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ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

8.- 2. EL ROMANCE EN LA TRADICIÓN ANTIGUA Y MODERNA

 

2.  EL ROMANCE EN LA TRADICIÓN ANTIGUA Y MODERNA.  II PERMANENCIA DE MOTIVOS Y APERTURA DE SIGNIFICADOS: MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN

      unque no muy difundido en la tradición oral moderna, el romance de La muerte del príncipe don Juan me es conocido en un número bastante grande de versiones; unas 360 (frente a las 46 que reunió Bénichou13). Pertenecen casi sin excepción a tres grandes áreas geográficas: las comunidades sefardíes de Oriente14, las comuni­dades sefardíes de Marruecos y Argel15 y el Norte y Occidente de la Península Ibérica.

      En este área del N.O. cuyos puntos extremos meridionales son Otero de Herreros en Segovia16 y [Vila Nova de Portimão en el Algarve17], pueden distinguirse siete grupos básicos de versiones, o «tipos»18: el «Cántabro»19, el de «Picos de Europa»20, el «de la «Montaña astur-leonesa»21, el «Castellano-Leonés»22, el de «Alba de Alis­te»23, el «Astur-Galaico»24, y el «Portugués»25. Quedan un tanto al margen de esta distribución algunas versiones que difieren en aspectos más o menos significativos de las de su entorno26 , pero que no llegan a presentar rasgos específicos sobresa­lientes 27 y, sobre todo, cinco versiones muy singulares: Soto de Sajambre (León)28, Páramo de Sil (León)29, Paradaseca a (Ourense)30 y las dos únicas versiones de procedencia desconocida que contiene el corpus, recogidas una en España31 y otra en Portugal32. Aparte de las tres grandes áreas en que el romance se conserva como tema autónomo (la de Oriente, la de Marruecos y la del N.O. peninsular) queda memoria parcial de él en regiones muy varias utilizado para encabezar otros temas del romancero: así lo hallamos [nuevamente en otra versión d]el Algarve en Portugal33 y además en la tradición gitana de Andalucía la Baja, en Canarias y en Cuba y Santo Domingo34.

      La ausencia de impresiones del romance en el Siglo de Oro35 ha hecho a la crítica interesada en la evaluación de las posibilidades rememorativas de la tradición oral recurrir a la comparación directa del romance «moderno», tal cual nos los presenta el corte sincrónico constituido por las versiones recogidas en el siglo XX (o los últimos años del siglo XIX), con la información escrita contemporánea del su­ceso. Sus conclusiones, como hemos dicho, no pueden ser más dispares. Por mi parte, cuando en 1981 hice esa comparación guiado por la lectura del estudio de Bénichou en que sometía a crítica el supuesto romance «noticiero» postulado por la erudición historicista y llegaba a la conclusión de que la memoria colectiva sólo había retenido una «vaga silueta poética dibujada sobre el esqueleto de las reminis­cencias históricas»36, me sorprendió el ir hallando en el romance tradicional mo­derno un sinfín de datos cuya historicidad se comprobaba en la documentación contemporánea del suceso37, eso sí, repartidos entre las varias versiones tradiciona­les coleccionadas. Aunque algunos de esos recuerdos posean un escaso valor indi-vidualizador, otros son muy característicos de las circunstancias de la muerte del príncipe, tal como la vivieron y sintieron los españoles de fines del siglo XV. Lejos de ofrecer una desdibujada silueta del romance «noticiero» perdido, la tradición oral del siglo XX, en su conjunto, asombra por su capacidad de seguir recordando, después de medio millar de años, todas las particularidades del drama de 149738.

      La constatación de que la memoria colectiva había sido capaz de mantener noticia de todas las particularidades que individualizan el hecho histórico cantado no me movió seguidamente a defender que la restauración del romance medieval «no­ticiero» fuera la tarea más interesante propuesta por la documentación reunida, ya que me sentía tan ajeno como Bénichou a la «nostalgia del prototipo», propia de los filólogos comparatistas que aún siguen aferrados a la metodología y propósitos de una diacronía temporalmente invertida, de una «historia» que marcha a contracorriente del devenir histórico. Mi concepción de los estudios de la transmisión li­teraria me llevaban a defender (en consonancia con la «revolución copérnica» de Vinaver39) que lo que procedía no era el tratar de recobrar el texto perdido medie­val del romance, sino intentar poner de manifiesto el proceso histórico, el proceso creador (de acuerdo, en sustancia, con lo defendido en su programático ensayo por Bénichou).

      Pero, para realizar esa tarea, consideré (frente a lo sostenido por Bénichou) que interesaba formarse una clara idea del «esqueleto», o estructura básica, del romance «noticiero», si se quería comprender cómo los trasmisores del romance fueron desarrollando hasta hoy los varios temas que, en potencia, encerraba el proto­tipo medieval del poema.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

 OTAS

13  P. Bénichou, Creación poética, pp. 96, n. 2; 98, n. 4; 103, n. 12; 106, n. 18; 113, n. 33. En D. Ca­talán, J. A. Cid, F. Salazar, A. Valenciano y S. Robertson, El romancero pan-hispánico. Catálogo Gene­ral Descriptivo (CGR), III, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1983, p. 367, se enumeran ya 265 ver­siones.

14  En el CGR, III, p. 265 se alude a 18 versiones y 2 fragmentos de Oriente: 10 y 1 fragmento de Grecia (procedentes de Salónica, 10, y Lárissa, 1), más 1 y 1 fragmento de Rodas; 1 de Bulgaria (Sofía); 4 y 1 fragmento de Turquía (todas de Esmirna) y 1 versión sin lugar. La más antigua es de Salónica (Grecia), 1860 y la más moderna de Esmirna (Turquía), recogida en Cambridge, Mass. USA, 1980. Sú­mense otras dos versiones de Esmirna.

15  En el CGR, III, p. 265 se alude a 18 versiones y 1 fragmento de Marruecos y Argel: 1 de Tánger, 12 de Tetuán 1 de Oran, 1 sin lugar. La más antigua es de Tánger, 1905-1906, la más moderna de Tetuán, 1962.

16  Desde principios de siglo se conocía una versión incompleta de Otero de Herreros, dicha por Gregoria Prieto, en agosto de 1912 (anotada por María Goyri); en 1982 (el 7 de julio) un equipo encuestador del «Seminario Menéndez Pidal» (constituido por Ana Valenciano, Raquel Calvo, Javier Ormazábal, Dolores Sanz y Blanca Urgell) encontró el romance nuevamente en el mismo lugar, pero más completo, dicho por Frutos de la Calle (77 a.). Ambas versiones han sido publicadas en el Roman­cero general de Segovia. Antología 1880-1992, ed. R. Calvo, con la supervisión de D. Catalán, Segovia: Seminario Menéndez Pidal y Diputación Provincial de Segovia, 1993, pp. 13-14.

17  Hasta fecha reciente, el área portuguesa parecía tener como extremo el Alto Alentejo, siendo la versión más meridional entre las conocidas una de Tolosa recogida por J. Leite de Vasconcelos el 14-IV-1931 y publicada en el Romancero português póstumo del colector, Coimbra, 1958, p. 26 (núm. 15). Pero la aparición en el Museu Nacional de Arqueologia e Etnologia, de Belém, Lisboa, de un «es­pólio literario e etnográfico de Estácio da Veiga» ha puesto en conocimiento de la crítica una versión algarvia completa similar a las del Norte de Portugal, transcrita en un manuscrito de cuatro páginas con el título «Romances que se recitão em Va Na de Portimão». Debo esta noticia y el conocimiento del precioso texto inédito a José Joaquim Días Marques que prepara su tesis doctoral sobre el roman­cero contenido en el citado «espólio».

18  La existencia, en los romances más difundidos, de «tipos» regionales de estructura bastante fija en sus variantes narrativas y expresivas fue ya observada por D. Catalán y A. Galmés, «La vida de un romance en el espacio y el tiempo» (1950), en R. Menéndez Pidal et al., Cómo vive un romance. Dos ensayos sobre tradicionalidad, Madrid: RFE, Anejo LX, 1954, pp. 143-301, esp. 147, 179-194, 208-216, 241-256, 264-267, 272-275. P. Bénichou, al estudiar el romance de La muerte del príncipe don Juan notó la existencia de varios de estos tipos peninsulares denominándolos «grupos»: el «primero» abar­ca conjuntamente a nuestros tipos «Castellano-Leonés» y de «Picos de Europa»; el «segundo» a nues­tro tipo «Cántabro» y el «tercero» al «Portugués». La clasificación que utilizo fue avanzada ya en el «NOIN» y en el «NODI» del análisis del romance realizado en el CGR, III, pp. 367-433. Modifico la denominación de alguno de los tipos después de los últimos hallazgos de versiones tradicionales.

19  11 versiones de Cantabria, en su mayoría publicadas por J. M. de Cossío y T. Maza Solano, Romancero popular de la Montaña, Santander, 1933-1934.

20  45 versiones del Norte de Falencia, N.E. de León, Oriente de Asturias y S.O. de Cantabria.

21  43 versiones de la montaña central leonesa y del centro de Asturias («tipo» desconocido de Bénichou); las leonesas en su mayor parte recogidas por Josefina Sela en los años diez; las asturianas por Jesús Suárez en los años ochenta (finales) y noventa.

22  85 versiones de Burgos, la llanura de Palencia, Valladolid, Segovia, la llanura de León hasta los Montes de León, La Cabrera, y también Sanabria en Zamora; penetra hasta Ourense (versión de Rivadavia). La rama «leonesa» y «zamorana» de este tipo sólo ha quedado bien definida tras las encuestas del «Seminario Menéndez Pidal».

23 13 versiones del Occidente de Zamora y una versión fronteriza portuguesa («tipo» desconocido de Bénichou).

24  62 versiones del Occidente de Asturias, Lugo y el N.O. de León («tipo» desconocido de Bénichou). Las del N.O. de León y de la parroquia de Sisterna denotan la penetración de motivos proce­dentes del tipo «Castellano-Leonés».

25  49 versiones de Trás-os-Montes, Beira Alta, Beira Baixa, Alto Alentejo y Algarve, más 29 versiones españolas de Ourense, de Sanabria y Aliste en Zamora y de La Cabrera Baja en León. Con poste­rioridad a la publicación postuma del Romanceiro português de J. Leite de Vasconcellos por L. F. Lindley Cintra (1958), que Bénichou alcanzó a conocer (1964 y 1968), la recolección de romances tra­dicionales en Trás-os-Montes se reactivó gracias a las encuestas de M. da Costa Fontes com a colaboração de Maria-João Câmara Fontes (Romanceiro da Provincia de Trás-os-Montes: Distrito de Bragança, Coimbra, 1983), a las que siguieron las de P. Ferré y J. J. Dias Marques por todo el Norte de Portugal. Gracias a estas exploraciones modernas, la tradición del Norte de Portugal nos es bien conocida. La presencia en las provincias contiguas de España de formas del romance análogas a las portuguesas ha sido un hecho que sólo ha adquirido importancia como consecuencia de las encuestas realizadas en los años ochenta por los equipos del «Seminario Menéndez Pidal».

26  Algunas versiones de Tierra de Campos y de León se destacan por olvidar la preñez de la esposa y enfatizar (como en el tipo de «Alba de Aliste») el abandono en que van a quedar los hijos del di­funto.

27  En efecto, no desarrollan motivos ajenos a los que se hallan presentes en los tipos que hemos enumerado.

28  Dicha por Segunda Díaz, de 70 años. Recogida por Ramón Menéndez Pidal en setiembre de 1910. Análogo parece un fragmento de Oseja recogido en la misma fecha (que contrasta con otras ver­siones del mismo lugar).

29   Dicha por «La Romancera», una mujer que no quiso decir su nombre. Recogida por Felisa de las Cuevas.

30   Dicha por Camila Núñez Rodríguez, de 68 años. Recogida por Aníbal Otero en diciembre de 1934.

31   La española está escrita por una mano popular (sin sujetarse a la ortografía).

32   La portuguesa fue publicada en J. Leite de Vasconcellos, Romanceiro Portugués, Coimbra, 1958, p. 27 (núm. 16).

33   En el Algarve, 1 versión de Tavira-Fuzeta, publicada por S. Ph. M. Estácio da Veiga, Romanceiro do Algarve, Lisboa: Joaquim Germano de Sousa Neves, 1870) sirve de comienzo a las Quejas de doña Urraca. Acerca de los diferentes grados de manipulación de esta versión por su colector-editor en las varias formas en que nos la dejó transcrita, véase ahora J. J. Dias Marques, «Contribuição para o estudo do Romanceiro do Algarve de Estácio da Veiga à luz de manuscritos inéditos», tesis presentada en la Unidade de Ciências Exactas e Humanas, Universidade do Algarve, 1997.

