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ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

LA VUELTA DEL NAVEGANTE

LA VUELTA DEL NAVEGANTE

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LA VUELTA DEL NAVEGANTE

La vida de las galeras
--es muy mala de pasar:
comiendo del pan mohiento,
--bebiendo aguas de mar.
Siete años estuve en ellas,
--todos siete por el mar,
rodeando y navegando
--sin tierra firme tocar;
a la fin de los siete años,
--llegué a puerto de mar.
Le pedí licencia al conde,
--y no me la quiso dar;
con licencia o sin licencia,
--juré a desembarcar.
Quiso Dios y mi fortuna,
--una noche de lunar,
puse espada de correo,
--eché manos a remar,
la barca arribé a la orilla,
--echéme en un arenal.
Jornada de cuatro horas
--en dos la hube de andar;
llegué a los altos palacios
--donde dejara a mi madre,
allí encontré a mi tía
--bordando en un cabezal:
-Dios guarde a la señora
--y el su lindo trabajar.
-Bien venido, caballero,
--tan cortés en el hablar.
-Yo soy un sobrino suyo,
--don Luïs del Palomar.
-No puedes ser don Luïs,
--que él en galeras está;
para tú ser mi sobrino,
--otras señas me has de dar.
-¿Qué es de mi caballo blanco,
--que me dejara mi padre?
-Ese caballo, sobrino,
--en tu cuadra aún está.
-Me diría, la mi tía,
--la mi madre ¿cómo está?
-La tú madre, don Luïs,
--está ciega de llorar.
-¿Dónde está mi amor primero,
--quedó chica, por criar.
-Hoy se hacen los conciertos,
--mañana la casarán.
-¿A dónde, mi tía, a dónde,
--que los voy a conturbar.
Aparéjeme el caballo,
--aprisa y no de vagar;
y bájeme la vihuela,
--que yo la voy a rondar.
-No vayas allá, sobrino,
--que te han de querer matar.
-No me matarán, mi tía,
--que yo les sabré hablar.-
-Dios guarde a los padrinos
--y a los que a la mesa están.
-Bienvenido, caballero,
--tan cortés en el hablar.
-Soy pariente de la novia,
--que la vengo a visitar,.
-Entre, entre para adentro,
--asiéntese a yantar.
-Con la licencia del novio,
--con la novia quiero hablar;
el gasto que hayan hecho
--yo lo ayudaré a pagar,
siete anillos traigo de oro,
--todos siete le he de dar.-
El novio, de codicioso,
--pronto la mandó llamar.
La novia, de que lo vio,
--de él se fuera a abrazar;
tantos son besos y abrazos,
--no los pueden apartar.
-¡Mala maña tenéis, novia,
--y mala de olvidar,
que de un hombre extranjero
--os vais de él a abrazar!
-¡Miente, miente, la madrina,
--boca sucia, sin verdad,
que los amores primeros
--no se pueden olvidar!
-Y los gastos de la boda
--¿quién me los ha de pagar?
-Ellos en besos y abrazos
--bien pagos los tienes ya.
-¡Malhaya uno me diera
--y ése fue a su pesar,
con los ojos rasos de agua
--mirando para la mar.

----El romance, que no interesó a los editores del siglo XVI, o, al menos, pasajes muy característicos del romance, se documentan en muy distantes áreas conservadoras dentro de la tradición pan-hispánica, evidenciándonos que la fábula tiene su origen en la Edad Media. En los siglos XIX y XX, se han recogido versiones orales del tema en las comunidades sefardíes de Bosnia, en las islas Canarias, en Brasil, en las islas Açores, desde el Algarve hasta Entre-Douro e Minho y Tras-os-Montes (en Portugal), en Orense y Lugo (Galicia), en Sayago y en Sanabria (Zamora), en Sajambre (León), en Polaciones y Ramales (Cantabria), en la Sierra de Béjar (Cáceres), en Andorra, en Cataluña, en las islas Baleares.
----En buena parte del NO. de la Península (desde Cantabria, hasta Tras-os Montes y la Sierra de Béjar), la convivencia de este romance con el de tema similar “El conde Dirlos” ha dado lugar a muy variados préstamos de motivos entre uno y otro, tanto en una como en otra dirección. En Sayago, el regreso a su tierra del primer amor de la que va a desposarse se halla encabezado por una secuencia propia del romance de “El Quintado”, mezcla tampoco disonante.
----Más curioso es el desarrollo del romance en la tradición catalana, donde el “navegante”, al salir de la galera e informarse de la próximidad de la boda de su desposada, va a rondarla y su canción da pie a que la fábula continúe con el característico desarrollo del romance de tema mítico “El conde Niño” o “Amor más poderoso que la muerte”: el nuevo marido, que confunde la canción con el canto de la sirena, desengañado, da muerte sucesivamente a los dos enamorados, quienes sólo lograrán unirse, más allá de la vida, transformados sucesivamente en plantas y en aves.

Diego Catalán

Imagen: "Enero" de los hermanos Limbourg, Libro de las horas del Duque de Berry

MARQUILLOS

MARQUILLOS

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MARQUILLOS

El traidor era Marquitos,
--todos le llaman traidor,
por dormir con su señora,
-- ha matado a su señor;
cuando cayó muerto en tierra,
--el chapeo le quitó.
-Abre puertas, Catalina,
--ábrelas, mi lindo amor.
-No te las abriré, Marcos,
--no está en casa mi señor.
-Tu señor quedaba preso
-- allá dentro de Aragón,
vengo en busca de dinero,
-- por deshacer la prisión;
si no lo quieres creer,
--su chapeo traigo yo.-
Catalina, como diestra,
--sus puertas trancó mejor;
Marquitos, como valiente,
--al suelo se las tiró.
Se fue de cámara en cámara,
-- a Catalina no halló;
ya la viera estar llorando
--en un alto corredor.
-¿Por qué lloras, Catalina,
--por qué lloras, lindo amor?
-Lloro por el mi marido,
--que me lo matasteis vos.
-No me enojes, Catalina,
--no haga lo mismo con vos.-
La mandara hacer la cena,
--ya se la hizo y cenó;
la mandara hacer la cama
--y con ella se acostó.
Otro día, de mañana,
--Catalina madrugó:
-Subiráste en aquel alto,
--aquel alto mirador
y allí verás las tus tierras
--de que ahora serás señor
y verás a tus criados
--si trabajaban o no;
allí verás la truchita
--cómo llamaba al salmón
y allí verás la paloma
--que reclama al perdigón.-
Catalina, como diestra,
--al mar hondo lo tiró.
Al cabo de nueve meses
--ya Catalina parió:
pensó de traer hija hembra
--y trajo un hijo varón.
Llamara curas y frailes,
--rico bautizo le armó.
Otro día, de mañana,
--subió al alto corredor,
allí cogiera su niño
--y al mar hondo lo tiró.
-¡Ahí vayas tú, mi hijo,
--vayas con mi bendición;
no quiero que quede casta
--de aquel gran falso traidor!

