
antes que venga la noche
--a moros serás tornada
y a ese perro de Ruy Cid
--lo arrastraré por la barba.
Su mujer Jimena Gómez
--será la mi cautivada
y su hija doña Urraca
--será mi enamorada,
la otra hija más chiquita
--tendrá que hacernos la cama.
Ruy Cid bien lo estaba oyendo
--de altas torres donde estaba:
-Asómate, hija mía,
--de pechos a esa ventana,
detenme a ese perro moro
--de palabras en palabras,
las palabras sean pocas,
--pero de amores cercanas.
-¿Cómo le hablaré de amores?
--¡yo de amores no sé nada!-
-Bienvenido seas, morillo,
--buena sea tu llegada.
Siete años había, siete,
--que por ti visto delgada.
-Y otros tantos hay, señora,
--que por ti no rapo barba;
si eso me dices de veras,
--échate de la ventana,
te recogeré en mis brazos
--o en haldas de la mi capa.
Yo traigo un anillo de oro
--en la punta de mi lanza:
mujer que tenga este anillo
--nunca morirá encintada;
hombre que tenga esta espada
--nunca morirá en campaña.
-Vete de ahí, perro moro,
--no digas que te fui falsa,
que en las cuadras del mi padre
--un caballo se ensillaba,
no sé si es para ir a moros,
--no sé si es para ir a caza,
cuando Babieca relincha,
--o ensilla o cabalga.
-No tengo miedo a Babieca
--ni al Cid ni a su armada,
si Babieca corre mucho,
--mi yegua mejor volaba;
que no hay caballo ninguno
--que tras de mi yegua vaya,
si no fuera un potrezuelo
--que se me perdió en Granada.
-Ese potrezuelo, moro,
--mi padre le da cebada.-
Estando en estas razones,
--el su padre que asomaba:
-¡Buenos días, el mi yerno,
--larga ha sido tu tardada,
mas, antes de que lo seas,
--hemos de jugar la espada!-
Deja los caminos anchos
--y tira por las aradas.
-¡Mal haya sea el labrador
--que hizo tamaña labrada!-
Donde pon la yegua el pie,
--pone Babieca la pata.
-¡Oh mal haya sea el potro
--a su madre maltrataba!
-¡Oh mal haya sea la madre
--que a su hijo no esperaba!-
Al pasar el Río Verde,
--le tiraba una lanzada;
la lanza quedó en el cuerpo
--y el palo cayó al agua.

b)

-¡Oh Valencia, oh Valencia,
--de fuego seáis abrasada,
que antes fuiste de moros
--que de cristianos ganada!
No pasará mucho tiempo,
--de moros seréis tornada.
A ese que llaman el Cid
--lo he de prender por la barba
y le tengo de hacer
--molinero de la hogaña,
y su mujer guapa y rica
--la he de tener por esclava
y su hija la menor
--la que me haga la cama
y su hija doña Urraca
--ha de ser mi enamorada.-
Oídolo había el buen Cid
--de su sala donde estaba,
dados de oro tiene en mano
--y al suelo los arrojara:
- Levántate tú, Urraca,
--espejo en que me miraba,
quítate paños de siempre
--y ponte los de la Pascua,
con agua de esa redoma
--arrebólate la cara
hasta que saques el rostro
--como espada acicalada;
con ciento de tus doncellas
--asómate a la ventana,
y a ese moro que allí viene
--entreténmelo en palabras,
mientras ensillo a Babieca
--y doy un filo a mi lanza;
las palabras sean pocas
--y de amor sean tocadas.
-¿Cómo lo haré, mi padre,
--que de amor no entiendo nada?
-Yo te enseñaré, mi hija,
--como si fueras usada.-
-Dios te guarde, el morito,
--que venís por la cañada.
-Alá te guarde, señora,
--a ese balcón asomada.
-Siete años, el morito,
--que por ti no duermo en cama
ni como pan en manteles
--ni me sirven mis criadas.
-Y otros tantos, mi señora,
--que por ti ciño la espada.-
Él metió mano a su pecho
--y ha sacado una granada,
que los cascos eran de oro,
--y los granos de esmeralda.
-Si no fuera por temor,
--en tus brazos me arrojara.
-Arrójese, la señora,
--la recibiré en mi halda.-
Ellos en estas palabras,
--Babieca que relinchara.
-¡Traición, traición, mi señora
--traición me tenéis armada!
-No soy falsa, el morito,
--por la fe de ser cristiana,
los caballos que relinchan
--es por falta de cebada
y si no serán los mozos,
--que vendrán a echarles agua.-
Ellos en estas palabras,
--el Cid que a ellos llegaba.
Ha salido el moro a huir
--que los vientos no le alcanzan.
El Cid llegando al falucho,
--morito ya pasaba.