34  En Sevilla (en 1 versión de la tradición gitana recogida por Manuel Manrique de Lara) encabeza a Entierro y boda contrastados; en Canarias (5 versiones) a La muerte ocultada, y en Santo Domingo y Cuba (4 versiones) a No me entierren en sagrado (o Si se está mi corazón). Las versiones canarias pueden leerse, reunidas, en D. Catalán, La flor de la marañuela, I y II, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1969, I (o en su reed. de 1996), pp. 246-247 y II, pp. 6-7, 48 y 143; las del Caribe, en F. de Nolasco, Poesía folklórica de Santo Domingo, Santiago, Rep. Dominicana, El Diario, 1946, p. 313, en E. Garrido, Versiones dominicanas de romances españoles, Ciudad Trujillo, 1946, pp. 81-82, y en B. Mariscal, Ro­mancero general de Cuba, México: El Colegio de México, 1996, p. 197.

35  Al menos, no figura en ninguno de los «Pliegos sueltos» y cancioneros de romances conocidos en nuestros días.

36 P. Bénichou, Creación poética, pp. 96-97.

37 Según enseguida veremos, para la reconstrucción histórica del apocamiento vital y muerte del Príncipe, aparte de su testamento, contamos con dos relatos contemporáneos de excepción: las cartas de Pietro Martire d’Anghiera y un Tratado del canónigo Alfonso Ortiz.

38 La sobrevivencia en el conjunto de las versiones orales del los siglos XIX y XX de una muy completa información acerca de las circunstancias y consecuencias del suceso de 1497 no exige, según ve­remos, contra lo que pudiera creerse, que el romance «noticiero» primigenio las contuviera todas, pues la memoria de la colectividad respecto al hecho histórico cantado y al mundo en que se inscribía permitiría, durante un tiempo, enriquecer o actualizar el texto sin perder aún noción de su particulari­dad histórica. Por otra parte, no todos los pormenores del romance original han de haber sobrevivido en alguna o algunas de las versiones modernas. El problema es análogo al que plantea la reconstruc­ción de proto-lenguas.

39 Como, en un rasgo de desafiante inmodestia, califica E. Vinaver a su teoría del desarrollo de los géneros narrativos medievales en The Rise of Romance, Oxford, 1971, en relación al comparatismo re­constructor de arquetipos.

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

*   5.- 4. LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ

*   6.- 5. TRANSMISIÓN Y RECREACIÓN DE CONTENIDOS SIMBÓLICOS. EL EJEMPLO DE EL PRISIONERO

II    PERMANENCIA DE MOTIVOS Y APERTURA DE SIGNIFICADOS: MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN

*   7.- 1. EL ROMANCE DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN

  Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada
Letras capitulares
Ehmcke Fraktur

Imagen de portada: Batalla de Manzikert

7.- 1. EL ROMANCE DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN


 

1.   EL ROMANCE DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN. II    PERMANENCIA DE MOTIVOS Y APERTURA DE SIGNIFICADOS: MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN

       ntre la gran familia poética que constituyen los romances conservados por la tra­dición oral moderna, el de la Muerte del príncipe don Juan es el niño mimado de la crítica.

      En mayo de 1900, estando en el Burgo de Osma, el matrimonio Menéndez Pidal-Goyri descubrió, inesperadamente, la sobrevivencia oral del romancero en Castilla después de varios siglos en que la voz de la tradición había dejado de recogerse en textos escritos. Entre los romances cantados por su primer informante, una lavandera de La Sequera (Burgos) se hallaba el que comienza:

Voces corren, voces corren,    voces corren por España
que don Juan, el caballero,    está malito en la cama.
Le asisten cinco doctores    de los mejores de España:
uno le mira los pies,    otro le mira la cara
y otro le coge la sangre    que de su cuerpo derrama;
otro le dice a don Juan:    — El mal que tenis no es nada — .
Toaviá tié que venir    aquel dotor de la Parra...

       Al comunicar, inmediatamente, a Menéndez Pelayo su hallazgo, Menéndez Pidal no valoró este romance, ya que en su carta sólo transcribió de él los dos prime­ros dieciseísílabos (junto con el incipit de El quintado), en un párrafo encabezado por la frase «Otros breves fragmentos me eran desconocidos» 2. Pero no mucho después, María Goyri reconoció en él una narración de la muerte del príncipe don Juan, el malogrado heredero de los Reyes Católicos, y en 1904, después de espigar en publicaciones anteriores fragmentos hasta entonces no identificados del mismo romance y de recoger algún otro texto de la tradición oral, publicó un ensayo titu­lado «Romance de la muerte del Príncipe don Juan (1497)» 3. En ese trabajo, Ma­ría Goyri señalaba ya que el doctor Juan de la Parra había sido un médico notable en la corte de los Reyes Católicos y en la de Felipe el Hermoso, por lo que era de sospechar, aunque las informaciones coetáneas no lo registrasen, que, en efecto, junto con otros médicos, asistiera al príncipe en sus últimos momentos.

      Desde esa fecha, la «lavandera del Duero», el romance de La muerte del prínci­pe don Juan y el súbito amanecer del romancero castellano después de una noche de varios siglos, corrieron parejos en el recuerdo de Menéndez Pidal 4 y de cuan­tos, a comienzos del siglo XX, se conmovieron con el hallazgo.

      El hecho de que la memoria del pueblo castellano fuese capaz de retener durante más de cuatrocientos años recuerdos precisos de la narración noticiera de un suceso ocurrido en 1497 (narración nunca impresa en pliegos sueltos o cancioneros) mostraba la importancia de la tradición oral como testimonio complementario de Ja documentación escrita del romancero viejo. El papel de la tradición oral de los siglos XIX-XX en la reconstrucción del romancero medieval venía a ser paralelo a la información que para la reconstrucción histórica de la lengua proporcionaban los dialectos, considerados por la filología de principios de siglo testimonios de un pasado muchas veces más fidedignos que la propia documentación escrita me­dieval.

      La veracidad del romance moderno en lo que toca a la asistencia prestada al príncipe en su última enfermedad por el doctor De la Parra, sospechada en 1904  por María Goyri, resultó comprobada documentalmente, algunos años después, al descubrirse que, en unas cuentas de los gastos de la enfermedad y exequias del príncipe que hay en el archivo de Simancas, constaba la siguiente partida:

    Yten que se dieron al doctor de la Parra, físico, por los días que aquí estovo curando de su alteza, diez mili maravedís5,

dato que el matrimonio Menéndez Pidal vino a añadir, con indudable satisfacción, a la historia crítica del romance en una publicación de 19166.

      La lectura y valoración historicista del romancero tradicional moderno, apoyándose en este caso y en otros no menos ilustrativos, se impuso y, a pesar de los estudios en que el propio Menéndez Pidal destacó la importancia de la variante y en que constató que las calidades estéticas características de un poema tradicional se adquieren en el curso de su transmisión y no hay que suponerlas provinientes de su prototipo7, las investigaciones dedicadas a la tradición moderna del romancero primaron continuamente la visión arqueológica, reconstructiva o restauradora8.

      Medio siglo más tarde (1963)9, en un verdadero tour de force, Paul Bénichou, eligió el romance de La muerte del príncipe don Juan para mostrar que la tradición moderna «merece nuestro interés, no sólo por los vestigios que conserva del pasado, sino también en virtud de sus creaciones propias como cosa que vive y vale por sí misma». «De hecho —llega a afirmar— el romancero no es poesía antigua con­servada entre nosotros; mientras se canten romances, serán y tendrán que ser, por fuerza, poesía actual» 10. Y, para mostrar la incesante actividad creadora de la «multitud no literaria», Bénichou se aplicó en notar y comentar de qué manera las varias ramas de la tradición han entendido, en época moderna, el contenido poéti­co del romance «histórico» sobre la muerte del príncipe don Juan. La nueva poe­sía que brota del viejo texto es para Bénichou «plebeya, como lo fue siempre y seguirá siéndolo toda poesía oral mientras la haya en nuestra cultura», pero no por eso menos "humana" e intensa. Bénichou consigue presentarnos vivamente el drama general humano que atrae el interés y estimula la imaginación creadora de los modernos cantores populares de Portugal y España y de las comunidades sefardíes de Marruecos y del Oriente mediterráneo, drama que, a su parecer, nada tiene ya que ver con el suceso histórico de 1497, del que sólo retendría, en las distintas versio­nes, algunas reminiscencias que concuerdan con la verdad histórica.

      El golpe de péndulo en la crítica era, sin duda, necesario, pues, como el propio Bénichou observa, aunque Menéndez Pidal advirtió «las virtualidades creadoras que encierra, en cada momento, la tradición oral en su incesante movimiento hacia el futuro», esa capacidad renovadora, tantas veces señalada y alabada, no recibió por su parte la misma atención que la capacidad rememoradora de la tradición, sin duda debido a que su orientación filológica le imponía «porre l’accento piú sul processo di tradizione che su quello di elaborazione, piú sugli aspetti conservatori —e quindi documento di transmissione— che sui momenti innovatori del patri­monio conectivo» (según resume, a fines de los años 60, Di Stefano, otro crítico del método histórico hasta entonces predominante) 11.

      Mi propósito aquí es utilizar, una vez más, este famoso romance para replantear el problema central subyacente en ese enfrentamiento entre las lecturas historicistas y las lecturas estructurales o basadas en la proclamada primacía del análisis sincró­nico: ¿son las narraciones romancísticas que hoy se cantan poemas del siglo XX, o poemas medievales o renacentistas?, ¿son estructuras homologas con la realidad en que actualmente se recrean, o con la realidad social en que se creó su prototipo?

      El estudio que sigue se basa en una definición de los poemas del romancero tradicional que niega autonomía a cada una de las realizaciones de un romance (fijada en texto por la curiosidad de un hombre de letras que la ha despojado de su esencial fugacidad oral) respecto a su modelo, respecto a la estructura virtual que realiza. Parto de una concepción de los romances de transmisión oral como estruc­turas abiertas, cuyo texto va siendo dinámicamente modificado, en busca de su «perfección», mediante el desarrollo de las posibilidades varias, a veces contradictorias, de entendimiento del mismo preexistentes en su estado anterior12. La com­paración de las múltiples versiones-objeto cuya generación está presidida por el mismo modelo tradicional o romance nos evidencia que cada una de ellas repre­senta un equilibrio ocasional y precario entre interpretaciones poéticas e ideológi­cas varias entrevistas por sucesivos cantores, interpretaciones que, en la memoria de los realizadores, compiten por organizar el poema en direcciones divergentes. Aunque una manifestación múltiple y variada de las virtualidades que una estruc­tura contiene no supone, en principio, la transformación de esa estructura básica, es característico de los modelos considerados «dinámicos» que el propio «progra­ma virtual» sufra constantes (aunque muy lentos) reajustes como consecuencia del proceso mismo de actualización o producción que da lugar a cada nueva versión.

      Esta capacidad de adaptación de la estructura virtual o modelo tradicional al medio en que se realiza la re-producción posibilita la «actualidad», la adecuación del mensaje al contexto social e histórico en que la estructura virtual se realiza, se­gún destaca Bénichou. Pero la herencia es también evidente: las versiones que ac­tualmente se cantan de un romance revelan, a cada paso, que los motivos narrati­vos, el lenguaje poético y aun el vocabulario empleado en ellas viene en parte del pasado y que las intenciones denotativas y connotativas del relato responden a si­tuaciones histórico-sociales distintas de las actuales. El romance no es primero estructura y luego tradición (o viceversa), sino que es, al mismo tiempo y en todo momento, tradición estructurada o estructura tradicional. En consecuencia, cual­quier estudio basado en un corte sincrónico de la tradición oral deberá tener pre­sente que el modelo abstraído del conjunto de manifestaciones coexistentes es también histórico, esto es: está doblemente condicionado por la tradición y por el mundo real en que esa tradición se manifiesta (referente contemporáneo).

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

 OTAS

1 Desconocemos el nombre de la cantora; en las versiones anotadas sólo consta su procedencia y su edad: «La Sequera, a dos leguas de Aranda de Duero», «Muger de 40 años, que no sabe escribir», y el dato respecto a los romances de que «los aprendió todos de niña jugando a los alfileres, se los de­cían las mugeres del pueblo cuando hilaban»; en uno de los textos anotados se concreta «aprendido a los 8 [años]». Sobre el encuentro de este primer informante del Romancero tradicional castellano con­tamos con un apunte de María Goyri, escrito en su vejez, que se guarda en el «Archivo Menéndez Pi­da!»:

    En Mayo de 1900 me hallaba en viaje de bodas recorriendo la parte de la ruta cidiana por la provincia de Soria. Habíamos hecho un alto en el Burgo de Osma para desde allí radiar excur­siones breves para estudiar el terreno, antiguos caminos, castillos y los archivos de algunos pue­blos. Nos alojábamos en casa de un beneficiado de la catedral, cuya anciana madre nos atendía con amistosa solicitud. Para que la ayudase aquellos días, había tomado una asistenta, mujer de 40 años, natural de La Sequera (prov. Burgos) de carácter abierto. Cuando venía a arreglarnos la habitación, solía yo ayudarla y conversaba con ella. Un día, estando haciendo la cama, se me ocurrió recitar el romance del Conde Sol y me dijo que lo conocía, así como otros varios que había aprendido en su infancia y que todavía cantaba para acompañar sus faenas y especialmente cuando iba a lavar al río. Entre varios romances que me cantó conocidos por mí (en aquel tiempo ya tenía yo afición al estudio del Romancero), entonó uno que yo no había leído y, según avanzaba, creí reconocer en él la narración de la muerte del Príncipe D. Juan, malogra­do heredero de los Reyes Católicos.