----La versión aquí editada sigue, fundamentalmente, el texto recitado el año 1975, estando en su telar, por Carolina Geijo Alonso, de 84 años, que lo aprendió de su abuela, en el pueblo maragato de Val de San Lorenzo, León. Antes de que Antonio Cid editara y estudiara esta versión, sólo constaba en el Archivo del Romancero la perduración del romance de “Marquillos” en la tradición catalana de los siglos XIX y XX, especialmente en regiones muy conservadoras, entre ellas Alguer, el enclave catalano-hablante de la isla de Cerdeña. En la tradición judeo-española de Oriente solamente se conservaba, en el siglo XIX, una serie de versos de “Marquillos” incrustados entre otros procedentes de “Bernal Francés”.
----El romance tuvo ya una versión impresa (con una glosa), divulgada por un Pliego suelto, en el siglo XVI, que fue reproducida (prescindiendo de la glosa) por la Tercera parte de la Silva de Romances, impresa en Zaragoza en 1551, y por Joan de Timoneda en su Rosa de romances en Valencia, 1573. De acuerdo con las exigencias morales de la literatura escrita de aquellos tiempos, el glosador (hemos de suponer) introdujo en la fábula el retoque de que la dama consiguiera aplazar el disfrute de su cuerpo por el traidor hasta rayar el sol, haciendo así posible que ella lo asesine mientras duerme. Evidentemente, la tradición oral llegada hasta los siglos XIX y XX conserva mejor la trama del prototipo del romance al no conocer tal arreglo. El acuerdo entre la tradición maragata y la catalana, frente al texto impreso del siglo XVI, no dejan lugar a la duda. Sólo la versión de Val de San Lorenzo continúa el romance con el sacrificio del hijo del traidor; pero, siendo este episodio propio de una rama de la tradición, la maragata, frente a otra rama de la tradición, la catalana, el testimonio de esa rama, la de lengua castellana, es de igual peso que el de todas las versiones en lengua catalana juntas, y la ideología en que se sustenta el comportamiento de la madre, tras haber sido forzada por el asesino de su marido, es más fácil que haya sido erradicada en el curso de la transmisión del romance en el ámbito cultural catalán después de la Edad Media, que incorporada al romance por la abuela de Carolina Geijo o por una predecesora en la cadena de transmisores orales maragatos de los últimos siglos.

Diego Catalán

NACIMIENTO DE BERNARDO

NACIMIENTO DE BERNARDO

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NACIMIENTO DE BERNARDO

Mañanita era, mañana,
--al tiempo que alboreaba;
gran fiesta hacen los moros
-- por la Vega de Granada,
arrevuelven sus caballos,
-- jugando iban a la lanza.
aquel que amiga tenía
-- allí bien se señalaba
y el que no la tenía
-- procuraba de alcanzarla.
Hermana tiene el buen rey,
-- que Jimena se llamaba,
namorado se había de ella
-- ese Conde de Saldaña,
aquel del caballo blanco,
--el de la barba dorada.-
Muchas veces fueron juntos,
-- que nadie lo sospechaba;
de las veces que se vieron
--la infanta encinta quedara.
El buen rey, como lo supo,
-- un mal castigo les daba:
al conde mandó prender
-- y púsole muy gran guarda;
a ella la envió a un convento
-- donde luego monja entrara.
Van días y vienen días,
-- Jimena parida estaba:
De ella nació un infantito
-- como la leche y la grana.
Un día empañando al niño,
-- su madre bien le miraba:
-¡En qué hora nacistes, hijo,
-- de madre tan desdichada:
tu padre en negras prisiones,
-- y tu madre aquí encerrada.-
Oídolo había la reina
-- desde su alta ventana:
-¿Qué tenedes vos, Jimena,
-- Jimena, la mi cuñada?
Si os faltaban dineros,
-- yo os daré el oro y la plata;
si os faltaban vestidos,
-- yo os daré de seda y grana;
si os faltaban regalos,
-- cuantos en mi mesa estaban.
-No me faltaban dineros,
-- tengo yo el oro y la plata;
ni me faltaban vestidos,
--muchos tengo yo en mi arca;
ni me hacen falta juguetes,
--eso es lo que me sobraba;
el mayor de mis cuidados
--éste que ahora contara:
el niño ya tengo grande,
--por su padre me demanda.
-Yo te juro a Dios, Jimena
-- a Dios, que me puso el alma,
ni comer pan a manteles,
-- ni con el rey duerma en cama,
hasta que saque a ese conde
-- de la prisión en que estaba.-
Fuese para los palacios
-- adonde el rey gobernaba.
El buen rey, como la vido,
-- en sus ojos cayó en gracia.
-Buenos días, mi señor rey.
-- -Buenos los tengas, mi amada,
¿qué tienes tú, la mi reina,
-- y cuál es la tu demanda?
-Que me saques ese conde
-- de la prisión en que estaba
y le cases con Jimena,
-- Jimena, la mi cuñada.
-¡Aína, mis caballeros,
-- armad pronto una algazara
de justas y de torneos,
-- músicas muy concertadas,
y me traigáis ese conde
-- en palmas muy estimadas!-
Otro día, de mañana,
-- las ricas bodas se arman.

---- Así han reelaborado la historia de Bernardo del Carpio los cantores sefardíes de Marruecos.
---- El punto de partida de esta narración, adecuada al gusto de los judíos africanos que prefieren los finales felices, es un romance letrado, extremamente soso, referente a aquellos que Luis Vélez de Guevara llamaría “hurtos de amor” gozados por el Conde de Saldaña. Comenzaba prosaicamente con el verso “En los reynos de León / el casto Alfonso reinava”. La única impresión vieja conocida del romance figura en el Cancionero de romances de 1550; pero Vélez lo hizo cantar en su comedia pseudo-histórica El conde don Pero Vélez y don Sancho el Deseado, y el embajador de Felipe II en la corte de Catalina de Médici, en un despacho cifrado dirigido a su rey, lo incluyó junto a un centón de versos de muy diversa temática recordados de memoria.
---- Llegó a tradicionalizarse en la Península, pues, aún en 1983 y 1985, se cantaba en Montejo de la Sierra, Madrid, como comienzo de una narración cíclica de la historia de Bernardo, con un verso paralelo al de la tradición judeo-marroquí en que se da noticia del nacimiento del niño:

de ella nació un infantito
-- como la nácar y el agua.

Diego Catalán

Dibujo de Rembrandt

LA CONDESA DE CASTILLA TRAIDORA

LA CONDESA DE CASTILLA TRAIDORA

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LA CONDESA DE CASTILLA TRAIDORA

Por los palacios del rey
--iba una dama corriendo;
iba descalza y desnuda,
-- desmelenado el cabello,
en busca del rey don Sancho
-- del rey don Sancho, el nuevo.
-¡Cómo duermes, ay, don Sancho,
-- cómo te entregas al sueño,
la traidora de tu madre
-- procura hacerte el entierro!
En la semana no hizo
-- sino un vaso de veneno;
no lo bebas, ay, don Sancho,
-- sin que ella beba primero.-
-¿Cómo te va, hijo mío,
-- hijo mío y mi consuelo?
Aquí te traigo, hijo mío,
-- este vaso de gran precio,
aquí te traigo, hijo mío,
-- un vaso de vino bueno.
Toma, bebe de este vino,
-- que te lo traigo compuesto,
que por hacer la bebida
-- tres días van que no duermo.
-Yo os agradezco, mi madre,
-- los vuestros desasosiegos,
mas no beberé, mi madre,
-- sin que lo probéis primero.
-El día que murió tu padre
-- hice yo un juramento:
donde estuvieran los hombres,
-- de no beber yo primero.
-Bebedlo, madre, bebedlo,
-- que, si no, os mato luego.-
No lo tocó a los labios,
-- muerta se cayó al suelo.
La ha enterrado como a madre;
-- sobre la tumba alzó un templo.
Mandó cartas por España
-- de esta manera diciendo:
“Donde quiera que hay mujeres,
-- hombres no beban primero”.