----Este romance, del cual aún tuve la fortuna de oir y anotar una versión oral en el pueblo fronterizo de Nuez (Aliste), después de asistir a un Auto de Reyes popular, en las Navidades de 1947/48, combina dos escenas de la gesta de “Mio Cid”: aquella en que el Rey Búcar envía al Cid un amenazador mensaje recordándole que Valencia fue de sus abuelos y la de la persecución por el Cid del moro derrotado en batalla hasta las orillas del mar. La primera no ha llegado a nosotros en verso, pues coincide con una de las páginas perdidas del manuscrito del poema épico y, por tanto, sólo conocemos su asunto gracias al resumen que de ella hizo Alfonso X, en la “Versión crítica” de su Estoria de España, según otro manuscrito análogo al conservado.
----Aparte, la transición de la doble escena desde las épica al romancero resulta oscurecida por otros hechos: desde luego, porque no es posible reconstruir el arquetipo del romance, ya que, antes de la primera versión de él publicada circularon otras con versos y motivos distintos, de las que sólo conocemos citas de versos sueltos. Y, sobre todo, porque de las refundiciones épicas posteriores a la vieja gesta de “Mio Cid” de 1144, milagrosamente conservada en un códice del siglo XIV, sólo sabemos lo que deja entrever de ellas la historiografía posterior a Alfonso, y esas crónicas combinan la tradición épica con una “Historia del Cid” de corte hagiográfico escrita por un monje de Cardeña para atraer peregrinos a su monasterio, quien, en vez de prosificar fielmente el poema épico que utilizaba, conforme había hecho Alfonso X con el poema primitivo, lo glosó y manipuló a su gusto. De resultas, los detalles en que las crónicas más tardías recuerdan, en una y otra escena épica, pormenores más cercanos a los de la narración romancística que los propios del “Mio Cid” de 1144 no sabemos qué origen tienen: ¿épico?, ¿cronístico?, ¿romancístico?
----Más clara es ya la historia del propio romance, su conservación y evolución a lo largo de cinco siglos de vida oral, pasando de memoria en memoria. El primer texto completo del romance que conocemos se debe a que un poeta del primer tercio del siglo XVI, Francisco de Lora, dispuesto a lucir sus habilidades versificatorias, se entretuvo en glosar, “por la más nueva arte”, “el más viejo romance” que había oído, ya que su glosa fue impresa en un Pliego suelto de aquellos que cualquier lector podía permitirse comprar en una feria dado su bajo precio. Del Pliego suelto lo extrajo, en 1548, el impresor de Amberes Martin Nucio para incluirlo, sin la glosa, en su “Cancionero de Romances”, arreglándolo con la adición de 14 octosílabos inventados por el corrector. Pero, con anterioridad y con posterioridad a la glosa de Francisco de Lora, versos sueltos del romance, con variantes discordantes respecto a las del romance impreso en el Pliego suelto, eran citados (o parodiados) por poetas portugueses como Pedro d’Almeida (1516), Gil Vicente (1532) o Jorge Ferreira de Vasconcelos (1547), lo cual nos pone de manifiesto una transmisión oral del romance muy extendida, ya que no sólo era muy conocido en España sino en Portugal. Entre las abundantes citas del romance en el siglo XVII, hay dos que se destacan por darnos a conocer versos ajenos al texto divulgado en Pliegos sueltos y Cancioneros del siglo XVI, la de Gonzalo Correas (1630) y la de una “Comedia de las haçañas del Cid y su muerte con la tomada de Valencia” (publicada en Lisboa, 1603, y reimpresa ese mismo año en Madrid), donde se dramatiza su texto recordando muchos de sus versos. Lo más interesante de estas citas es el hallar en ellas versos y motivos ajenos a la versión glosada por Francisco de Lora que tienen correspondencia en la tradición oral del romance llegada hasta los siglos XIX y XX.