La rememoración es, en parte, errónea, ya que nos consta que la identificación de «Voces corren» con el hecho histórico de la muerte del príncipe don Juan no la hizo María Goyri «según avanzaba» el canto, sino bastante después (véase n. 2).

2  La carta a Marcelino Menéndez Pelayo llegó a tiempo para que la incluyera en el vol. III del «Suplemento a la Primavera y flor de romances de Wolf» titulado Romances populares recogidos de la tradi­ción oral (vol. X de su Antología de poetas líricos castellanos, Madrid: Hernando, 1900), pp. 220-222. El «maestro», al redactar los tomos referentes al Romancero, seguía con mucha atención los progresos de la investigación del joven Menéndez Pidal (contra lo que algunos creen, no sólo se aprende en or­den jerárquico descendente).

3  BHi, VI (1904), 29-37.

4  Véase R. Menéndez Pidal, El romancero español. Conferencias dadas en la Columbia University de New York los días 5 y 7 de abril de 1909, New York: The Hispanic Society, 1910, pp. 100-102; Cómo vivió y como vive el Romancero, Valencia: López Mezquida, s.a. [1947?], pp. 62-63 (pueden leerse reu­nidos en Estudios sobre el romancero, «Obras completas de R. Menéndez Pidal», XI, Madrid: Espasa Calpe, 1973, pp. 7-66, esp. 66-67, y 403-462, esp. 429-430); Romancero hispánico, II, Madrid: Espasa Calpe, 1953, pp. 29-37. A mi parecer, la rememoración de María Goyri (que, por su letra temblorosa, sólo pudo ser escrita c. 1950) mezcla datos directamente recordados con otros procedentes de la lec­tura de las Conferencias impresas en 1910.

5  Archivo General de Simancas. Estado, leg. 1° f. 357 y ss. «Gastos de despensa y cera». El documento había sido editado por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, Libro de la Cámara del Príncipe don ]uan e offiçios de su casa e seruiçio ordinario, compuesto por Gonçalo Fernández de Oviedo, Ma­drid, 1870 (en la sección V, dedicada a los «Documentos relativos a la enfermedad y muerte del Prín­cipe D. Juan»), p. 243.

6  En la p. 158, n. 1 de las «Observaciones y notas» que acompañan a su edición de la comedia de Luis Vélez de Guevara, La Serrana de la Vera, citada más adelante (véase n. 54).

7  Me refiero, especialmente, a «Sobre geografía folklórica, Ensayo de un método», RFE, VII (1920), 229-328, y a Poesía oral y poesía tradicional en la literatura española (Conferencia leída en All Souls College el lunes 26 de junio de 1922). Oxford: Imprenta Clarendoniana, 1922. Reeds. en Estu­dios sobre el Romancero, Madrid: Espasa Calpe, 1973, pp. 217-323 y 325-356.

8  Recuérdese el final de las conferencias sobre El romancero español (1910), pp. 129-131 en que se defiende que «la edición crítica del Romancero debe buscar sus datos en el recuerdo producido hoy, lo mismo que en el producido hace tres siglos» y compara la información sobre un romance, despeda­zada entre los datos que aporta un pliego gótico de antaño y una danza campesina de hoy, con el cuer­po triturado, hecho jigote, de don Enrique de Villena, esperando en su redoma a que se unan sus pe­dazos para alcanzar nueva vida. En la reed. de Estudios sobre el Romancero, 1973, pp. 82-84.

9  P. Bénichou, «Variantes modernas en el romancero tradicional. Sobre la Muerte del Príncipe D. Juan», RPh, XVII (1963-64), 235-252. Trabajo incorporado a Creación poética en el romancero cional, Madrid: Credos, 1968, pp. 95-124.

10  P. Bénichou, Creación poética, p. 8.

11  P. Bénichou, Creación poética, pp. 7, 97-98; G. di Stefano, Sincronía e diacronia nel Romancero. Istituto di Letteratura Spagnola e Ispano-Americana, n° 15, Pisa: Univ. di, 1967, p. 123. Cfr. mis rese­ñas de estos trabajos en RPh, XXIV (1970-71), «Memoria e invención en el Romancero de tradición oral», pp. 1-125, 441-463, y en El Romancero en la tradición oral moderna. Ier Coloquio Internacional, Madrid: Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la UCM, 1972, ed. D. Catalán, S. G. Armistead y A.  Sánchez Romeralo, «La creación tradicional en la crítica reciente», pp. 153-165. [Reelaboradas en el cap. 2 de la Parte primera de la presente obra.]

12  Según expuse en D. Catalán, con la colaboración de T. Catarella, «El romance tradicional, un sistema abierto», en El Romancero en la tradición oral moderna (1972), pp. 181-205. Reed. en el cap. 3 de la Parte primera de la presente obra. Véase ahora D. Catalán, con la colaboración de J. A. Cid, B.  Mariscal, F. Salazar, A. Valenciano y S. Robertson, Teoría general y metodología del Romancero Pan-Hispánico. Catálogo General Descriptivo (CGR). 1A (o su versión en inglés 1B: General theory and methodology of the Pan-Hispanic Bailad. General Descriptive Catalogue), Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1984 (o 1988) cap. I, § 1b y c.

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

*   5.- 4. LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ

*   6.- 5. TRANSMISIÓN Y RECREACIÓN DE CONTENIDOS SIMBÓLICOS. EL EJEMPLO DE EL PRISIONERO

II    PERMANENCIA DE MOTIVOS Y APERTURA DE SIGNIFICADOS: MUERTE DEL PRÍNCIPE DON JUAN

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6.- 5. TRANSMISIÓN Y RECREACIÓN DE CONTENIDOS SIMBÓLICOS. EL EJEMPLO DE EL PRISIONERO

 

5.   TRANSMISIÓN Y RECREACIÓN DE CONTENIDOS SIMBÓLICOS. EL EJEMPLO DE EL PRISIONERO.   I. HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE.

      ara contestar a la última pregunta que arriba nos habíamos formulado, resulta ne­cesario abandonar el ejemplo particular, constituido por nuestro romance de Be­lerma, y tratar de explicar la pervivencia de este poema, representativo de una poe­sía marginada, considerándolo un mero caso particular de un hecho general: la sobrevivencia, en la olvidada cultura de la España rural, de una de las más altas creaciones de esa cultura, el Romancero.

      La mayoría de los estudiosos de la literatura (y aun muchos investigadores de la tradición oral) siguen considerando los «textos» recogidos en boca de cantores popu­lares como restos, o todo lo más reliquias, de unas creaciones pretéritas, cuyo valor es­triba en lo que aún conservan de una poética añeja, hoy fragmentada y deformada por la incomprensión de los depositarios del saber tradicional. El Romancero que nos ofrece el pueblo de hoy estaría —según esos críticos de la literatura— tan momificado como el corazón amojamado que el Montesinos cervantino presenta a Belerma.

      Nada más lejos de la verdad. Los romances que hoy se cantan no son fósiles de un sistema de pensar y sentir ajeno e incomprensible para los portadores de ese caudal poético que tiene sus raíces en un pasado lejano, sino que forman parte de la cultura viva de los que los recuerdan y transmiten. Si, en nuestro caso particular, los aldeanos, artesanos y mercaderes ambulantes «conqueiros» siguen cantando el envío del enamorado corazón del primo de Montesinos a Guelerma o Guillerma, acompañado de la explicación sentenciosa «que el que muerto te lo envía, vivo no te lo negara», es porque el motivo poético de la entrega del corazón, que el enamorado hace a su amada, sigue siendo comprendido y sentido por los cantores, y no se trata de una imposición anacrónica de un sistema ideológico heredado de las clases dominantes de la sociedad al que el anónimo autor de «O Belerma, o Belerma», en el siglo XV, o Tortajada, en el siglo XVII, servían.

      El interés de los «conqueiros» por la metáfora en que se sustenta el romance de la embajada de Montesinos no es un caso excepcional ni insólito. Los transmisores de romances han dado muestra, durante los siglos últimos, de su alto grado de comprensión del lenguaje poético utilizado por el Romancero tradicional al ha­ber sabido conservar y renovar la compleja articulación sémica de los poemas, sin que, al actualizar su discurso, hayan dejado perder las posibles significaciones me­tafóricas que muy frecuentemente acompañan al significado literal de la narración.

      Como prueba de ello voy a traer a colación un romance bastante menos raro en la tradición oral moderna que el de Belerma, pero cuyas posibilidades metafóri­cas exceden con mucho a las del relato del envío del corazón enamorado: el ro­mance de El prisionero.

      Este romance fue uno de los favoritos de los poetas trovadorescos y de los músicos de vihuela cuando, a finales del siglo XV y principios del siglo XVI, se puso de moda en medios cortesanos el Romancero viejo y la canción lírica tradicional. Co­nocemos nada menos que seis versiones independientes del romance anteriores a 1550: la del Cancionero musical de Palacio de tiempo de los Reyes Católicos61, la glosada por Nicolás Núñez (acogida ya en el Cancionero General de 1511)62, la glosada por Alonso Pérez (que se incluye en su Guirlanda esmaltada de Galanes hacia 1512-1514)63, la glosada por Garci Sánchez de Badajoz (sólo incorporada al Cancionero General en su reedición de 1514, pero muy difundida por pliegos suel­tos y cancioneros manuscritos)64, la glosada en la Comedia Thebayda (1521)65 y, finalmente, la continuación que añadió Martín Nucio, en la edición de 1550 del Cancionero de Romances de Amberes, al texto entresacado de la glosa de Garci Sánchez que había publicado en la primera edición, sin año, de su Cancionero66.

      Todas consisten en el discurso de un «yo» anónimo que lamenta la llegada de los calores primaverales de mayo y con ellos del rebrotar de las pasiones amoro­sas, pues él, en contraste con los demás vivientes, no puede participar del goce, por hallarse encerrado en unas tenebrosas prisiones, y haber perdido el último vínculo que conservaba con el mundo exterior, una pajarita, que con su canto le informaba cada día de la llegada del amanecer, silenciada de un tiro de ballesta por un cazador.

      Este núcleo esencial del romance, que podemos ejemplificar así67:

Que por mayo era, por mayo,    quando faze las calores,
quando los enamorados    van servir a sus amores,
sino yo, triste cuitado,    que yago en estas prisiones,
que non sé quando es de día,    nin sé quando es de noche,
sino por una avezilla    que me cantava all alvor,
matómela un ballestero,    de Dios aya el galardón,

se halla adornado, en la más refinada de las versiones viejas, la de Garci Sánchez, con un verso evocador de la naturaleza en primavera:

quando canta la calandria   y responde el ruyseñor,

verso que inicia la aproximación del romance a la canción de mayo68; también glosan la escueta alusión al despertar primaveral los versos exclusivos, bastante torpes, de la versión del Cancionero musical:

quando dueñas y donzellas    todas andan con amores,
quando los que están penados    van servir a sus amores,
cavalleros y escuderos   van servir a sus señores.

      Pero, en esta última versión y en las de Alonso Pérez y Martín Nucio,  el romance se mantiene novelescamente complejizado con la presencia de un motivo que desvía la atención hacia la situación material del preso, apartándola del tema de su soledad e incomunicación: la alusión a la larga duración de un cautiverio denotada por la longitud adquirida por sus cabellos (que le sirven a la vez de colchón y man­ta), por sus barbas (que o bien le ciñen la cintura o bien le sirven de mantel) y por sus uñas (que utiliza de «cuchillo tajador»); en dos de estas versiones con un mayor contenido novelesco el prisionero sueña con recobrar la libertad obteniendo de su hermana o de su esposa el envío de una empanada en que se oculten las herramien­tas precisas parajimar los hierros y cavar un túnel en la torre69.

      El éxito en ambientes literarios y musicales de tiempo de los Reyes Católicos alcanzado por este romance se debió, sin duda, a la posibilidad de interpretar sim­bólicamente la prisión. Los glosadores están concordes en identificarse con el «yo» que lamenta la llegada de la primavera, presentándose en sus glosas como cautivos, sin libertad, por obra del amor70. La transformación de la cárcel de cal y canto en cárcel de amor es tan natural para la generación literaria contemporánea de Diego de San Pedro que incluso Alonso Pérez, a pesar de glosar una de las versiones extensas del romance, con crecimiento de cabellos y empanada rellena de «lima sorda» y «pico cavador», desarrolla a todo lo largo de su glosa el tema de la falta de libertad al hallarse encadenado por la pasión en «cárceles de amo­res»71. En las versiones de Nicolás Núñez, de Garci Sánchez y de la Thebaida, eli­minados los motivos ajenos al contraste entre la natural participación de los hom­bres en el cíclico despertar primaveral y la privación que sufre el «yo» prisionero de toda comunicación sensorial con el mundo exterior, la interpretación simbólica del romance resultaba inevitable siendo como eran sus autores una generación de poetas acostumbrados al conceptismo de la poesía amorosa trovadoresca. Así, en la glosa de Garci Sánchez, el mejor poeta de los glosadores del romance, la aveci­lla que cantaba al albor no es otra cosa que la «breve esperanza» de que la amada pueda venir a iluminar súbitamente las tinieblas de la prisión en que sufre el alma del poeta:

Esta es la breve esperança
que en vos, señora, he tenido,
que ya por mi mal andança,
la ha tirado vuestro olvido,
y, muerto en vuestra menbrança,
ya no espero redención,
qu’en su muerte desespero,
matómela un ballestero,
déle Dios mal galardón.