---- Este relato del frustrado envenenamiento del conde don Sancho de Castilla por su madre se ha recogido a lo largo del siglo XX en pueblos de Palencia, León, Asturias y Lugo; sólo en boca de muy contadas mujeres. No conocemos el texto letrado de que son trasunto las versiones trasmitidas y reelaboradas por tradición oral, las cuales han alcanzado grados muy avanzados de diversificación textual. Pero, si, como bien pudiera ser, el prototipo letrado del romance comenzara tan dramáticamente como la versión palentina de Támara de Campos (en que se fundan los primeros versos de la aquí editada), el romance oral del siglo XX sería heredero de un “romance nuevo”, de aquellos que (a imitación de los tradicionales más “viejos”) representan vívidamente una escena, en vez de narrar la historia (como hacían los autores de romances “cronísticos”, “eruditos”, pertenecientes a la anterior generación de poetas romanceristas). No obstante, la información escenificada tiene su origen en un relato erudito de mediados del siglo XVI: la Crónica general de España editada por Florián de Ocampo en Zamora, el año 1541.
---- La más antigua manifestación que conocemos de la leyenda de “La condesa de Castilla traidora” se halla en la Chronica naiarensis (del último cuarto del siglo XII), donde el episodio referido en el romance constituye la segunda traición de la condesa (mediante la primera, ha propiciado la muerte de su marido, el conde Garci Fernández, por haberse enamorado de Almanzor). Esta leyenda, aunque temáticamente refleje condiciones históricas ajustadas a los tiempos en que vivían los personajes en ella implicados cuando Almanzor ejercía su poder tutelar sobre los poderes de la España cristiana, tiene obviamente, desde sus orígenes, una trama ficticia y fue ideada teniendo presente la historia de Cleópatra, reina de Siria muerta el año 120 antes de Cristo, tal como la narra Justino. Tanto por razones literarias como en vista de la crítica textual, se puede afirmar que el relato nada tiene que ver con la poesía épica y que tuvo su orígen en la historiografía clerical.
---- La dependencia del romance tradicional del siglo XX de la divulgadísima publicación de Ocampo es evidente, ya que en él se encuentra clara huella de dos motivos de tardía aparición textual: el asociar la fundación del monasterio de Oña por el conde don Sancho a la expiación del parricidio y el fundamentar la “costumbre” castellana de que las mujeres beban primero en la advertencia que salva al conde de la muerte. El primero de esos dos motivos se debe al arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximenez de Rada, en su historia De rebus Hispaniae, que lo introdujo como explicación pseudo-etimológica del topónimo “Oña”, que consideró basado en la costumbre española de llamar “Mionia” (‘mi dueña’) a la madre; episodio heredado por la Estoria de España de Alfonso X, cuya “Versión vulgata” editó, en esta parte de la Crónica general, Florián de Ocampo. El segundo, ajeno a la obra de don Rodrigo y a la original Estoria alfonsí, aparece incorporado a la “Versión vulgata”. Es, por tanto, obvio que el romancerista del siglo XVI concibió la escena a partir de lo narrado en la crónica impresa en 1541.
---- Pese a su fuente de inspiración, el romance, una vez reelaborado en el curso de su vida oral plurisecular, no desmerece al lado de las mejores creaciones del Romancero del siglo XX con más remotas raíces tradicionales.

Diego Catalán

LA CONDESITA

LA CONDESITA

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LA CONDESITA

Guerras se levantan, guerras
--entre Francia y Portugal
y nombran al conde Ansur
-- por capitán general.
La condesa, como es niña,
-- no hacía sino llorar.
-¿Cuántos días, cuántos meses
-- puedes estar por allá?
-Por días o meses no cuentes,
-- por años has de contar;
por siete voy a la guerra
-- que la ley no manda más.
Si a los siete años no vengo,
-- con otro puedes casar.-
Pasaron los siete años
-- y para los ocho van;
estando un día a la mesa,
-- su padre la empieza a hablar:
-¿Cómo no te casas, hija,
-- te debes hija casar,
cartas del conde no vienen,
-- cartas del conde no hay.
-Carta tengo yo en mi pecho
-- de que el conde vivo está.
Si me diera usted licencia
--iría al conde a buscar.
-¿Licencia me pides, hija?,
-- tú te la puedes tomar,
porque la mujer casada
-- tiene esa libertad.-
Cogió el bordón en la mano
-- y ha empezado a caminar.
Se fuera de villa en villa
-- y de ciudad en ciudad.
Ha corrido siete reinos,
-- no lo ha podido encontrar;
a la orillita de un río
-- vio un ganado sestear:
-Vaquerito, vaquerito,
-- por la Santa Trinidad,
que me niegues la mentira
-- y me digas la verdad,
¿de quién son esas vaquitas
-- con tanto hierro y señal?
-Son del conde Ansur, señora,
-- mañana se va a casar.
-Toma este doblón de oro
-- y ponme allá en su portal.-
Tuvo tan buena fortuna,
-- que el conde fuera a bajar.
-Dame limosna, buen conde,
-- por Dios y por caridad,
que vengo de lejas tierras
-- y no traigo qué gastar.
-¡Oh, qué ojos tan gachones,
-- en mi vida los vi tal!
-Sí los has visto, buen conde,
-- pero no te acordarás,
que en cama dormimos juntos
-- y en mesa comimos pan.
-¿Eres el diablo, romera,
-- que me vienes a tentar?
-No soy el diablo, buen conde,
-- que soy tu mujer carnal.-
Al oír estas palabras,
-- el conde cayó mortal.
-¡Levántate de ahí, el conde,
-- por Dios y por caridad,
vele aquí mis dulces brazos
-- con que te solía abrazar;
vele aquí mis dulces labios
-- que tú solías besar!
-Quédese con Dios la novia,
-- vestidica y sin casar.
La carne que tenéis muerta
-- la podéis echar en sal,
el pan que hubiese cocido
-- de limosna podéis dar,
las liebres y los conejos
- por el monte correrán;
las arras y los anillos
-- que queden por la amistad,
los besos y los abrazos
-- con ellos te quedarás.
¡Las justas y los torneos
-- por la romera serán!

---- Este texto recoge la tradición del romance en su forma más anovelada, más apta para formar parte del repertorio que podemos denominar “folclórico”. Es, básicamente, representativa de cómo se recuerda el tema en el Sur de España, donde ya fue recogido, entre las primeras muestras del romancero oral, por José Bartolomé Gallardo, en 1820, y por Serafín Estébanez Calderón “El Solitario”, en 1839, quienes oyeron o transcribieron el nombre del conde “Ansur” o “Ansúrez”, de viejo abolengo, como “Alzón” o “el Sol”, debido a la pronunciación andaluza de los cantores gitanos, quienes pronunciarían en uno y otro caso igual: “arsó”. Pero, junto a ella, el Romancero del siglo XX retiene, mayoritariamente en el Noroeste, otros modelos muy variados, en que el romance de “La condesita” conserva motivos narrativos que lo ponen en relación con un mundo más “caballeresco”:

b)