----En la tradición oral moderna, se han recogido versiones portuguesas (tanto en el Norte de Portugal como en el Sur y en las islas atlánticas), zamoranas (en Aliste y en Sanabria), leonesas, andaluzas (de la tradición gitana), judeo-españolas (de Marruecos y Orán) y catalanas. Basándome en ellas, me he decidido a ofrecer dos textos: el primero recoge la herencia del noroeste peninsular, el segundo la de las tres últimas tradiciones citadas, atendiendo a la fundamental divergencia que se observa en unas y otras entre la posibilidad de que la hija del Cid llegue a enternecerse ante la galantería del joven moro o lo engañe hasta el final desmintiendo su acusación de traición.
----La tradición oral de tan diversas comunidades de cantores coincide, frente a la vieja versión oída por Francisco de Lora, en haber dotado a la hija del Cid de una voz propia, desde el momento en que su padre le exige atraer con palabras amorosas al moro y ella protesta su inexperiencia en amores. La escena del “diálogo amoroso” entre la doncella y el galante moro se ha apoderado del tema. Ese nuevo foco de la narración es ya patente en la versión acogida en la Comedia de 1603, donde, como es la norma en las versiones tradicionales modernas, aparece la instrucción cidiana “las palavras sean pocas / y a-que-has de amor tocadas” (aunque sin la réplica de la hija) y la advertencia de la doncella “váyaste el moro de hay / non digas que te fui falsa / que mi padre el Cid Ruy Dias / hoy a encillado, hoi cavalga”, así como el poner en boca del moro galanteador la comparación “que si bien corre Bavieca / mi yegua buela sin alas”, que en otros textos (en Portugal en 1516 y 1547 y en España en 1630) se documenta como un hecho objetivo en la persecución del moro por el Cid.
----Aunque el proceso novelizador de la escena épica arranque desde la propia creación del romance y haya avanzado progresivamente para dar lugar a lo escenificado en 1603, la creatividad colectiva ha seguido después operando en esa misma dirección, haciendo que el motivo narrativo de la competencia de las cabalgaduras sea, cada vez más, anticipado como parte argumental del “diálogo amoroso” y que la famosa increpación de Babieca a la yegua, “rebentar devría la madre / que a su hijo no esperava”, se explique en medio de la conversación de la doncella y el galante moro, suponiendo para el “potro” cidiano una inesperada filiación.
----Con todo, aunque en el curso de su vida oral la trama de la doble escena épica esté lejos de haberse fosilizado y en su variación esté la clave de que siguiera siendo atractiva para nuevas generaciones de cantores, subsiste en el romance del siglo XX un componente esencial del episodio épico del siglo XII: la burlona actitud del Cid respecto a su engreido y confiado enemigo, que en el viejo poema se subrayaba con sus palabras de saludo a Búcar:

-Acá torna, Búcar, venist d’alent mar,
verte as con el Cid, el de la barba grant,
saludar nos hemos amos e tajaremos amistad.

OGIER Y ROLDÁN

OGIER Y ROLDÁN

7
OGIER Y ROLDÁN

Salió Roldán a cazar
--una nochecita oscura,
de podencos y lebreles
--lleva cercada la mula,
halcón lleva en la su mano,
--halcón de la primer pluma.
Se levantó viento largo,
--con un agua muy menuda
y fue a ampararse a una torre,
--por no mojarse la pluma.
Allí estaba el conde Urgel,
--aquel de las fuerzas muchas;
está cantando un romance,
--que Roldán muy bien escucha,
diciendo iba diciendo:
--“¡Quién estuviera en mi ayuda!,
¡quién tuviese aquí ahora
--mi caballo y ni armadura,
mataría al rey de Francia
--con toda la gente suya!”

----Este romance, que, en la tradición del siglo XX, comparten en su repertorio los judíos sefardíes de Sarajevo (Bosnia), Salónica (Macedonia griega) y Lárissa (Tesalia) con los gitanos de los puertos de Cádiz (una solitaria versión recitada en Canarias es de origen libresco), carecería de documentación antigua si no fuera por un despacho diplomático del embajador de Felipe II en la Corte de Catalina de Médicis, fechado en París el 28 de mayo de 1562 (con postdata de 6 de junio) y enviado cuando está a punto de estallar la confrontación armada entre los “papistas”(concentrados en París) y los “hugonotes” (concentrados en Orleáns) con que se inicia la Primera Guerra de Religión de Francia. El despacho diplomático, firmado por Thomas de Perrenot Granvelle, Señor de Chantonnay, dirigido a su rey, está todo él escrito, por un auxiliar de su Secretario de cartas españolas Miguel Bellido, en cifra, y la cita de nuestro romance forma parte de un curiosísimo (literaria y políticamente) centón de romances y canciones recordados de memoria y acompañados de comentarios hechos al paso. El texto de esta singular carta lleva en su inicio el siguiente consejo:

----“no se ronpan la caveça en descifrar esta carta porque es cifra perdida para engañar a los que abren las cartas...”,

dirigido a los calvinistas que “han hecho barra” a lo largo del Loire e interceptan el correo que va para España, ya que Felipe II hace preparativos para invadir Francia en apoyo de “los triunviros” que gobiernan París.
----El texto que aquí nos interesa dice así:

2 3. o-o 9 o-o quam 6º 5 6 ó ·6 ·3 º3 0 2 `6 2 2+ 2 2+ q 3/ 3+ /4 4/ º7 q /4 7+ ,2 o-o +7 -- 3. ¿ +9
o-o 2+

y, puesto “en claro”:
a ca ce va e l e Rey ro d ri go co n u n n a a gu a mu y me nu da de pe ro s y de sa be e ss o ce r ca da ll e va la mu la.