      La identificación de los cantores enamorados con el «yo» del discurso romancístico hacía incluso posible, en los ambientes cortesanos, feminizar al prisionero. En el Amadís de Grecia se nos cuenta cómo Niquea:

cantava aquel romance que dize: Por el mes era de mayo; y quando llegó a dezir. sino yo, triste cuytada, que yago en estas prisiones, que no sé quando es de día ni quando las noches son, dando un gran sospiro, soltó la harpa e dixo...72.

      Pasados los siglos, el romance de El prisionero sigue siendo cantado tanto en las comunidades urbanas sefardíes del Mediterráneo oriental como en las aldeas y pue­blos de muy diversas regiones de Portugal y de España. En una versión sefardí de Jerusalén aún se conserva memoria de la carta con que el preso trata de obtener su libertad (con verso que recuerda a la versión glosada por Alonso Pérez)73 y en otra de Rodas, para ponderar la duración de la prisión, se alude a la barba encanecida74; también una versión catalana mantiene el motivo de la longitud de cabellos, barba y uñas (en forma muy similar a la versión de Martín Nucio, aunque con algún detalle que recuerda a la versión del Cancionero musical de Palacio)75. Pero, por lo general, la tradición oral de los siglos XIX y XX ha preferido, como los mejores glosadores de fines del siglo XV, reducir el romance a su núcleo más lírico, y ha tendido a elaborar dos motivos, el de la descripción de la estación primaveral y sus efectos en la naturaleza y en la sociedad:

Mes de mayo, mes de mayo,    cuando los grandes calores,
cuando los toritos bravos,   los caballos corredores

(o «cuando los bués andan gordos,    los caballos corredores»),

cuando las cebadas granan,    los trigos toman colores

(o «cuando las cebadas granan,     los linos están en flores», o «cuando los centenos ciernen     y los campos crían flores»),

cuando los enamorados   le dan gusto a sus amores:
unos regalan con rosas,    otros con rosas y flores,
otros con dulces naranjas,    otros con agrios limones,
otros con buenas palabras    que roban los corazones,

y el de la comunicación del preso con el mundo exterior gracias al canto de las aves, generalmente diversificadas en tres pájaros representativos de otras tantas especies. Más inesperado para el lector letrado de literatura tradicional, según ha destaca­do Sandra Robertson en un conciso y penetrante ensayo publicado en 197976, es que la posibilidad de reinterpretar metafóricamente la prisión sea aún sentida por buena parte de los cantores modernos del romance, tanto en las comunidades urba­nas sefardíes del Mediterráneo oriental77 como en las aldeas de muy diversas regio­nes de Portugal y de España. El caso más claro nos lo ofrece una versión de la mon­taña de León:

Mes de mayo, mes de mayo,    mes de los fuertes calores,
cuando los toritos bravos,    los caballos corredores,
cuando los enamorados    gozaban de sus amores,
cuando un corazón se encuentra     metido en estas prisiones
sin saber cuándo es de día,    sin saber cuándo es de noche,
sino po’l cantar de los pájaros    que andaban por estos montes78.

      El solitario confinamiento del cantor en la cárcel de una pasión no compartida resulta también evidente, aunque no sea explícito, en versiones como esta zamorana que en seguida voy a citar, en que la utilización metafórica del romance para expre­sar un estado de ánimo con el que las cantoras pueden identificarse resulta doble­mente señalizada mediante la feminización del prisionero y mediante la conversión del tercer pajarito (gracias a la incorporación de un motivo del romance de fontefrida19) en un doble de la encarcelada cantora:

Mes de mayo, mes de mayo,    mes de muy fuertes calores,
las damas andan en gala,    los galanes en jubones,
yo, la tristica de mí,    metida en estas prisiones,
yo no sé cuándo amanece,    ni cuándo arrayan los soles,
sólo los tres pajarcitos    que me cantan los sermones:
unas son las golondrinas,    otros son los ruiseñores
y otra es la cocuyada,    que anda sola, sin amores,
no se posa n’el romero,    ni en ramos que tienen flores,
que se posa ’n las aradas    a la sombra ’e los terrones80.

      La noche oscura del alma enamorada no necesita ya siquiera de los muros de una prisión para que el cantor, al rayar el alba de la mañana de San Juan, el día eufórico del solsticio de verano, se sienta angustiosamente privado de libertad para acudir a la llamada del pájaro que canta en la sierra:

Manhaninha do São João,    pela manhã do alvor,
todos os criados vão   visitar o seu senhor,
só de mim, triste, coitado,    não sei quando arraia o sol,
se não fossem três passarinhos    que me anunciam o alvor.
Primeira é a cotovia,    segundo o rouxinol,
terceira é a calhandrina    a que se repenica melhor.
O rouxinol canta na silveira    a cotovia no giestal,
a calhandrina na serra    à sombra do queirogal81.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

Seminario Menéndez Pidal y Universidad Autónoma de Madrid

 OTAS

61   Cancionero musical de Palacio (siglos XV-XVl) ms. 1335 (olim: 2-1-5) de la Bibl. de Palacio Real, Madrid, ff. 56v-57 (como parte de la segunda sección dedicada a los «Romances»).

62  La glosa comienza: «En mi desdicha se cobra / nuevo dolor que m’esmalta». Cancionero general de muchos y diversos autores. Copilado por Fernando del Castillo, Valencia: Christofal Kofman alemán de Basilea, 1511, ff. CXXXVIr y v. Se reprodujo en pliegos sueltos: Romance que dize Por la matanza va el viejo por la matanqa adelante. Con su glosa. E otras coplas. Y una glosa sobre otro romance (pl. s. gót., Praga: Universitáts-Bibl., DicARM 1051); Romance de la mora morayma: glosado Otro romance que dize. Por mayo era por mayo: glosado... (pl. s. gót., Praga: Universitáts-Bibl., DicARM 1011). También fue in­cluida en el Cancionero delBritish Museum (Add. 10431, ff. 42v-43r).

63   La glosa comienza: «Si libres mis pensamientos / de vuestra ausencia se viessen». Cancionero lla­mado guirlanda esmaltada de galanes y eloquentes dezires de diversos autores. Madrid: Bibl. Nacional, R-31621, ff. i-jr. Hay edición moderna: Cancionero de Juan Fernández de Constantina, Madrid: Socie­dad de Bibliófilos Madrileños, 1914, pp. 12-17.

64  La glosa comienza: «Si de amor libre estuviera / no sintiera mi prisión». Cancionero general de muchos y diversos autores. Otra vez ympreso emendado y corregido por el mismo autor... Valencia: Jorge Castilla, 1514, f. 118v. Don Fernando Colón poseyó un pliego suelto (que describe sumariamente en el Abecedarium B en tres lugares [cois. 534, 691 y 694A]) comprado en Roma en 1530, que hoy conoce­mos en dos ediciones: Las maldiciones dichas clara escura del mismo Garcisanchez de Badajoz. Comiençan en esta manera, una identificada como de Sevilla: Jacobo Cromberg, entre 1511 y 1515 (DicARM 47: pl. s. gót., Wien: Osterreichische Nationalbibliothek), otra identificada como de Toledo: Juan de Villaqui-rán, hacia 1512-1515, DicARM 45, Oporto: Bibl. Pública x-3-26(13) [del que hay ed. moderna en «Jo­yas bibliográficas» (1976)], y DicARM 46, Paris: Bibl. Nationale, Inv. Reserve Yg (86-112) n° 106, que incluye también la glosa de Garci Sánchez. También- figura en el f. 9r del Cancionero del British Mu­seum (citado en la n. 62) y en los ff. 17v-20r del Cancionero musical poético da Biblioteca Públia Horten­sia, de Elvas (citado en la n. 4, a).

65  La glosa comienza «Quando el bien de vos me vino, / quando la cuita que passo, / quando sentía el desatino...». Hay también ed. de 1546. La moderna de la «Colección de libros raros», 1894, pp. 257-259, no sólo moderniza la ortografía, sino que, en nuestro romance, sustituye malamente «cantava all alvor» por «cantaba al amor».

66  Cancionero de Romances... nuevamente corregido, emendado y añadido en muchas partes, Anvers: Martín Nucio, 1550, ff. 265r-266r. Hay edición moderna de A. Rodríguez Moñino, Cancionero de Ro­mances (Anvers, UJO), Madrid: Castalia, 1967, pp. 300-301.

67  Los versos que siguen son una versión facticia, construida a base de las varias versiones viejas. He pretendido acercarme a la forma más arcaica de cada hemistiquio. Naturalmente, podrían preferirse otras «reconstrucciones».

68  Aproximación que se irá haciendo más y más notable conforme pasan siglos de tradicionalidad. Hoy es patente en la mayor parte de las versiones que conserva la tradición oral. En algunos casos el romance incluso ha dejado de serlo, absorbido por la tradición folklórica de «los mayos» y «las marzas».

69  En la versión glosada por Alonso Pérez el prisionero dice: «escreuir quiero vna carta    a mi hermana la mayor / que me embíe vn empanada    no de truchas ni salmón, / mas de vna lima sorda    y de vn pico cauador, / la lima es para los hierros,    el pico para la torre». A su vez, la versión interpolada del Cancionero de romances editada por Nucio en 1550 reclama un ave «que me lleue vna embaxada [a] mi esposa Leonor, / que me embíe vna empanada,    no de trucha [n]i salmón, / sino de vna lima sorda    y de vn pico tajador, / la lima para los hierros    y el pico para la torre».

70  «Que ni sé si so captivo / ni si muero, ni si vivo/ ni si tengo libertad», Nicolás Núñez; «Si libres mis pensamientos / de vuestra ausencia se viessen, / bien lo creo que sufriessen / las prisiones más con­tentos / mientras más escuras fuessen; / mas si mis fuerças ensayo, / lo que me da más desmayo / en las cárceles de amores / ser perpetuos los dolores», Alonso Pérez; «Todos andan sin pasión, / todos viven sin cuydado, / sino yo triste, cuytado, / que yago en esta prisión», Garci Sánchez (es de notar que en la glosa de Garci Sánchez una prisión no excluye la otra: «quién podrá preso tener / el cuerpo en esta to­rre / y ell alma en vuestro poder»).

71  Véase n. 70.

72  Nono Libro de Amadis d’ Gaula: que es la corónica del muy valiente y esforçado príncipe y cavallero de la ardiente espada Amadís de Grecia... (1530), Parte 2a, cap. 89, f. 217 b, 11-17 (Bibl. de Stuttgart). Cito por J. de Perot, «Reminiscencias de romances en libros de caballerías», RFE, II (1915), 289-292.

73  «Escribir quiero una carta    de mi mano la mayor, / mandársela al rey mi padre,    que sepa de mi dolor».

74  «De que entré en esta cárcel   mostachinos non tenía, / agora, por mis pecados,    la barba me se emblanquezía». Versión cantada por Miriam Rabeno Israel, recogida en 1911 por Manuel Manrique de Lara.

75  «Los cabellos de mi cabeza    m’en redondean els talones, / los pelos de mia barba   m’en redonde­an els genollos, / las uñas de mias manos    parecen uns tajadores». Versión publicada por M. Milá i Fontanals, Romanceríllo catalán, 2ª ed., Barcelona, 1896, núm. 239, p. 211. Cfr. en el Cancionero de Amberes de 1550: «cabellos de mi cabeça   llegan me al coruejón, / los cabellos de mi barba    por manteles tengo yo, / las vñas de las mis manos    por cuchillo tajador», y en el Cancionero musical: «Las barbas de la mi cara    çiñólas en rrededor, / ... / cabellos de mi cabeça   me allegan al corbejón, / de noche los é por cama,    de día por cobertor».

76  S. Robertson, «The limits of narrative structure: One aspect in the study of El Prisionero», en El romancero hoy: Poética, ed. D. Catalán et al, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1979, pp. 313-3 L

77  S. Robertson cita como ejemplo una versión recogida en Salónica por Manuel Manrique de Lara en 1911.

78  Versión de Vega de los Viejos (Babia, León), dicha por Consuelo Vega Fernández, de 20 años. Recogida en 1908 por M. Manrique de Lara. Publicada en Romancero general de León, I: Antología 1899-1989, por D. Catalán y M. de la Campa, Madrid: Seminario Menéndez Pidal y Diputac. de León,

79 Según señaló E. Asensio, Poética y realidad en el cancionero peninsular de la Edad Media, Madrid: Gredos 1957 2a ed. 1970, p. 260, a la vista de una versión de procedencia zamorana, oída a Eulalia Galvarriato (la mujer de Dámaso Alonso). Sobre la evolución en la memoria de Eulalia Galvarriato (una transmisora inusual de tradición) de esta versión, véanse mis observaciones en las pp. 139-143, de D. Catalán, «Al margen de un concierto de música de los siglos XV y XVI», en ¡Alça la voz, pregonero! Homenaje ’a don Ramón Menéndez Pidal, Madrid: Institución Libre de Enseñanza y Seminario Menén­dez Pidal, 1979, pp. 135-150 y 157-169.