Allá arriba, en Lombardía,
-- n’aquella noble ciudad,
el conde y la condesa
-- a coger flores se van.
El conde tiende su capa,
-- la condesa su brial;
los ojos de la condesa
-- arroyos son a llorar.
-¿Por qué lloras, condesita,
-- por qué es tanto suspirar?
-Porque me han dicho, buen conde,
-- que te ibas a marchar.
-Si te lo han dicho, condesa,
-- bien te han dicho la verdad,
que se han levantado guerras
-- en rayas de Portugal.
-Conde, si vas a la guerra,
-- contigo me has de llevar.
-Eso sí que no, condesa,
-- tú me has de perdonar:
hombres que van a la guerra
-- mujeres no han de tratar,
porque nos quitan las fuerzas,
-- las ganas de pelear.
-Dime, conde Dirlos, dime
-- ¿por cuántos días te vas?
-Los días no me los cuentes,
-- por años has de contar:
si a los siete años no vengo
-- o a los ocho, a más tardar,
si a los ocho no he venido,
-- viuda te puedes llamar.-
Ya van los siete cumplidos,
--los ocho querían entrar,
la pretenden muchos condes,
-- si se quería casar.
Un día, al salir de misa,
-- con su padre fue a encontrar:
-El conde Dirlos no viene,
-- te debes, hija, casar.
-No lo quiera Dios del cielo
-- ni la santa Trinidad,
que mujer de mi linaje
-- ella se vuelva a casar.
Deme su bendición, padre,
-- para el conde ir a buscar.
-La de Dios ya tienes, hija,
y también la libertad.-
--Se retiró a su aposento
y se empezó a desnudar:
--se quitó media bordada
y la puso sin bordar;
--quitó zapato de ante,
lo puso de cordobán,
--puso saya sobre saya
encima de un verde brial.
--De noche va por caminos,
de día por el jaral,
--para que no la conozcan
los que han comido su pan.
--Anduvo los siete reinos,
morería y cristiandad,
--los siete anduvo en su busca
sin poderlo ella encontrar;
--mas, al cabo de los ocho,
vio un castillo relumbrar:
---Si aquel castillo es de moros,
ellos me cautivarán;
--mas, si es de buenos cristianos,
ellos me remediarán.-
--Se ha encontrado con un paje
con caballos a abrevar.
---¿De quén son tantos caballos
como llevas a abrevar?
---Son del buen conde lombardo,
mañana se va a casar:
--ya tienen las carnes muertas,
ya están amasando el pan,
--mucha gente hay convidada
y el vino puesto a enfrescar.
---Por tu vida, pajecico,
¿si me enseñarás allá?
---Eso no lo haré, señora,
eso no lo haré yo tal,
--están los campos muy verdes,
los caballos se me irán.
---Si alguno se te perdiere,
de mi cuenta correrá.-
--Siete vueltas dio al palacio
sin con nadie allí encontrar,
--mas, al cabo de las ocho,
con el Conde vino a hallar.
---Conde, dame una limosna,
y Dios te libre de mal.-
--Echó mano a su bolsillo,
un real de plata le da.
---¡Para tan grande señor,
poca limosna es un real!
---No me dirá, la romera,
de limosna ¿qué querrá?
---Yo quiero el anillo de oro
el de tu dedo pulgar,
--que te lo di yo de gajes
cuando fuimos a casar.-
--Quitó saya sobre saya,
se quedó en el verde brial:
---Vele aquí el don que me diste,
la noche de Navidad.-
--El Conde, de que oyó esto,
desmayado cayó atrás.
--Ni con agua ni con vino
no le pueden recordar,
--sino con palabras dulces
que la romera le da.
---¡Malhaya la romerica,
quien la trajo por acá!
---No la maldiga ninguno,
que es mi mujer natural
--y los amores primeros
son muy malos de olvidar.

---- El romance de “La condesita” es (o ha sido) de los más recordados en todo el ámbito de España. En otra ocasión publiqué muchos cientos de versiones de él, recogidas, en su mayor parte, en los dos primeros tercios del siglo XX, todas diferentes entre sí, aunque algunas de ellas pertenecientes a tipos regionales. En cambio, dentro de Portugal apenas es conocido en algunas localidades fronterizas. Por lo general, el área en que se ha documentado en la tradición oral moderna determinado romance no es indicativa de cómo y por dónde se expandió cuando adquirió difusión tradicional. Sus límites dependen, más bien, del proceso de olvido del tema. Pero en el caso particular del romance de “La condesita” su distribución geográfica sí es muy significativa; es un dato que hay que tener en cuenta incluso para explicar su génesis.
---- Que las barreras estatales hayan funcionado para excluir la comunicación entre la tradición portuguesa y la española sólo ocurre en romances de origen tardío, como los pertenecientes al “romancero vulgar” que han logrado adquirir difusión oral tradicional (esto es, que, al pasar de unos transmisores de textos a otros, han ido adaptando su lenguaje poético letrado primigenio al propio del romancero patrimonial). Pero, para las narraciones romancísticas cuya difusión oral es anterior a fines del siglo XVII, la frontera lingüística entre el español y el portugués fue totalmente permeable, desde mucho antes que se produjera la temporal unión política entre los reinos de Porrtugal y España.
----- La significativa ausencia (casi total) de nuestro romance en la tradición portuguesa no es el único indicio de que el tema de “La Condesita” tuvo en la tradición de los pueblos hispánicos una difusión tardía. Viene a confirmárnoslo y a explicárnoslo el hecho de que, en los márgenes del área en la cual se ha recogido, existen otros romances de tema similar, en que la “boda estorbada” es la de la mujer y en que es el varón quien llega a tiempo para reclamar a su esposa, forzada a contraer nuevo matrimonio. Uno es “El conde Dirlos”; otro “La vuelta del navegante”.
---- “El Conde Dirlos” se canta en Tras os Montes, El Bollo, Sanabria, Sajambre y Cantabria; en la Sierra de Béjar; además de los judíos de Marruecos. “La vuelta del navegante” en Lugo, Orense, desde Entre Douro e Minho hasta el Algarve, en Açores y en Brasil ; en Sayago; en Cataluña: en Canarias, y por los sefardíes de Bosnia.
----En la baladística europea se conoce el tema de la mujer que va en busca de su esposo y logra su regreso al primer hogar, y en ese relato incluso se da el episodio del encuentro con un pastor que le sirve de informante. Por tanto, hay que admitir que el conocimiento de ese tema baladístico fue determinante en la suplantación de los romances de tema odiseico por este otro de desarrollo más “romántico”. Pero, por otra parte, es evidente que “La Condesita” surgió desde el texto de los otros romances de difusión anterior, mediante un proceso de inversión de los papeles del varón y la mujer.
---- La comparación textual pone, en efecto, de manifiesto que la similitud en los motivos, de que se compone el relato en las versiones de “La Condesita” y en las de “El conde Dirlos” y de “La vuelta del navegante”, ni es debida a su pertenencia a un tronco común, esto es, a herencia respecto a un remoto antecesor, ni tampoco a influjos de versión a versión en el curso de la convivencia en la tradición oral de los tres romances (fenómeno que se suele llamar “contaminación”). Hay en “La Condesita”, nó sólo reminiscencias múltiples de detalles que se dan ya en las versiones de los otros dos romances, sino rasgos estructurales que denuncian el proceso de aprovechamiento de motivos que, por su naturaleza, reconocemos como propios de un tema en que lo que se produce es el regreso del marido, no la ida por el mundo de la mujer en su búsqueda.
---- El plazo de espera, que el conde, al salir para la guerra, da a su esposa para que, de no regresar dentro de él, ella se considere viuda, es una escena, en “La condesita”, calcada de la similar en “El conde Dirlos” , donde constituye un elemento imprescindible y aquí no. La partida de la esposa, cumplido ese plazo, frente al regreso del guerrero, ante la posibilidad de que se vuelva a casar la mujer abandonada, vuelven a estar en relación similar. La curiosidad de la romera por el propietario del ganado marcado de una derterminada manera carece de justificación; mientras la escena paralela del romance de “El conde Dirlos” se debe a que el esposo, al regresar a sus antiguas posesiones, descubre la substitución de sus armas (en el castillo) o de la marca (el “hierro y señal”) de su ganado por las del nuevo cónyuge.
---- También tiene más sentido en “La vuelta del navegante” (o en “Dirlos”) un motivo como el de los besos y abrazos en pago de los gastos hechos para la boda frustrada, redondeado con la queja del novio de lo limitados que fueron los favores concedidos antes de la boda interrumpida, y asimismo el refrán de los primeros amores.
---- Al tratar de esos romances de tema odiseico, comentaré algún detalle adicional.
---- En la vida tradicional de este romance de “La condesita” se han producido varios hechos curiosos.
El estudio comparativo de los varios centenares de versiones en que este romance se canta como tema autónomo, recogidas a lo largo de los siglos XIX y XX, muestra la existencia de dos capas de textos: la de orígenes más antiguos está constituida por versiones en que cada motivo narrativo tiene un área de difusión propia, independiente, en la geografía peninsular; otra, más moderna, revela la difusión conjunta de todos los componentes de un texto dado, que ha adquirido especial popularidad dentro de un área regional limitada.
Otro fenómeno en la vida tradicional del tema, posterior a la formación de esos “tipos regionales”, fue la moda de considerar la saga de la búsqueda del marido como una segunda parte de la aventura de la infanta con el paje Gerineldo; esa moda, nacida en Andalucía, se propagó arrolladoramente hasta muy lejos de Sierra Morena. En Andalucía, a comienzos del siglo XIX, cuando Gallardo y Estébanez recogieron el romance, “La condesita” aún se cantaba como tema autónomo; posteriormente sólo ha sobrevivido allí su narración como continuación de “Gerineldo”; el romance de tema doble ha barrido al de “La condesita” simple.
Aún hay que notar un tercer episodio en la vida oral del tema. Ramón Menéndez Pidal incluyó en su Flor nueva de romances viejos (1ª edición, 1928; 2ª , 1933) unos pocos romances de la tradición oral de los siglos XIX y XX, al lado de las versiones facticias (esto es, de su propia factura, hechas en vista de criterios estéticos, no filológicos) de los romances de temática “heroica” procedentes del viejo romancero, el del siglo XVI. Entre esas versiones basadas en la tradición moderna (por lo general muy bien concebidas) se halla una versión modélica de “El conde Flores” o “El conde Sol” (esto es, ‘La condesita’). Fue representada, el 24 de abril de 1933, por alumnos del Instituto Escuela de Madrid en el Campo del Moro y, para tal festejo se imprimió un Pliego suelto; quizá por esa razón, fue acogida en libros escolares de primera enseñanza.Tuvo tal éxito en la España rural de la República, que arraigó en la tradición y vino a transmitirse oralmente, cantada, por las más varias regiones, en competencia con las versiones propias de cada área o lugar. En 1971, el “Archivo del Romancero” contaba ya con más de una treintena de versiones recogidas de la tradición oral en pueblos de Cantabria, Valladolid, Zamora, Salamanca, Ávila, Madrid, Albacete, Cuenca,, Teruel, Zaragoza, Baleares, Tenerife, Gran Canaria y entre los sefardíes de Tetuán y Alcazarquivir que tenían su origen en el texto debido a Menéndez Pidal. Cuando, entre 1977 y 1987, dirigí las campañas de recolección “colectiva” del proyecto “Description, Editing and Analysis of the Pan Hispanic Romancero”, que hoy constituyen el “Archivo Sonoro del Romancero Débora Catalán”, la versión libresca tendía a desplazar a las locales en casi todas partes. He de advertir que esta incorporación de un texto letrado de origen moderno al romancero oral, aunque no es un caso único, es algo muy excepcional.