----Aunque equivoque el nombre del cazador sorprendido por la lluvia (y el cifrador cometa algunos errores), está claro que se trata del comienzo del romance que en los siglos XIX y XX se seguía cantando por los judíos de Bosnia, Macedonia y Tracia y por los gitanos de Andalucía la Baja, donde se le identifica con Roldán.
----El romance, pese a la “variante” del siglo XVI, era de tema carolingio, referente a Ogier (o, dicho a la castellana, Urgel), y de muy viejo abolengo. Tiene como antecedente remoto una chanson de geste francesa de Raimbert de Paris, “La chevalerie Ogier de Danemarche”, aunque en este larguísimo poema no aparezca Roland.
----En la parte IV de esta gesta, se nos cuenta cómo el duque Ogier va, completamente solo, huyendo en su caballo Broiefort del emperador Kallemainne (Charlemagne), que le persigue con un ejército de dos mil caballeros dispuesto a apoderarse de él y darle muerte, y cómo llega un momento en que se siente perdido al ver que su caballo desfallece de hambre (versos 5.970-6.014). Pero, en ese punto, descubre un aislado castillo, al que se dirige a pie, llevando de la rienda a su caballo, cruza el puente levadizo y la puerta, que halla sin cerrar, y sorprende a los castellanos de aquel castillo mientras comen; prestamente, se deshace de ellos (versos 6.015-6.053). Mientras Ogier, una vez cerrado el puente y puerta, come algo y bebe mucho de lo que halla en el castillo, llega Kallemainne con sus caballeros y, apeándose de sus caballos, contemplan el alto muro y la gran torre (versos 6.054-6.076). Dispuesto a que el fugitivo no se escape, el emperador, aconsejado por Namles (Naimes), hace que sus hombres rellenen los fosos de árboles y ramaje y construyan escalas; seguidamente inicia el asalto a la gran torre. Pese a la resistencia del danés, el duque habría sido preso si no fuera por la llegada de la noche y una tremenda tormenta de lluvia. Kalles se queja de que Dios le muestre con esa lluvia su odio; pero Namles le calma y le aconseja cercar bien el castillo con los dos mil hombres y esperar a la mañana manteniéndose armado y en vela. Ogier contempla desde lo alto las dos mil antorchas encendidas que rodean el castillo por todas partes y pide a Dios venganza contra el rey injusto. Aunque echa de menos a su escudero Beneoit y piensa que nunca volverá a ver Castel-Fort, jura a los santos que, al amanecer, saldrá armado a morir matando montado sobre Broiefort, si puede contar con él, o, si no, a pie, y que, como encuentre al rey, de un solo golpe tomará de él venganza. A continuación, baja de la torre al establo, ve que su caballo se ha repuesto comiendo avena en gran cantidad y le dirige una arenga, en que le hace saber que, en el mundo, nadie le quiere salvo él y que afuera le esperan mil hombres para darle muerte. El caballo hace entender a su amo que está dispuesto a ayudarle, y Ogier, eufórico, lo ensilla, encincha y enfrena y él mismo se arma de todas sus armas, toma a Curtain, su espada, en mano, su lanza y su escudo y sale a galope del castillo (versos 6.266-6.3069.)
----La dependencia del romance respecto a lo contado por la gesta es evidente: Ogier encerrado en la torre; la lluvia; el juramento de que, si cuenta con su caballo, está dispuesto a salir a hacer frente al rey y darle muerte a él y a todos sus caballeros. Menos obvio es cómo se relacionan entre sí los dos poemas. Hasta la aparición de la cita del despacho diplomático de Perrenot, entre los versos épicos franceses de Raimbert de Paris, a comienzos del siglo XIII, y los romancísticos gitano-andaluces que oyó Serafín Estébanez Calderón (primer colector del romance) c. 1838 o los que en 1910 recogió Manuel Manrique de Lara de los sefardíes asentados en los Balcanes, se abría un espacio de siete siglos; ahora sabemos que la escena en forma de romance castellano ha venido cantándose por lo menos durante cuatrocientos veinticinco años (de 1562, texto de Perrenot, a 1987, última versión gitana recogida por Luis Suárez Ávila), y, en vista de ello, no podemos dudar de que el romance de “Ogier y Roldán” figuraba entre los llevados en su memoria por los judíos que abandonaron España en 1492 y que dieron origen a las comunidades sefardíes asentados en el Imperio Otomano, de las cuales descienden los actuales cantores del romance de Sarajevo, Salónica y Lárissa. Siendo así, el arquetipo del romance habrá que situarlo algunos decenios antes de esa fecha para que en ella hubiera adquirido vida tradicional y entrado a formar parte del acervo de canciones narrativas de los judíos peninsulares antes de su expulsión. El medio milenio de vida oral del romance de Ogier convierte los dos siglos y medio que aún siguen separando la escena épica de la escena equivalente romancística en un lapso de tiempo relativamente pequeño. Durante él no es necesario suponer que la escena de Ogier refugiado en la torre careciera de vigencia tradicional. Puesto que sabemos documentalmente que hubo chansons de geste francesas que se refundieron en España, no sólo para cantarlas en lengua castellana sino para ajustarlas a la forma métrica imperante en la épica castellana y a los gustos de esa tradición nativa, y que de esos cantares de gesta de temática carolingia surgieron después romances tradicionales basados en escenas particulares de ellos, cabe pensar que la fuente inmediata del romance de “Ogier y Roldán” fuera una gesta hispana de “Urgel de las Marchas”. La incorporación de Roland-Roldán a la escena de Ogier-Urgel encastillado en la torre no creo que fuera invención del romancista, sino que le vendría impuesta de una refundición épica. Claro está que, entre la hipotética gesta hispana y el poema de Raimbert pudo mediar alguna refundición surgida en la propia tradición francesa o en la provenzal, como parece ser el caso en la hispanización de la Chanson de Roland. Lo que me parece, de cualquier forma, claro es que el romancista del siglo XV no tendría que acudir a desempolvar el poema de Raimbert de Paris, sino atender a tradiciones épicas más próximas a sus días.

Autor: Diego Catalán