80 Sigo, fundamentalmente, el texto de la versión de Florentina Vara (23 años) de Otero de Bodas (Zamora), recogida en agosto de 1912 por Américo Castro. Enmiendo «jibones» en «jubones», «rome­ría» en «romero» y singularizo «las cocuyadas que andan solas» en «la cocuyada, que anda sola», apo­yándome en las lecciones de Valentina Canas (22 años) de Ferreras de Arriba (Zamora): «y otra es la cruzcayata,        que anda sola sin amores, / no se posa en el romero     ni árboles que tengan flores, / que se posa en las aradas    a la sombra ’e los terrones» (versión recogida también por A. Castro, julio de 1912).

81 Versión seleccionada por S. Robertson, procedente de J. Leite de Vasconcellos, Romanceiro Português, I, Coimbra: Universidade, 1958, p. 276. Fue recogida, por el propio Leite de Vasconcellos, en Rebordãos (Trás-os-Montes).

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

*   5.- 4. LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ

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5.- 4. LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ

5.- 4.   LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ

4.   LA «CREACIÓN» DEL ROMANCE TRADICIONAL. EL TESTIMONIO GITANO-ANDALUZ. I. HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE.

      a proliferación durante el siglo XVI y comienzos del siglo XVII de textos impre­sos y manuscritos romancísticos nos ha permitido seguir con gran detalle las transformaciones del tema de la manda testamentaria del corazón enamorado, desde la invención de «O, Belerma, o Belerma» hasta la publicación por Tortaja­da de su ciclo narrativo compuesto por cinco romances. El estudio diacrónico de los textos nos ha puesto en evidencia que el romance tradicional cantado en las aldeas «conqueiras» procede de la más tardía manifestación literaria del tema. Pero esta constatación no resuelve el misterio de lo ocurrido desde la publicación de los cinco romances en la Floresta hasta que en 1980 unos forasteros se intere­san en grabar el romance cantado por algunos vecinos de la parroquia de Sisterna. Al tener que abandonar el campo de estudio de la transmisión escrita (o semioral semiescrita) de la literatura, para entrar en el de la transmisión oral, la investigación tropieza con el silencio de las voces que se oyeron y que nadie re­gistró, silencio mucho más impenetrable que el vacío dejado por la pérdida de documentos escritos.

      Tres cuestiones básicas se nos plantean. La primera es explicar cómo, de los ciento veintiséis versos dieciseisílabos de que consta el ciclo publicado por Tortajada, ha podido producirse el romance tradicional cantado por Anselmo, que sintetiza en sólo veintidós versos la historia de Durandarte, Montesinos y Belerma. Al escuchar el romance «conqueiro», sorprende la soltura con que se han aprovechado motivos y versos del relato cíclico para construir un poe­ma perfectamente integrado en el lenguaje poético del Romancero tradicional, y tan trabado que incluso la singular ruptura del punto de vista del relato en el verso:

Guillerma estaba en Paraiso    de doncellas enrodeada,

hija de la incorporación al romance anterior del que comienza:

 En Francia estava Belerma    alegre y regozijada,

nos parece un recurso estilístico pensado para acrecentar el dramatismo de la esce­na final. La segunda y tercera cuestiones son cómo llegó a ese rincón de la monta­ña asturiana el ciclo narrativo de Tortajada y por qué los aldeanos, artesanos y mercaderes ambulantes «conqueiros» han seguido interesándose hasta hoy por este relato, ideado a partir de un «concepto» de la poesía trovadoresca, 375 años des­pués de que Cervantes diera por momificado el tópico.

      Tanto para la primera como para la segunda pregunta resulta de especial interés un testimonio inesperado. Muy lejos de la montaña occidental de Asturias, en Andalucía, el ciclo de romances impreso en la Floresta de Tortajada ha dejado tam­bién huellas en la tradición oral. El extraordinario recolector de romances que fue Manuel Manrique de Lara descubrió en 1916 en Triana (Sevilla) un portador de romancero de repertorio singularísimo, Juan José Niño. Entre los numerosos ro­mances, únicos o casi únicos dentro de la tradición andaluza, que recordaba este gran depositario de la tradición romancística típicamente gitana50, se encuentra el que comienza:

Las campanas de París    están tocando a alba.

Este verso, tan llamativo, es el cuarto del romance «Por el rastro de la sangre» (en sus versiones varias de los siglos XVI y XVIl). Tras él siguen en el de Juan José Niño otros:

Entró el noble Montesinos,    entró de noche en la batalla,
cortando piernas y brazos    y a muchos que derribaba;
mucho le ayuda la yegua,    porque la tiene enseñada,

que recuerdan el comienzo del primer romance del ciclo incluido por Lucas Rodrí­guez y Tortajada:

Por la parte donde vido    más sangrienta la batalla
se metía Montesinos,    lleno de angustia y saña,
quantos con la lança encuentra,    a tierra los derribava;
la yegua también ayuda,    que muchos atropellava51.

El romance tradicional de Andalucía la Baja cuenta después cómo Montesinos va en busca de los pares:

Entró al pesque de Roldan,    ese señor de Loraña,
ese que suena entre ellos    que de Montalbán le llaman,

y cómo, al combatir con un moro, cuyo alfanje se halla «teñido en sangre cristiana», pierde sus armas:

Allí quedó Montesinos    sin espá, escudo ni lanza,

conservando sólo, como resto de ellas, «una varita»,

para arrear a su yegua    que la tiene muy cansada.

Esta información combina datos de los dos romances que Tortajada tomó de Lucas Rodríguez:

Vio un moro esforzado    que mucho se aventajava,
un alfanje trae el moro    teñido en sangre de Francia.
…………………………........     …………………………….........…
y el golpe que dio en el suelo    hizo pedazos la lança,

no le quedó a Montesinos    sino un pedazo del asta
……………………………………………     .............……………….
No ve golpe de Oliveros,    ni oye el señor de Brana52
                                            
(«Por la parte donde vido»).

Como viene de la guerra   trae las armas destroçadas;
sólo en la mano derecha   trae un pedaço de lança
…………………………..........      ……………………………
trae aquesta asta el francés    porque le sirva de vara
para hazer andar la yegua,    que la llevava cansada53
                                             
(«Por el rastro de la sangre»).

A continuación, en la versión de Triana, el primer verso de este último roman­ce, refundido por la tradición oral en;

Por el reguero de la sangre    Montesinos se guiaba,

sirve de enlace con la escena del encuentro entre los primos:

El ha escuchado una voz,    parece que le llamaba:
— Primo, primo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla
... etc.

      La conexión de la versión de Juan José Niño con el texto de Tortajada resulta evidente a la vista de versos como:

Asín que me veas muerto,    muerto que no tenga habla,
por este lado siniestro,    con esta pequeña daga,
me sacas el corazón   y se lo entregas a mi dama
y me das sepultura    al pie de ese árbol de haya54,

así como en uno de los versos que rematan la versión, basado ya, como el último citado (y algún detalle anterior), en el tercero de los romances del ciclo, «Muerto yaze Durandarte al pie de una verde haya»:

corazón del más valiente    que el rey tenía en España55.

      A diferencia del romance de Corralín, el de Triana carece de toda huella del siguiente romance de Tortajada56, pero recuerda claramente un verso de «Sobre el corazón difunto      Belerma estava llorando»:

afortunado en amores    y desgraciado en batalla57.

      A pesar de que, durante muchos años, el relato de Juan José Niño haya sido una versión única en el Romancero moderno andaluz, creo evidente que testimo­nia la existencia de una tradición gitano-andaluza en cierto modo análoga a la de las aldeas «conqueiras». Las numerosas variantes en el plano de la expresión, que, respecto a los romances impresos por Tortajada, ofrece la versión recogida en Sevi­lla excluyen la posibilidad de que Juan José Niño haya memorizado mal un texto escrito. Para disipar toda duda respecto a la perduración oral del ciclo de Tortaja­da en la tradición andaluza, podemos aducir la incorporación de tres versos del ro­mance, dos de ellos derivados de «Por el rastro de la sangre» y uno de «Muerto yaze Durandarte», a un fragmento de romance que comienza con tres versos de Moro alcaide, recogido en Cádiz por el propio Manrique de Lara de boca de una mujer (sin duda también gitana) de 48 años, Rosario Vega58:

— Sácame del corazón    con esta pequeña daga
y se lo das a Belerma,    a mi linda enamorada.—
—  ¡Oh corazón más valiente    que en Francia lo derribara!,

pues, al igual que ocurría con la versión de Juan José Niño, los versos de este fragmento derivados de «Por el rastro de la sangre» ofrecen lecciones exclusivas de la versión retocada por Tortajada59 y el último citado recuerda evidentemente al que figuraba en la Floresta bajo la forma «corazón del más valiente que en Francia ceñía espada».

      Hoy puedo añadir a lo dicho en 1981 que el romance recitado en 1916 por Juan José Niño no ha desaparecido por completo del repertorio romancístico gita­no. Gracias a las pacientes pesquisas de Luis Suárez Ávila sobre el Romancero gi­tano del Puerto de Santa María y de Cádiz, podemos juntar a las voces de Juan José Niño y de Rosario Vega, de principios de siglo, la de Juana Suárez la O, «la del Cepillo» de El Puerto de Santa María, oída en 1968:

Estando yo paseando    por los campitos de batalla
yo he sentido unos quejiditos    entre medio de verdes matas.
Yo m’había acercadito a él    a ver si era Pare de Francia
y era un primito mío,    aquel que yo más estimaba.
……………………........….       ……………………………
Y me dijo: — Primo,    párteme tres costillas
y me sacas el corazón    y se lo entrega’ a Gironarda,
ya que ella lo niegue en muerte,    que en vida no me lo negara.—
                                  — Corazoncito mío de mi alma,
afortunadito en amores    y desgraciadito en batalla,
yo me casaré contigo,    como si en el cuerpo estara.—

[y la de María Gracia Ortiz Vázquez, «Amina», grabada en 1985 en Arroyo de la Miel, Torremolinos (Málaga), quien la aprendió de su padre, el guitarrista Juan «el Ciego» en Cádiz (Juan estaba emparentado con la familia gaditana de «Los Churri» y con Antonia, «la Obispa», del Puerto):

Venganza, gitano, venganza,
pero no tanta.

— Este noble caballerito    que venéis de Granada
¿no habéis visto por allí     a un primito de mi alma?
— Baje usted, buena señora,    que yo le traigo grandes novedades:
aquí le traigo el corazoncito    de mi primito de mis carnes.
— Corazoncito del más valiente    del más valiente de España
yo me casaría contigo    como si en tu cuerpo estara.
— Yo ya no como pan    y meno’ afeito mi barba
hasta que yo no vengue la muerte    de mi primito de mi alma
……………………………........…          ……….........………………….

(comunicada por Luis Suárez Ávila en carta del 24/IV/1996)].

        La presencia en Andalucía de un romance tradicional que ensambla motivos y versos de los tres primeros romances del ciclo publicado por Tortajada nos aclara que el proceso de tradicionalización del ciclo no ocurrió comarcalmente en las aldeas «conqueiras», sino que participaron en él transmisores de romances de regiones muy varias de España60. Por otra parte, el contraste tan llamativo entre las dos ramas de la tradición oral moderna, no sólo por la diferente selección de los romances y motivos del ciclo retenidos, sino en el grado de evolución del discurso poético empleado, nos permite ver sobre la marcha la progresiva integración de los romances literarios en el lenguaje del Romancero tradicional: en la tradición gitano-andaluza, aunque los versos heredados del modelo no tradicional aparecen renovados mediante adaptaciones vulgarizadoras, no se ha alcanzado esa naturalidad expresiva, esa adecuación perfecta a la poética del Romancero oral que tanto nos atrae y nos admira en el romance «conqueiro». Gracias a ese contraste, resulta ma­nifiesto que la transformación del lenguaje «literario», propio de los romances im­presos en la Floresta, en lenguaje tradicional es fruto de una lenta labor perfeccionadora, realizada por la cadena de transmisores orales que une a Anselmo García (y demás cantores asturianos) con los lectores de la Floresta que, en época lejana, empezaron a cantar unitariamente la historia en romances del envío del corazón de Durandarte a Belerma.

 Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

 OTAS

50 El excepcional repertorio de Juan José Niño (y de algunos otros informantes andaluces como Diego Jiménez, de Sevilla, Joaquín Jiménez y Rosario Vega, de Cádiz) me había llamado la atención desde que estudié el Romancero de Bernardo del Carpio (Romancero tradicional de las lenguas hispáni­cas, 1, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1957, pp. 161-162, 170-174, 245-246, 248-251). Lo comenté en las pp. 88-89 de «El Archivo Menéndez Pidal y la exploración del Romancero castellano, catalán y gallego», El Romancero en la tradición oral moderna, ed. D. Catalán et al, Madrid: Seminario Menén­dez Pidal, 1972, pp. 85-94. Hoy se ha clarificado, en parte, la razón de ser de este especial repertorio: se trata del saber romancístico gitano-andaluz, que difiere profundamente del saber romancístico «payo»-andaluz. Antonio Mairena nos puso en la pista, al proporcionar las primeras noticias sobre esa tradición (en Las confesiones de Antonio Mairena, ed. A. García Ulecia, Sevilla: Universidad, 1976, pp. 46-47, 61, 169, y en su disco Historia del cante gitano andaluz, 2), según noté en las pp. 232-236 de El romancero hoy, I: Nuevas fronteras, ed. A. Sánchez Romeralo et al., Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1979. Pos­teriormente, el arraigo en Andalucía la Baja, entre ciertas familias gitanas, del extraño repertorio de aquellos extraordinarios romancistas de principios de siglo descubiertos por Manrique de Lara vino a quedar manifiesto gracias a las versiones incluidas en el artículo de José Blas Vega, «Los corridos o ro­mances andaluces», incorporado a la Magna antología del cante flamenco, editada por «Discos Hispavox», Madrid, 1982. Estos textos probaban que las «confesiones» de Mairena (aunque ocultaran el ori­gen concreto de los textos romancísticos llegados a su conocimiento) se basaban en una realidad indiscutible: la existencia de un Romancero gitano claramente diferenciado del Romancero propiamen­te andaluz. Pero sólo después de conocer a Luis Suárez Ávila y sus investigaciones sobre el Romancero gitano-andaluz de la bahía de Cádiz me fue posible evaluar correctamente esa rama tan desconocida de la tradición romancística (para una noticia completa del estado actual de esas investigaciones, véase Luis Suárez Ávila, «El Romancero de los gitanos bajoandaluces. Del Romancero a las tonás», en Dos si­glos de flamenco. Actas de la Conferencia Internacional, Jerez, 21-25 junio, 1988, Jerez: Fundación Anda­luza de Flamenco, 1989, pp. 29-129) [; y sobre el repertorio de Juan José Niño, Teresa Catarella, El ro­mancero gitano-andaluz de Juan José Niño, Sevilla: Fundación Machado, 1993].

51 En Lucas Rodríguez: lleno de una furia insana; al suelo los d.; le a.; q- a. m.

52  En Lucas Rodríguez: vio andar un; se señalava; del golpe; quebró por medio la l.; le queda; mas de un pedaço; golpes; al s. de Braua.

53  En Lucas Rodríguez: lleva un p. de l.; lleva la a. el f.

54  Seguidamente describe el cumplimiento de la acción: «Asín que lo vio muerto,    muerto que no tenía habla, / por aquel lado ensiniestro    y con aquella pequeña daga / le sacó el corazón,    n’un pa­ñuelo lo liaba». En Tortajada: «que quando yo sea muerto       y mi cuerpo esté sin alma, / me saquéis el coraçón    con esta pequeña daga / y lo llevéis a Belerma   la mi linda enamorada» («Por el rastro de la sangre»); «Muerto yaze Duran[dar]te    debaxo una verde haya, / con él está Montesinos,    que a la su muerte se halla; / haziéndole está la fuessa       con una pequeña daga / ... / por el costado siniestro,    el coraçón le sacara, / enbolvióle en un cendal      y consigo lo llevava, / entierra primero al primo...» («Muerto yaze Durandarte»).

55   En Tortajada: «Coraçón del mas valiente    que en Francia ceñía espada».

56  Del que comienza: «En Francia estava Belerma,    alegre y regozijada», que proporciona a las ver­siones conqueiras el escenario de su segunda parte.

57  En Tortajada: «Coraçón de mi señor    Durandarte muy preciado, / en los amores dichoso    y en batallas desdichado».

58  El fragmento comienza: «Moro Atarfe, moro Atarfe    el de la barbita blanca». Véase CGR 0055 (D. Catalán et al., El Romancero Pan-hispánico. Catálogo general descriptivo. CGR 2, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1982, pp. 281-285).

59  «Lo que os encomiendo, primo      lo postrero que os rogava, / que quando yo sea muerto      y mi cuerpo esté sin alma, / me saquéis el coraçón      con esta pequeña daga / y lo llevéis a Belerma,      la mi linda enamorada», dice Durandarte en la versión de Tortajada, mientras el viejo romance de «O Beler­ma, o Belerma» no aludía al acto de sacarle el corazón, diciendo únicamente: «Que quando yo fuere muerto    y mi ánima arrancada, / vos llevéys mi coraçón    adonde Belerma estava».

60 Hoy puedo añadir, en confirmación de este supuesto, que hacia 1963 un vaquero de unos 60 años de Albacete gustaba de repetir la exclamación: «— ¡Ay, amigo Montesinos,    mal nos fue en batalla, / que mataron a Galín,    capitán de nuestra escuadra!», revelando el conocimiento de unos ver­sos muy típicos del texto de «Por el rastro de la sangre» impreso por Tortajada (cfr. n 47). Aunque ob­viamente la tradición «conqueira» no deriva de la moderna de los gitanos bajo-andaluces, el oficio de vendedores ambulantes de los «tixileiros» tiene que ser parte en la explicación del común origen de dos tradiciones, la «conqueira» y la gitana.

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

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La Garduña Ilustrada

Imagen de portada de O. Koson

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

 

3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO». I. HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE.

      ntes de tratar de explicar la pervivencia en 1980 de un género poético (el Roman­cero «viejo») marginado desde hace trescientos setenta y cinco años, que este ejemplo extremo del romance de Durandarte envía su corazón a Belerma nos ha ilustrado de forma tan llamativa, conviene que hagamos una incursión diacrónica en el pasado para explicar cómo llegó a crearse este romance tradicional que hoy se canta en las aldeas «conqueiras».

      Según ya hemos visto, el tema tiene su punto de partida en el romance viejo, indudablemente del siglo XV, «O Belerma, o Belerma» y en su continuación «Muerto yaze (queda) Durandarte». Uno y otro se difundieron extraordinariamente en la primera mitad del siglo XVI y nos son conocidos en una pluralidad de versio­nes impresas y manuscritas, cuyas relaciones no ofrecen la simplicidad que caracte­riza a los árboles genealógicos representativos de la transmisión escrita de textos. Las variantes que estas distintas redacciones de los poemas ofrecen son indicativas de que ambos romances se difundieron oralmente entre sectores bastante amplios de la sociedad.

      Entre las novedades surgidas en la vida tradicional de estos dos romances viejos, nos interesa destacar dos que han dejado su eco en el romance tradicional «conqueiro».

      La «verde faya», al pie de la cual encuentra Montesinos a su agonizante primo en las versiones modernas de Corralín y Tablado, no podía, claro está, figurar en el discurso del caballero moribundo que constituye el romance de «O Belerma, o Be­lerma»; pero tampoco se encontraba, según creo, en la redacción primitiva del romance narrativo que describe el cumplimiento de la manda. De las seis versiones viejas conocidas de este otro romance31, cinco comienzan diciendo:

Muerto yaze (queda) Durandarte    al pie de una alta (una gran) montaña,

localización que, en una versión, la glosada por Burguillos, se precisa con un segundo verso que dice:

tendido cabe una fuente    debaxo una verde rama.

      En los textos conservados por la Tercera parte de la Silva, el Cancionero de Evora [y el cuarto cartapacio del manuscrito misceláneo II-961 de la Biblioteca de Pa­lacio Real], que derivan de la versión glosada por Burguillos, este segundo verso se substituye por otro, que dice ya:

Un canto por cabecera    debaxo una verde haya;

pero sólo en la versión publicada en un pliego suelto (DicARM 659 y 660) y en Rosa de amores de Timoneda surge el nuevo incipit:

Muerto yaze Durandarte    debaxo (al pie de) una verde aya.

      Una vez nacido, el motivo de la «verde haya» se impuso en la imaginación de cuantos trataron el tema a fines del siglo XVI según una estética nueva. Versos como «Aportóle su ventura al pie de una verde haya», «A la umbra de una haya     Du­randarte está apeado», «Echado está Montesinos     al pie de una verde haya», «Y aviéndole sepultado,     de una antigua aya y gruesa / cuelga las sangrientas armas,    no por tropheo ni ympresa...», aparecen en cuatro romances «nuevos»32, de aque­llos que gustaban copiar los formadores de cartapacios manuscritos entre 1580 y 1600.

      También en el curso de las transformaciones de los dos romances hace su aparición una frase sentenciosa antecesora del verso:

que el que muerto te lo umbia,    vivo no te lo negara,

explicativa de la «manda» del corazón. En una «Glosa nuevamente trobada sobre Belerma, la qual al mi parescer es mejor que quantas otras se han trobado», publicada en un pliego suelto del siglo XVI, el anónimo glosador nos da una versión del romance «O Belerma, o Belerma» en que las palabras del caballero agonizante di­fieren mucho de las que figuraban en otras versiones del romance33.

O buen primo Montesinos,    mal me aquexa esta lançada,
que estoy herido por parte    que ninguno nunca (se) escapa;
y esta merced te pido    que en todo caso se haga:
Para quando fuere muerto    e mi ánima arrancada,
que saques mi coraçón   por esta siniestra llaga,
que l[o] lleves de mi parte    a donde Belerma estava,
que a quien bivo se lo dio,    muerto no selo negara.

También este motivo fue acogido en un romance nuevo, asonantado en -ao, que se conserva en un cartapacio manuscrito de 1580, el ya citado «A la umbra de una haya», en que Durandarte pide a Montesinos:

sólo os suplico, señor,    que toméis a vuestro cargo
y es que, después que yo muera,    tengáis especial cuidado
de sacarme el corazón,    el qual está mal llagado,
y llevádselo a Velerma   y con él este recaudo:
que quien vivo se lo dio,    muerto no puede negallo.

      Aunque notables, los retoques realizados en los dos romances viejos por la tradi­ción oral o escrita no son tan importantes para la transformación del tema como la acción que protagonizaron los poetas y editores de romances que, desde mediados del siglo XVI, se lanzaron a explotar el negocio de los romanceros de bolsillo, tratan­do de «morder» en el lucrativo mercado abierto por el éxito de los pliegos sueltos romancísticos; sobre todo, cuando, en el último cuarto del siglo XVI, el Romancero nuevo irrumpe en la literatura escrita, no sólo a través de los cartapacios manuscritos sino de la imprenta. Lucas Rodríguez con su Romancero historiado (Alcalá, 158134, o quizá ya desde 157935) es uno de los primeros en beneficiarse de la moda cambiante.

      Entre otros ciclos de romances de nueva factura, sobre temas consagrados del Ro­mancero viejo, incluye uno, constituido por cuatro romances, dedicado a Montesinos, Durandarte y Belerma36. El romance central de ese ciclo «Por el rastro de la sangre», sin duda el más conseguido de los cuatro, posiblemente preexistía, pues en el propio Romancero historiado se incluye, más adelante, una glosa de sus ocho pri­meros octosílabos con alguna variante37. Desde luego, alcanzó mayor difusión que los demás: conocemos otra glosa manuscrita de sus ocho octosílabos iniciales38, y cuatro de ellos se incluyen también en una Mogiganga39; por otra parte, los maestros Úbeda y Valdivielso hicieron de él cuatro contrafacturas a lo divino40. Al igual que el viejo de «O Belerma», ese romance nuevo desarrolla la escena en que:

el herido habla al sano    y el sano al herido abraça,

rematada con la famosa manda del caballero agonizante:

con las ansias de la muerte   Durandarte le rogava
que le encomiende a Belerma,    aquella que él tanto amava,
y le lleve el coracón    sacado de sus entrañas,
que era la joya que en vida   le diera la más preciada.

      Pero el romancista, en radical oposición con el romance viejo, concibe una narración sin darle voz a Durandarte y enfocada sobre Montesinos, no sobre el caba­llero enamorado:

Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexava
caminava Montesinos    por un áspera montaña
y a la hora que camina    aún no era bien de mañana,
las campanas de París    tocan la señal del alva.
Como viene de la guerra,    trae las armas destroçadas;
sólo en la mano derecha   lleva un pedaço de lança...

       Curiosamente, nuestro romance «conqueiro» ofrece el mismo punto de vista, ya que comienza también siguiendo los pasos de Montesinos:

Caminaba Montesinos    por una verde montaña,

¿Pura coincidencia? Sigamos leyendo (algunos versos más adelante) la versión de «Por el rastro de la sangre» publicada por Lucas Rodríguez:

... y como vido la yerva    de tanta sangre manchada,
saltos le da el coraçón   y sospechas le da el alma
si la ha derramado alguno    de los amigos de Francia.
Confuso en esta sospecha,    camina azia una haya.
Vido estar un cavallero,    que parece que le llama;
no le conoce el francés,    por mucho que lo mirava,
porque le dan en los ojos    las cintas de la zelada.
Arrojóse de la yegua   y desarmóle la cara...