Diego Catalán

Imagen: Dibujo de Rubens 

GERINELDO

GERINELDO

25
GERINELDO

 

-Gerineldo, Gerineldo,
--Gerineldito pulido,
¡quién te tuviera esta noche
--tres horas a mi albedrío,
y después de las tres horas
--hasta ver amanecido!
-Como soy vuestro criado,
--señora, burláis conmigo.
-No me burlo, Gerineldo,
--que de veras te lo digo.
-¿A qué hora, mi señora,
--cumpliréis lo prometido?
-A eso de la media noche,
--cuando el rey esté dormido,
ven con zapatos de seda,
--porque no seas sentido.-
-¡Oh malhaya, Gerineldo,
--quien amor puso contigo,
la media noche es pasada
--y tú no habías venido!-
Tres vueltas le dio al palacio
--y otras tantas al castillo;
a la puerta de la infanta
--Gerineldo dio un suspiro.
-¿Quién habrá sido el osado,
--quién será el atrevido
que, a deshoras de la noche,
--a mi puerta da un suspiro?
-Soy Gerineldo, señora,
--que vengo a lo prometido.-
Salto diera de la cama,
--le abrió puertas y postigos.
-Con un postigo que abras
--cabe mi cuerpo pulido.
-¿Quieres comer o beber
--o descansar, dueño mío?
-Quiero acostarme en la cama,
--que vengo de amor rendido.-
Se pusieron a luchar
--como mujer y marido;
en el medio de la lucha
--los dos se quedan dormidos.
Después del amanecer,
--tres horas el sol salido,
el rey se quiere vestir,
--no hay quien le alcance el vestido;
ha llamado a Gerineldo
--y nadie le ha respondido.
El rey se viste y se calza
--y al cuarto la infanta ha ido.
Los ha encontrado durmiendo,
--como mujer y marido.
-Yo , si mato a la infantita,
--queda mi reino perdido;
y si mato a Gerineldo,
--¡le crié tan de chiquito!-
Les puso la espada en medio,
--por que sirva de testigo.
Con el frío de la espada,
--la infanta se ha resentido:
-¿Oh, qué es esto, Gerineldo,
--traes armas para conmigo?
-Yo no traigo ningún arma,
--sino con las que he nacido.
-¿A dónde me iré, señora?,
--¿a dónde me iré, Dios mío?
-Vete por esos jardines,
--cogiendo rosas y lirios.-
El rey, que estaba en acecho,
--al encuentro le ha salido:
-¿Dónde vienes, Gerineldo,
--pálido y descolorido?
-Vengo del jardín, señor,
--que está muy florido y lindo,
la fragancia de una rosa
--todo el color me ha comido.
-¡Mientes, mientes, Gerineldo,
--tú con la infanta has dormido!
-Mateisme, señor, mateisme,
--que lo tengo merecido.
-El castigo que mereces
--ya lo tengo prometido:
antes que llegue la noche,
--seréis mujer y marido.

----Así, con espléndida desnudez narrativa, esta historia del triunfo de la pasión sobre las barreras sociales ha vivido en la tradición desde los orígenes del Romancero hasta el siglo XX, cantada por todas partes, y aún bailada en el famoso “baile de tres” (de un hombre con dos mujeres), baile de viejísimo abolengo, conservado en Las Navas del Marqués (un pueblo serrano de la Transierra de Ávila, hoy en peligro de explotación urbanística desaforada), a donde acudieron, en 1905, Ramón Menéndez Pidal y Manuel Manrique de Lara a oirlo, verlo y documentarlo (en su texto, música y coreografía), invitados por el Conde de las Navas.
----El gentil cuerpo de Gerineldo (o Reginaldo, en versiones portuguesas; quizá Eghinardo) alcanzó tal fama que vino a ser recordado proverbialmente entre nuestros clásicos en la comparación “más gentil que Gerineldos...”. Sin embargo, el romancero impreso de los siglos XVI y siguientes sólo lo recogió en dos versiones muy poco representativas: una, procedente de un pliego suelto, que conocemos en impresión de 1537, deja truncada la historia en el momento en que la infanta descubre que su padre ha puesto la espada entre ambos amantes; la otra, divulgada en un pliego suelto más tardío, traslada la acción a Turquía y hasta inventa una huida de los amantes a Tartaria.
----Entre el millar de versiones de la tradición oral de los siglos XIX y XX (todas distintas, aunque similares), que del romance se hallan atesoradas en el “Archivo del Romancero”, son minoritarias las que, en el Norte de España y en Portugal y entre los judíos sefardíes de Marruecos y de Oriente y en Nuevo México, visten esa desnudez narrativa con motivos o fórmulas ornamentales (la mayor parte de procedencia muy antigua, otras de creación moderna), como en el siguiente ejemplo:

b)

¡Quién tuviera la fortuna
--para ganar lo perdido,
como tuvo Gerineldo
--la mañana de un domingo,
estando limpiando sedas
--para al buen rey dar vestido!
-Gerineldo, Gerineldo,
--paje del rey más querido,
¡cuántas damas y doncellas
--desean dormir contigo!
Bien pudieras, Gerineldo
--tratar de amores conmigo.
-Como soy criado vuestro,
--os queréis burlar conmigo.
-No te lo digo de burlas,
--yo de verdad te lo digo.
-¿A qué horas vendré, señora,
--a qué horas vendré al castillo?
-A horas de la media noche,
--cuando cante el gallo primo,
a esas horas de la noche
--el rey estará dormido.
Ven a sombra de tejados,
--para no ser conocido.
Aún no eran las doce dadas,
--Gerineldo en el camino,
los zapatos en la mano,
--a fin de no ser sentido.
Halló una escala al balcón,
--por ella subió al castillo.
Cada escalón que subía
--le costaba un suspirillo,
y en el último escalón
--la infanta le había sentido.
-¡Oh, quién ronda mi palacio,
--quién es ese atrevido?
-Gerineldo soy, señora,
--que vengo a lo prometido.
-Si tú fueras Gerineldo
--dieras señas del castillo.
-A los pies de vuestra cama
--hay un limón muy florido.
Ya lo agarra de la mano
--para dentro lo ha metido,
lo lavó en agua de rosas
--para acostarlo consigo;
tantos son besos y abrazos
--el sueño los ha vencido
Despertara el rey gritando
--de un sueño despavorido:
“ O me duermen con la infanta
--o me roban el castillo”
Llamó el rey a Gerineldo,
--su pajecillo querido,
que le trajese las armas,
--que le trajese el vestido.
Y le contesta otro paje,
--de Gerineldo enemigo:
-Se ha ido a jugar a los dados
--con las damas al castillo.-
Pronto se pone de pie,
--más pronto coge el vestido,
puso la espada en el cinto
--y se fue para el castillo.
Topólos boca con boca,
--como mujer con marido:
-Si mato a mi hija, la infanta,
--¿quién ha de heredar lo mío?
y, si mato a Gerineldo,
--lo he criado desde niño;
pondré mi espada entre medias
--que me sirva de testigo.-
-¡Válgame Dios, Gerineldo,
--qué buen sueño hemos tenido!,
la espada del rey mi padre
--entre los dos ha dormido.
-No se asuste, la infantita,
--que yo la traje conmigo.
-Mientes, mientes, Gerineldo,
--que yo bien la he conocido,
que la de mi padre es de oro,
--la tuya de acero fino.-
Se levanta Gerineldo
--y hacia palacio se ha ido.
-¿Dónde vienes, Gerineldo,
--que vienes descolorido?
-Vengo de cazar la garza,
--de las orillas del río.
-Esa garza, Gerineldo,
--la crié yo con mi trigo.
Tómala tú por mujer
--y ella a ti por marido.

----Es de notar, que ciertos transmisores del romance (tanto mujeres como hombres) han reaccionado contra este triunfo de la pasión y ven con malos ojos a la “caprichosa” doncella de estatus superior: en un grupo de versiones asturianas y de la montaña de León, se concibe el casamiento como un castigo para la infanta:

-Con todo lo que yo tengo,
--no hay para ella un vestido.
-Cómpraselo de sayal,
--que ella así lo ha merecido.;

y, desde Andalucía, se ha propagado a múltiples versiones la respuesta machista del criado:

-Tengo juramento hecho
--a la Virgen de la Estrella,
mujer que ha sido mi dama
--de no casarme con ella,
que, como se entregó a mí,
--se entregará a otro cualquiera.

----Este desplante ha traído consigo el que, en la tradición andaluza, se haya adosado al romance de “Gerineldo” una segunda parte, constituida por el romance de “La Condesita”, para que la infanta pecadora muestre su fidelidad, cuestionada por el reticente criado. Este contubernio temático ha gozado de enorme éxito, propagándose, vía Aragón, hasta el Pirineo y, por Occidente hasta la montaña astur-leonesa.

Diego Catalán

Imagen de portada: versión libre del autorretrato de Botticelli

GRIFOS LOMBARDO

GRIFOS LOMBARDO

24
GRIFOS LOMBARDO

Preso le llevan al conde,
--preso y bien encadenado;
no por robos que haya hecho,
-- ni por hombres que ha matado,
por forzar una doncella
-- en camino de Santiago.
La romera era de casta,
- al rey se había querellado:
-¡Justicia, señor, justicia,
-- por hacer condes villanos!-
Como era hija de un duque,
-- sobrina del Padre Santo,
como era de alto linaje,
-- con un gran emparentado,
sin hacer apelación,
-- a muerte le sentenciaron.
Le llevan a cárcel honda,
-- donde cristiano no ha entrado,
allí le cargan de grillos,
-- con esposas a las manos,
una cadena al pescuezo
-- que cierran siete candados,
el cabo de la cadena
-- en la cama del rey Carlos;
de día le guardan veinte hombres
-- y de noche veinticuatro.
Con el peso de los grillos,
-- se iba el conde meneando:
-¡Si tuviera aquí mis armas
-- y mi ligero caballo
y a mi sobrino don Golfo,
-- mi sobrino y mi regalo,
se me diera de vosotros
-- lo que huella mi zapato!
¡En estas noches de luna,
-- no duermas, Golfo, confiado!-
A eso de la media noche,
-- ya lo sacan al tablado;
por calles de su sobrino,
-- grandes voces iba dando:
-¡Váledme, sobrino mío,
-- por el pan que vos he dado;
si de ésta no me valéis,
-- mañana estaré ahorcado!-
Don Golfo estaba dormido,
-- con doña Sancha a su lado;
anillo de sueño tiene,
-- su mujer se lo ha echado.
-¿Que es esto, la mi mujer,
-- estas voces que oigo dando?
-Dormíos, señor, dormíos,
-- perros son que van ladrando.-
De media noche hacia el día,
-- don Golfo se ha despertado.
-Has de saber, mujer mía,
-- que yo mal sueño he soñado,
que a mi tío don Leonardo
-- a la horca lo han llevado.
-Es cierto, dueño querido,
-- es cierto, dueño adorado,
que a la cantada del gallo
-- por aquí pasó gritando,
las voces que por ti daba
-- al cielo iban aclamando.
-¿Ahora me lo dices, perra,
-- ¿cómo no me has despertado?-
Se levantó de la cama,
--de puñaladas le ha dado.
Sin poner pie en el estribo,
-- ya se puso de a caballo;
las herraduras dan lumbre,
-- las piedras quedan temblando;
cuando va por tierra llana,
-- nadie le va divisando;
cuando subía los tesos,
-- corre que parece un galgo.
Cuando llegó al terrero,
-- ha visto el tablero armado;
al llegar junto a la horca,
-- halló a su tío ahorcado:
-Los pies te beso, mi tío,
-- por que a las manos no alcanzo,
que quien te besa los pies,
-- mejor te besa la mano;
de aquí te hago la venia
-- de encima de mi caballo,
de aquí te hago la venia
-- porque a tu rostro no alcanzo.
Antes que sea de día,
-- mi tío, seréis vengado.-
Con la punta de la espada,
-- los cordeles ha cortado,
ha bajado de allí el cuerpo
-- y a la iglesia lo ha llevado:
-Tomad, frailes, este cuerpo
-- y dadle sepulcro honrado,
que, aunque lo veáis así,
-- era de grandes hidalgos.-
En el medio del camino,
-- siete condes ha encontrado
-¿A dónde van, los señores,
-- a dónde van tan armados?
- Vamos todos a la fiesta,
-- vamos a ver el ahorcado.-
-¡Vengan carneros lanudos,
-- para irlos trasquilando!-
Se iba metiendo por ellos
-- como segador por prado,
iba cortando cabezas
-- como manzanas en árbol.
El rey desde su castillo
-- todo lo estaba mirando:
-¡Oh, don Golfo, oh, don Golfo,
-- no hagas tantos estragos:
matásteme siete condes,
-- lo mejor de mi reinado!
-¡Baja de ahí, rey cornudo,
baja de ahí, rey malvado,
--baja de ahí, rey cornudo
y contigo haré otro tanto;
--como estás a la ventana,
hablas como un papagayo!
--De una hija que tenías,
yo me he ya bien vengado,
--por haber sido traidora
y no haberme despertado.-
--El rey se le presentó,
con la corona en la mano:
---¡La paz tengamos, don Golfo,
don Golfo, la paz tengamos;
--los muertos están allá
y los vivos aquí estamos!.