No cabe la menor duda. El romance tradicional de Corralín, con los versos:

No conoce el caballero    por mucho que lo repara,
que le conturban la vista   las cintas de la elada.
Y se apeó del caballo    y le descubrió la cara,

tiene como antecesor a ese romance literario de los comienzos del Romancero nuevo.

      Sin embargo, resulta extraño que el romance tradicional siga a continuación con el discurso directo del caballero herido, cuando «Por el rastro de la sangre» nunca utiliza el discurso directo. El octosílabo «Oh mi amigo Montesinos» tiene su correspondencia exacta en el viejo romance de «O Belerma, o Belerma»; mientras que el romance editado por Lucas Rodríguez, después de constatar cómo:

conoció el primo que quiso    en la vida más que el alma,

se limita, según ya hemos dicho, a contarnos la manda de Durandarte a Montesi­nos en estilo indirecto. A su vez, el verso final, ya citado, de «Por el rastro de la sangre»,

que era la joya que en vida   le diera la más preciada,

se halla, también, mucho más distante del mensaje conservado por las versiones «conqueiras» que la sentencia que encontrábamos en una de las versiones de «O Belerma, o Belerma»:

que a quien bivo se lo dio,    muerto no selo negara.

      Esta mezcla de motivos típicos del romance nuevo con motivos procedentes del romance viejo no pudo, claro está, realizarse en la tradición oral moderna41. Efectivamente, fue obra de un tardío editor de romances, que acometió la tarea de agrupar toda la «información» dispersa en los romances viejos y nuevos de tema carolingio para componer una Floresta de varios romances sacados de las historias de los hechos famosos de los doze Pares de Francia aora nuevamente corregidos. Se llamaba Damián López de Tortajada (pueblo de la provincia de Teruel) y debía de residir en Valencia, donde en 1646 se imprimió la primera edición de la Floresta de que tenemos noticia (a través del colofón de la reimpresión del libro en 1652 por la misma imprenta), aunque es posible que hubiera alguna edición anterior de la obra42.

      Tortajada rehízo el ciclo de Lucas Rodríguez para recuperar buena parte de los pormenores narrativos y expresivos de los romances viejos. Aceptó de su predecesor, sin apenas modificarlo, el romance «Por la parte donde vido     más sangrienta la batalla», con que Rodríguez había prologado la acción de «Por el rastro de la sangre»43; pero no se conformó con la versión estrictamente narrativa del encuen­tro de Montesinos con Durandarte propia de este último romance, sino que la re­mató con el parlamento del moribundo que le ofrecía el romance tradicional «O Belerma, o Belerma» y desechó por completo el tercer romance del Romancero his­toriado, el dedicado al cumplimiento por Montesinos de la última voluntad de Du­randarte44, substituyéndolo por dos romances, una versión del viejo «Muerto yaze Durandarte     debaxo una verde haya» y otro de nueva invención en que se cuenta cómo Belerma recibe de Montesinos el corazón de su amado («En Francia estava Belerma     alegre y regozijada»); sólo el último romance, quinto del nuevo ciclo, vuelve a estar tomado de Rodríguez sin apenas retoques («Sobre el coraçón difun­to     Belerma estava llorando»). La amalgama de motivos del Romancero viejo y del nuevo que Tortajada realiza es notabilísima. El romance clave del ciclo comienza, como en Lucas Rodríguez:

Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexava
caminava Montesinos    por una áspera montaña

y, sin grandes novedades, sigue hasta el descubrimiento del caballero agonizante:

Confuso en esta sospecha    azia una haya caminava
……………………………        …………………………............
No le conoce el francés,    por mucho que lo mirava,
porque le turban la vista   las cintas de la celada.
Apeóse de la yegua    y desarmóle la cara,
conoció al primo que quiso    en la vida más que al alma...;

pero Durandarte exclama45:

— ¡O mi primo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla,
pues murió en ella Roldan    el marido de doñ’Alda,
cautivaron a Guarinos,    capitán de nuestra esquadra;
heridas tengo de muerte,    que el coraçón me traspassan!
Lo que os encomiendo, primo,   lo postrero que os rogava,
que cuando yo sea muerto    y mi cuerpo esté sin alma,
me saquéis el coraçón    con esta pequeña daga
y lo llevéis a Belerma,    la mi linda enamorada,
y le diréis, de mi parte,    que muero en esta batalla,
que quien muerto se le embía,    vivo no se lo negara.

      La filiación del romance «conqueiro» respecto a la amalgama de motivos y versos nuevos y viejos ideada por Tortajada es patente.

      El romance tradicional moderno no sólo mantiene la combinación del punto de vista de «Por el rastro de la sangre», con Montesinos de protagonista, y el dis­curso de «O Belerma» y alterna motivos nacidos en uno y otro romance, como las cintas de la celada y la sentencia explicativa del envío del corazón, sino alusiones a otros temas del Romancero del ciclo de Roncesvalles: Doña Alda recibe la noticia de la muerte de Roldan46; Cautiverio de Guarinos, el almirante de la mar41.

      La dependencia del romance tradicional respecto al ciclo literario de Tortajada se confirma, finalmente, en el brusco cambio de punto de vista que se da en medio de la narración «conqueira»: tras la escena inicial de la manda testamentaria, en que, siguiendo los pasos de Montesinos, vemos al caballero francés encontrar a Durandarte tendido en el campo, la nueva escena referente al cumplimiento por Montesinos de la petición de Durandarte de que entregue su corazón a su amada se nos presenta desde la perspectiva de Belerma:

Guillerma estaba en Paraiso    de doncellas enrodeada.
— ¡ Ay triste de mí, cautiva,    ay triste de mí, cautada,
ay triste de mí, aburrida,    algún mal se me acercaba:
ahí viene Montesinos    embozado en una capa!—
Lo primero que pregunta:    — Tu primo ¿cómo quedaba?
— Mi primo quedaba bueno,    mi primo bueno quedaba,
mi primo quedaba muerto    en par de una verde faya,

siguiendo al romance cuarto de Tortajada:

En Francia estava Belerma    alegre y regozijada,
hablando con sus donzellas    como otras vezes usava.
………………………………      ……………………………
Y, diziendo estas razones, cayó en tierra desmayada;
mas, bolviendo en sí Belerma, desta manera hablava:
—¿Qué es esto, amigas mías? algún mal se me acercava.—
………………………………       ………………………………
Bolvió sus ojos Belerma,    que mil perlas destilava,
vio venir a Montesinos    de la infelice batalla,
con el rostro mustio y triste,    la color desemejada.
………………………………       ……………………….
— Nuevas te traigo, señora,    que son de grande desgracia.
— Primero que me las digas    (la dama le replicava)
¿qué es de tu querido primo?,    ¿dónde está?, ¿cómo quedava?
— Muerto queda, mi señora,    debaxo una verde haya...

En fin, pequeños detalles del romance tradicional «conqueiro» parecen indicar que se tuvieron también presentes los romances tercero (en que Montesinos saca el corazón a Durandarte)48 y quinto (en que Belerma pierde el conocimiento, al reci­bir el corazón)49 del ciclo de Tortajada.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

 OTAS

 

31 Para la identificación y localización de estas versiones, véase atrás n. 4.

32 Se trata, respectivamente, de los romances: a) Mal ferido Durandarte se sale de la batalla (cuya glosa comienza: «El más desastrado día / que jamás se vio en la tierra»), conocido a través de dos ma­nuscritos: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos) [signaturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [H-1580], f. 157v, que continúa en f. 106r (cartapacio del siglo XVl), y Bibl. de Pala­cio Real 2-F-3 Poesías varias [signatura moderna II-531], f. 41a (ms. de hacia 1590); [con el incipit de­formado (si no hay error en la lectura) «Malferido sale el hombre     de la primera vatalla» se halla el ro­mance, sin glosa y más extenso, en otro manuscrito de la Bibl. de Palacio Real II-961, cuarta sección, ed. por C. Ángel Zorita, Ralp A. DiFranco y José J. Labrador Herraiz, Poesías del maestro León y defr. Melchor de la Serna y otros (s. XVl). Códice número 961 de la Biblioteca Real de Madrid, Cleveland: Cle­veland State University, 1991, pp. 189-190]; b) A la umbra de una haya     Durandarte está apeado, in­cluido en el primero de esos manuscritos: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos) [sig­naturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [H-1580], f. 162v; c) Echado está Montesinos al pie de una verde haya, incluido en el mismo manuscrito: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 to­mos) [signaturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [II-1580], f. 170a; y d) De una fragosa montaña en la parte más espesa, Bibl. de Palacio Real 2-H-4 Romances manuscritos [signatura moderna: II-996], f. 67v (ms. de 1590 a 1600) [y, también, en Bibl. Nacional, Madrid, 3915, f. 74, y Bibl. Nazionale, Firenze, Magl. VII, f.138v]. El romance c) es, con variantes, el 3º del ciclo de Lucas Rodríguez.  

33  El discurso del caballero agonizante decía tradicionalmente: «1O mi hermano (señor primo) Montesinos,    lo postrero que os rogaua, / 2que quando yo fuere muerto   y mi ánima arrancada, / 3Vos llevéys mi coraçón    adonde Belerma estava / 4y servilda de mi parte   como de vos yo (se) esperava / 5y traeréys le a la memoria   dos vezes cada semana / 6y diréys le (dezilde) que se (se le) acuerde   quán caro (cara) que me costava (costara)». Cito por el texto autónomo y el texto glosado de Alberto Gómez (esto es, por nuestra versión a) de la n. 2. Las otras versiones ofrecen variantes no coincidentes con la reela­boración citada en texto.

34  La edición de Alcalá: Hernán Ramírez, Impresor y mercader de libros, Año 1581, de 281 ff, descrita en Catalogue of the famous Library of printed books... collected by Henry Huth, and sold by Messrs. Sotheby’s (between 1911 and 1920), London, 1911-1920, p. 1261, se ha perdido de vista desde que estu­vo en posesión de James P. R. Lyell, Early Book Ilustration in Spain, London: Grafton and Co., 1926, facs. en p. 280 y noticia en p. 281, según A. Rodríguez Moñino en su edición de Lucas Rodríguez, Ro­mancero historiado (Alcalá, 1582), Madrid: Castalia, 1967, p. 10.

35  «Por llevar las restantes ediciones (Alcalá, 1582 y 1585) un privilegio otorgado en El Pardo a 27 de enero de 1579 suponen algunos bi[bli]ógrafos que hubo una tirada de ese año, para nosotros muy du­dosa», dice A. Rodríguez Moñino en su edición de Lucas Rodríguez, Romancero historiado, p. 23. No obstante, es de notar que en la licencia concedida por el mismo rey Felipe II, en Madrid a 5 de marzo de 1580, figura la referencia a que el libro «otras vezes con licencia nuestra auía sido impresso» (según hizo notar Juan Catalina García en su Ensayo de una tipografía complutense, Madrid, 1889, núm. 547).

36  Comienzan: «Por la parte donde vido   más sangrienta la batalla», «Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexaua», «Echado está Montesinos     al pie de una verde haya», «Sobre el coraçón difunto     Belerma estaua llorando». Ocupan los ff. 107-111 de la edición de Alcalá, 1582 (primera conservada). Pueden leerse en las pp. 140-142 de la citada impresión moderna de A. Rodríguez Moñino. [El Cancio­nero de jesuítas (ms. Bibl. de A. Rodríguez Moñino), del ultimo cuarto del siglo XVI, reprodujo de Lucas Rodríguez el primero (f. 47 Iv) y el último (f. 475v) y substituyó el segundo por una refundición que co­mienza «Junto al cuerpo desangrado   Montesinos triste estaua» (f. 475v); cfr. A. Rodríguez Moñino, «Tres cancioneros manuscritos (Poesía religiosa de los siglos de oro)», Abaco 2 (1969), 127-272 y 3 (1970), 82-227].

37   La glosa comienza: «El cielo a vozes rompiendo / e sospiros abrasando», figura en el f. 147v de la citada edición (pp. 163-164 de la reedición moderna). Variantes: y a la hora que camina] y a la hora que partía; la seña] las señas (recuérdese que el romance glosado sólo tiene 4 versos).

38   Comienza: «Con sed, cansa[n]cjo y anvriento / roja sangre derramando» y glosa simultáneamente el cantarcillo «Carrillo, ya no ay contento / ya el plazer se me acavó / y en su lugar me dejó / sospiros, ançia y tormento». Cartapacio del siglo XVI, Bibl. de Palacio 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos), tomo 4, f. 106v (sign. mod. II-1580).

39   «Mogiganga de don Gavieros» de don Vicente Suárez de Deza, Donayres de Tersicore, Madrid, 1663, f. 127r y v. Los versos citados son «Caminaua Montesinos    por vna escura montaña» y «Las campanas de París   tocan al reír del alua».