-- --Según el benedictino fray Francisco Sota, en sus días (1681), este romance lo cantaba “la jubentud de Asturias de Santillana, en sus vayles y danças”, con el comienzo “Preso le llevan al conde / preso y mal encadenado”. Con ese comienzo, lo recogimos aún en 1948 Álvaro Galmés y yo en las mismas “Asturias de Santillana”.
---- La documentación antigua del tema es muy deficitaria. Un Pliego Suelto de los primeros decenios del siglo XVI divulgó, en forma impresa, un texto trunco, inhabilmente rematado con un final “feliz”, en que se da cuenta de que el forzador se va a casar con la exdoncella. Y ése es el texto que conocieron y reprodujeron los cancioneros de romances. Otra versión, igualmente fragmentaria, se canta, como alusiva a las desdichas del protagonista, en la comedia histórica “La romera de Santiago”, representada en 1622 o 1623 en el cuarto de su majestad la reina. La comedia parece ser de Luis Vélez de Guevara. Los dos textos fragmentarios, el del Pliego Suelto “para tañer con vihuela”, en que se cuenta la prisión y condena del conde Griffo Lombardo, impreso en el s. XVI, y el cantado sobre las tablas, con acompañamiento de guitarra, en 1622/23, sobre la prisión y condena del conde don Lisuardo, no tienen en común sino un solo dieciseisílabo: “porque forzó una donzella camino de Santiago” / “porque forzó una romera camino de Santïago”. Sin embargo, la tradición oral de Canarias, de los gitanos de Andalucía, de Portugal, de Galicia, de Asturias, de León, de Cantabria y de los judíos sefardíes de Marruecos nos asegura, con su unánime testimonio, que los dos textos son dos variantes de un mismo romance y que los motivos que constituyen uno y otro relato formaron parte de la misma narración.
-- --El sistema de códigos y valores en que el romance se fundamenta, junto con la onomástica de sus principales personajes (Griffon y Wulf, en castellano “Golfo”) nos sitúa a sus antecesores en el mundo épico-feudal transpirenaico, más bien que en el “histórico” peninsular, como creía Sota.
---- Aunque, como acabo de decir, el romance, en esta su forma original, conservaba en pleno siglo XX una amplia difusión geográfica, su vida tradicional era ya, en todas partes, un tanto precaria, pues pertenecía sólo al repertorio romancístico de muy contados cantores.
---- En un área compacta, que se extiende desde Lugo hasta Cantabria, el romance ha tendido a ser reemplazado por una refundición del tema (“El conde Miguel de Prado”) influida por los romances modernos de “guapos”; en esa refundición, el “sobrino” del conde preso es reemplazado por un primo, llamado Bernardo, quien está jugando a los naipes con el rey cuando se entera de que están ajusticiando a su primo y acude a tiempo para llegar a descabezar al verdugo, dar una patada a la horca y salvar al forzador.

Diego Catalán

EL INFANTE DON GARCÍA

EL INFANTE DON GARCÍA

23
EL INFANTE DON GARCÍA

a)

A cazar iba, a cazar,
--el infante don García
los perros lleva cansados
-- de andar abajo y arriba,
no encontraba qué cazar,
-- ni caza, ni cosa viva.
Arrimose a un duro tronco,
-- al pie de una verde encina;
sueños estaba soñando,
-- sueños que le parecían,
en la ramita más alta
-- un águila le decía:
-Despierta, si estás dormido,
-- el infante don García,
que en poder de moros va,
-- que en poder de moros iba,
que en poder de moros va
-- la tu esposa doña Elvira.-
Picó la espuela al caballo,
-- para su casa camina.
Todo lo encontró cerrado,
-- ventanas y celosías;
ha llamado siete veces,
-- ninguna le respondían.
Fue al palacio de su madre,
-- por ver qué razón daría.
-Buenos días, madre y señora.
-- -Bienvenido, don García.
-Dígamelo, la mi madre,
-- dígamelo, madre mía,
si ha pasado por aquí
-- la cosa que más quería.
-Por aquí pasó tu esposa,
-- tres horas antes del día,
vestida de raso verde,
-- que una reina parecía,
con doscientos perros moros
-- que lleva en su compañía;
con los unos bien cantaba,
-- con los otros bien reía,
vihuela de oro en sus manos,
-- ¡mi Dios, cómo la tañía!,
un romance iba diciendo:
-- “Cornudo sea don García”.-
Vuelve la rienda al caballo:
-- -Aquí verdad no la había,
que las suegras y las nueras
-- ellas bien nunca se miran.
Iré a tocar a la puerta
---- donde mi suegra vivía.-
-Dios la guarde, la mi madre.
-- -Bienvenido, don García.
-Dígame, suegra y señora,
-- dígame, suegra querida,
si ha pasado por aquí
-- la mi esposa, vuestra hija.
-Sí, hijo, por aquí pasó
-- antes de romper el día,
vestida de raso negro
-- desde abajo hasta arriba,
con doscientos perros moros
-- que lleva en su compañía;
de los unos renegaba,
-- a los otros maldecía
anillos de las sus manos
-- de tristura los rompía;
en altas voces diciendo:
-- “¡Valme, valme, don García,
que si ahora no me vales,
-- no me valdrás en tu vida!”.
¡En mal hora la pariera,
-- en mal hora la paría!-
Llora el uno, llora el otro,
-- los dos lloran en porfía.
-¡Calléis, mi suegra, calléis,
-- la mi madre más querida,
que, si no han pasado el vado,
-- para atrás la volvería!-
-Adelante, mi caballo,
-- el de la silla dorida;
mucha cebada te he echado,
-- mucha más yo te echaría,
si la pudiera alcanzar
-- antes de entrar en Turquía,
que, si ella pasa el vado,
-- nunca jamás la vería.-
Asomóse a una collada,
-- de las más altas que había,
y desde allí se acordó
-- de tocar la su bocina;
siete leguas en contorno
-- por todas se oiría.
La dama, como es discreta,
-- al punto la conocía:
-Descanso pido, señores,
-- que yo vengo muy rendida.-
Se pusieron a almorzar
-- al par de una fuente fría.
-‘Scanciador, que ‘scancias vino,
-- ‘scancia con cortesía,
guárdale un trago de vino
-- para aquel de la bocina.
-Dejo uno, dejo dos
-- y cuatro, si se ofrecía,
no siendo primo o hermano
-- o el marido de la niña,
que, si es el tu marido,
-- la vida la trae perdida.
-No es mi padre ni mi hermano,
-- marido yo no tenía;
yo siempre fui compasible
-- del que anda a la montería.-
Estando en estas razones,
-- ha llegado don García.
-Dios os guarde, buena gente,
-- moros de la morería.
-¿A dónde va, el cristianillo,
-- a dónde lleva la guía,
a dónde va el cristianillo
-- sin ninguna compañía?
-Voy para tierra de moros,
---- allá voy para Turquía.
-Deténgase, el cristianillo,
-- ¿cómo no se detenía?,
pan y vino se ha guardado
-- y nada le costaría.
-No me puedo detener,
-- por cuanto en el mundo había,
quiero pasar esta tarde
-- el río hondo de Hungría,
a llevar pliegos al rey
-- y reina de morería.-
El río que hay que pasar
--a todos miedo metía;
cuando llegaron al río,
--los moros en la porfía:
quién la niña ha de pasar,
--quién la niña pasaría.
-Pásenosla, el caballero,
--que buen caballo traía
-Mi caballo tiene zuna,
-- que jamás la perdería,
mujer que no tenga honra,
-- sobre sí no consentía.
-Si la tenía en su tierra,
--aquí también la tenía,
que en reserva la llevamos
--al rey de la morería.-
Apeose el caballero,
--en las ancas la ponía.
A la pasada del río
--lo tomaron a porfía
los moros y el caballero
--quién antes lo pasaría.
-Pasen, pasen, los morillos,
--que yo detrás pasaría;
mi caballo es muy nuevo
--y el vado no lo sabía,
donde hay tropa de caballos
--él el postrero iría.-
Pasa uno, pasan dos,
--pasan cuatro en cuadrilla.
Desque todos lo pasaron,
-- el caballo revolvía:
-Vuelta, vuelta, mi caballo,
-- que entramos en morería.
Quedáos con Dios, los moros,
-- que la niña es muy mía.
Si queréis saber quién soy:
-- el infante don García.-
Por los altos corre mucho,
-- por lo llano no se veía.
-¡Cata allá, que va preñada
-- del hijo de una judía!
-Que vaya o deje de ir,
-- ésta es la mujer mía;
si lleva hijo de un judío,
--yo bautizo le daría.

---- Con éste asonante y discurso narrativo llegó al Romancero del siglo XX el romance de “El infante don García” en Burgos, Palencia, Cantabria, Asturias, León, Zamora y Tras os Montes. Pese a esta difusión geográfica, no son muchas las versiones recogidas, ya que sólo es patrimonio de buenos romanceristas. Personalmente, he tenido la fortuna de hallarlo en Nuez y en Latedo (Zamora), en enero de 1948; en Salceda (Cantabria), en agosto de 1948, y en Brañosera (Palencia), en setiembre de 1951. Andado el tiempo, cuando en julio de 1977 reinicié la recolección de romances creando encuestas “colectivas”, en que se combinaba la investigación científica con la docencia, el primer lugar visitado por el equipo que en el primer día dirigía fue Uznayo (en Polaciones, Cantabria), pues aquella comarca había sido en mi experiencia recolectora de los años 40 un área de tradición extraordinariamente rica, y por tanto, la esperanza de que el Romancero hubiera resistido allí la profunda transformación social del campo español, fruto de los años de emigración masiva, me pareció mayor que en otras comarcas. Y en aquella aldea volví a hallar un magnífico texto de “El infante don García”, entre otros romances poco comunes. No sería el último de tal tema entre los centenares luego recogidos de la tradición oral en las subsiguientes encuestas “colectivas” de los años 70 y 80.
----Muy diversa es la tradición de los sefardíes de Oriente, donde el romance de “El infante don García” también vino a formar parte del repertorio de los romanceristas del siglo XX, gracias, en gran parte, a los colectores locales del siglo XIX y a los impresores de librillos de cordel:

b)

Yo me levanté un lunes,
-- un lunes por la mañana;
me fuera a coger tapetes,
-- tapetes y almenaras,
para aparentar la torre,
-- la torre que era afamada,
la torre de las Salinas,
-- la que la ciudad nos guarda.
A la tornada que atorno,
-- topé la torre quemada;
quemada topé la torre
-- y a la mi mujer robada.
Me llevaron a mi esposa,
-- a la mi esposa real.
-Caballo, el mi caballo,
-- el mi caballo alazán,
mucha cebada te he dado,
-- mucha más te voy a dar,
que me lleves esta noche
-- a donde mi esposa real.-
Saltó el caballo y dijo,
-- con gracia que Dios le da:
-Apretadme bien la cincha
--y aflojadme el collar,
deisme acicate de hierro,
-- de mí no tengáis piedad.-
Por las calles que había gente,
-- caminaba de vagar;
por las calles que no hay gente,
-- centellas hace saltar.
A puertas de la su madre,
-- allí le fue a alborear:
-Estéis en buen hora, madre.
---El mi hijo, bien vengáis.
-Yo perdí a la mi esposa,
-- a la mi esposa real.
-Ya la vide yo, el mi hijo,
--a vuestra esposa real,
por aquí pasó esta noche
--dos horas de bel lunar;
blanco viste, blanco calza,
-- blanco caballo alazán,
una cantiga diciendo
-- que a todos hace pecar.-
Ya se parte el mancebo,
--ya se parte, ya se iba;
a puertas de la su madre
--allí se le anochecía:
-Si veríais, la mi madre,
-- a la mi esposa real.
-Ya la vide yo, el mi hijo,
--a vuestra esposa real,
moricos la cautivaron
--por las horas de la tarde;
prieto viste, prieto calza,
--prieto caballo alazán,
una endecha ella cantando
--que a todos hacía llorar:
Que las suegras con las nueras
-- siempre se quisieron mal,
y las hijas con las madres
-- como la uña con la carne.

---- Los elementos comunes de estas versiones de Salónica (Macedonia) y Lárissa (Tracia) con la tradición peninsular son patentes. Incluso los dos comienzos tan diferentes tienen un elemento de fondo en común, la presencia de un signo premonitorio de la desgracia que inopinadamente va a alterar la vida familiar del protagonista: en las versiones peninsulares, la caza infructuosa, que en múltiples romances anuncia la inminencia de un desastre, y en las judeo-españolas de Grecia, el día lunes. que en todos los ámbitos del romancero hispánico es el día fatídico de la semana (tanto en la tradición vieja, como en la moderna). Pero las comunidades sefardíes del Oriente mediterráneo, una vez presentado el contraste entre el comportamiento de la suegra y de la madre de la esposa cautivada, se desinteresaron por la novela subsiguiente, atraídos por la lección de la moraleja de la malquerencia de las suegras respecto a las nueras, hasta tal punto que en la más desarrollada de las versiones judías, la anotada por Manuel Manrique de Lara en Salónica en 1910, de la colección manuscrita del gran rabino Isaac Bohor Amaradji, formada en 1860, la sentencia provoca una retahila de expresiones paralelas de la sabiduría popular:

un chufleto de oro en boca
-- iba diziendo un bel cantar:
Que la esfuegra con la nuera
-- siempre ya se quijieron mal,
que la madre con la hija
-- como la carne y la uña,
y el buen padre con el hijo
-- como la piedra en el anillo-
¡Ah!, ansí es el amor de la viuda
-- como la pera podrida
y ansí es el amor de la moça
-- como la hermosa mançana roja,
y ansí es el amor del mancebo
-- como el membrillo fresco
y que todas las señoras
-- lo toman por el huesno (‘olor’);
y ansí es el amor de la biencasada
-- como la carne bien asada,
¡ah!, ansí es el amor de la malcasada
-- como la carne mal asada,
y ansí es el amor de la vieja
-- como la zamarra vieja
que tiene pelos
-- y no calienta.
-Tú sox la mía hermosa esposa
-- la mía esposa reale!

Diego Catalán