40   «Por el rastro de la sangre   que Adam de herencia dexava», «Por el rastro de la sangre   que lesu Christo dexava» y «Por el rastro de la sangre    que de Inés virgen corría» figuran en el Vergel de flores divinas, Alcalá de Henares, 1582, del licenciado Juan López de Úbeda: los dos primeros los había incluido ya López de Úbeda en su Cancionero general de la doctrina cristiana. Véase la edición de la So­ciedad de Bibliófilos Españoles, Cancionero general de la doctrina cristiana hecho por ]uan López de úbeda (1579, 1585, 1586), Madrid, 1962, y la introducción bibliográfica de A. Rodríguez Moñino que lo encabeza. [«Por el rastro de la sangre    que Ihesu Christo dexava» fue reproducido en el Cancionero de jesuítas (f. 481), ed. en Abaco 3 (1970), 170-171.] La cuarta adaptación a lo divino es el romance «Por el rastro de la sangre    que el amante lesus dexa», por el M. Joseph de Valdivielso, Meditaciones de la pasión (Bibl. Nacional, Varios). En el Cisne de Apolo, por Luys Alfonso de Carvallo, Medina del Campo, 1602 (aprobación de diciembre, 1600), f. 189, se comenta: «Esso es lo que llaman contrahazer o boluer, como aquel romance viejo que dize Por el rastro de la sangre   que Durandarte dexaua lo van contrahaziendo a lo diuino todo, immitando la materia, verso, y assonancia diziendo Por el rastro de la sangre   que lesu Christo dexaua, etc.». Es de notar que las versiones a lo divino de Por el rastro de la sangre que hoy se cantan en España no derivan de estas contrafacturas de Úbeda y Valdivielso.  

41  En 1972 observé ya de pasada (en la n. 9 ter de «El Archivo Menéndez Pidal y la exploración del Romancero castellano, catalán y gallego», El romancero en la tradición oral moderna, ed. D. Catalán et al, Madrid: Universidad Complutense, 1972, pp. 87-94) que «a su vez Las campanas de París resume los cuatro romances sobre Montesinos y Durandarte de Lucas Rodríguez, retocados con ciertos versos de Timoneda», como comentario a la siguiente frase incluida en texto: «[...] sabía romances con antece­dentes escritos más próximos [...] pero en versiones tan singulares que nos gustaría saber a través de qué vericuetos llegaron a su memoria analfabeta» (p. 89).

42  Véase la edición y estudio de A. Rodríguez Moñino: Damián López de Tortajada, Floresta de varios romances (Valencia, 1562), Madrid: Castalia, 1970. En la p. 14 de esta edición Rodríguez Moñino comenta: «Es posible, es casi seguro, que no sea ésta [se refiere a la de 1646] la primera tirada, pero sólo la fortuna de un hallazgo tan imprevisto como el apuntado puede darnos la clave». Posiblemente, «la primitiva Floresta de Tortajada debió de estar compuesta solamente por los romances a que alude el título, es decir, los veinte relativos a historias de los Doce Pares de Francia» (p. 34). Creo que mejor que los veinte haya que decir los veintiuno, ya que «Por la matança va el viejo» debió de ser también parte del núcleo primitivo.

43  El romance de Lucas Rodríguez estaba ya escrito teniendo presente «Por el rastro de la sangre» y tenía por objeto desarrollar los versos «sólo en la mano derecha   lleva un pedaco de lanca / de hazia la parte del cuento,    que el hierro allá se dexava / en el cuerpo de Albencayde    un moro de mucha fama» de ese romance. Carece de fábula y narrativamente sólo tiene una función introductoria.

44  El que comenzaba «Echado está Montesinos    al pie de una verde haya».

45 La transición es brusca, donde la versión original de «Por el rastro de la sangre» contaba: «... el herido habla al sano     y el sano al herido abraça, / por no hablalle llorando     detiene un poco la habla, / quanto más detiene el llanto     la congoxa le apretava, / con las ansias de la muerte      Durandarte le rogava / que le encomiende a Belerma,     aquella que él tanto amava, / y le lleve el coraçón     sacado de sus entrañas, / que era la joya que en vida      le diera la más preciada», Tortajada interrumpe la narración para introducir inesperadamente la voz del agonizante: «... el herido habla al sano      y el sano al herido abraça / y, por no hablarle llorando,      detiene un poco la habla. / Viéndole junto de sí,      desta manera le habla: / O mi primo Montesinos,     mal nos fue en esta batalla...». [Algo semejante, pero con diversos materia­les, hace la versión sin glosa de Malferido Durandarte, descrita en la n. 332.]

46  En el verso «Pues murió en ella Roldan,    el marido de doñ’Alda». [Un verso análogo aparece en la única versión no glosada de Malferido Durandarte (cfr. n. 32): «y mataron a Roldan    el esposo de doña Alda».]

47  En el verso «Cautivaron a Guarinos,    capitán de nuestra escuadra».

48   El verso conqueiro «lo llevas al Paraíso   a donde Belerma estaba» combina el recuerdo de «y lo llevéis a Belerma   la mi linda enamorada» (de «Por el rastro de la sangre») con el de «ahora seréis lle­vado    adonde Belerma estava» (de «Muerto yaze Durandarte»), más el nombre de París. [Y el verso conqueiro «lo envolvió en un pañuelo    y se lo llevó pa casa» es reminiscente de «embolvióle en un cendal   y consigo lo llevara» (de «Muerto yaze Durandarte»).]

49  Por más que se trate de una expresión tópica, el «Al oír esta palabra,    Guillerma cae desmayada» de Corralín recuerda el desenlace de «Sobre el corazón difunto»: «Assí ha quedado Belerma   ven­cida de un gran desmayo».

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

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La Garduña Ilustrada

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

 

2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA. I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

      uién habría podido imaginar que, transcurridos trescientos setenta y cinco años desde la parodia cervantina, pudiera seguir estando hoy vivo en un poema el tema del envío del corazón enamorado a Belerma? Y, sin embargo, he aquí que lo está.

      El 29 de junio de 1980 siete equipos de encuestadores, dirigidos por otros tantos «monitores» del «Seminario Menéndez Pidal» (un centro de investigación de la Universidad Complutense de Madrid), emprendieron, como prácticas de campo de un cursillo sobre el Romancero, la exploración de la tradición romancística leonesa, utilizando como base de encuesta el lugar de Villablino, en Laciana. Los logros de anteriores encuestas, realizadas en 1977 y 1979 en las comarcas de Ancares, La Fornela y el alto Sil, aseguraban el éxito de la expe­riencia didáctica 10. Pero el hallazgo más llamativo se produjo, esta vez, no en León, sino al otro lado de la Cordillera, en Asturias, a donde yo me adelanté el primer día de las encuestas, con tres alumnos, a tantear el estado de la tra­dición.

      El objetivo de mi jornada era recorrer la pequeña parroquia de los «conqueiros» o «tixileiros», constituida por cuatro aldeas, Sisterna, El Bao, Tablado y Corralín, repartidas entre dos concejos de la montaña asturiana, el de Ibias y el de Degaña. Los habitantes de esa parroquia deben su nombre a que, en tiempos pasa­dos, se especializaron en la elaboración artesanal de cuencos, «tixelas» y otros utensilios de madera, que los varones salían a vender fuera de la montaña, dejando en soledad durante largos meses a las mujeres, quienes lo mismo arreglaban los asuntos judiciales, que araban los campos, dimían las castañas o cuidaban los gana­dos sin ayuda de hombres. Los viajantes «conqueiros», como otros artesanos am­bulantes, desarrollaron una jerga secreta 11 con que entenderse entre sí cuando, echándose las «calichaldas» (alforjas) al hombro y con su «carrela» (carga que puede transportar una caballería), salían a ganarse sus «vechus, tanudas y tousus» (rea­les, pesetas y duros), «caneando» (vendiendo) por tierras de «panochus, peirones, convises, cazurros y underetrancas» (asturianos, bercianos, gallegos, castellanos y aragoneses), jerga ésta que aún se precian de saber los «canusqueirus» que se dedi­can al comercio ambulante de tejidos, aunque hoy vayan motorizados en «galápagu» (automóvil).

      Por otra parte, el aislamiento en que quedaban las mujeres «conqueiras», respecto a sus circunvecinos, se manifiesta en la enorme personalidad del dialecto de la parroquia, en el cual se superponen rasgos fonéticos tan gallegos como la caída de n entre ciertas vocales a un sistema de palatales asturiano-leonés muy singular. Pronunciaciones como «ü home ya o mudyer» "un hombre y una mujer", «o escudieta tsia de teiti» "una escudilla llena de leche", «o gatia tsueca» "una gallina clueca" resultan tan exóticas a sus vecinos de habla gallega del resto del concejo de Ibias como a sus vecinos de habla astur-leonesa de Cangas, Degaña, Laciana y La Fornela12.

      Llegados en nuestra expedición a El Bao, subimos hacia el cementerio para, desde lo alto, contemplar, al otro lado del profundo valle del río Ibias, el corte hecho en la montaña por los mineros astures o galaicos al servicio de sus amos roma­nos —«a esos romanos no los alcancé yo (nos explicaría el socarrón tabernero de Sisterna), pero a los moros sí, que me quemaron la casa en el ’36»—; y también para rendirle homenaje, aunque fuera a distancia, a una de las cuatro aldeas que tanto habían ocupado mi pasión de dialectólogo en los años cincuenta13: Corralín, abandonada recientemente por sus últimos vecinos y hoy cubierta ya de malezas, no lejos de la mina14.

      Fue ese mismo tabernero socarrón de Sisterna, uno de los antiguos vecinos de Corralín, quien nos recomendó entrevistar en El Bao a Domingo García, otro sobreviviente de la aldea muerta, que tenía fama de cantar romances. Desgraciadamente, Domingo estaba ausente, vendiendo género con su camioneta por los pue­blos gallegos del Ibias; pero, frente a la puerta de la casa, su padre Anselmo, de 93 años, sentado en un poyo, leía, sin gafas, una novela del Oeste. Muy sordo, nada entendía de nuestros propósitos, hasta que su hija, Benigna, se prestó a actuar de intérprete. Acababan de llegar al pueblo desde Oviedo para pasar el verano en la aldea. Anselmo, aunque su sordera y una respiración trabajosa hacían, de entrada, su dicción prácticamente indescifrable para nosotros, resultó ser, gracias a la amo­rosa colaboración de su hija, un informante excepcional. Nada más comenzar la entrevista, nos dijo la primera versión recogida en Asturias de El Cid y el moro que reta a Valencia:

Cómo se pasea el moro,    el moro por la calzada,
de cara mira a Sevilla,    de cara mira a Granada,
de cara mira a Valencia    que le dice mas cercana:
—Oh Valencia mi Valencia,    oh Valencia valenciana,
que yo mañana a estas’horas    te ha de tener yo ganada;
y su hija que tiene    ha de ser mi namorada
y su madre Filumena   nos ha de hacer la cama
y a su padre don Diego    lo he de arrastrar por la barba ... etc.15,

para, enseguida, al preguntarle por el romance de Belardo y Valdovinos, arrancarse con un relato, en versos de indudable abolengo tradicional, enteramente desconocido. Mi nerviosismo era grande, pues, si en audición directa difícilmente captaba algunas palabras del texto musitado por Anselmo, ¿cómo íbamos a poder después descifrar la cinta? Recurrimos al expediente de reoírlo allí mismo para que Benig­na nos aclarase amablemente lo que su padre iba diciendo, acto que, una vez ave­zados a escuchar al viejo en la cinta, resultó ser superfluo, pues hoy podemos en­tender perfectamente todas sus versiones. El romance desconocido decía así:

Caminaba Montesinos    por una verde montaña,
con el fusilín al hombro    como aquel que va de caza,
y encontrara un hombre muerto    en par de una verde faya.
No conoce el caballero    por mucho que lo repara,
que le conturban la vista   las cintas de la elada.
Le levantó el sombrero    y le descubrió la cara.
— ¡Oh mi amigo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla,
que mataron a Guarín,    capitán de nuestra escuadra!
Me sacas el corazón    por la más pequeña llaga,
lo llevas al Paraíso,    a donde Guillerma estaba.—
Guillerma estaba en Paraíso    de doncellas enrodeada.
—¡ Ay triste de mí, cautiva,    ay triste de mí, cautada,
ay triste de mí, aburrida,    algún mal se me acercaba;
ahí viene Montesinos    embozado en una capa!—
Lo primero que pregunta:    —Tu primo ¿cómo quedaba?—
— Mi primo quedaba bueno,    mi primo bueno quedaba,
mi primo quedaba muerto,    en par de una verde faya.
Aquí traigo el corazón,    yo mismo yele sacara,
y al mismo tiempo te traigo    esta siguiente palabra:
Que el que muerto te lo umbia,    vivo no te lo negara.—
Al oír esta palabra,    Guillerma cae desmayada.
Ni con vino ni con agua   no fueron a recordarla.

      El hallazgo de este magnífico romance viene a ilustrarnos una vez más el «esta­do latente» en que, a pesar de siglo y medio de fructuosas exploraciones por parte de los «letrados», vive el Romancero oral. En estos últimos años se han recogido, de la forma más inesperada, varios romances cuya existencia en la tradición oral no había sido constatada (o era casi desconocida) hasta el presente: el primer Marquillos en lengua castellana desde el siglo XVI16, la primera versión de El Cid pide pa­rias al moro recogida de la tradición oral moderna (contaminada con El renegado y la Virgen)17, las primeras versiones portuguesas del romance cíclico de Las moceda­des de Rodrigo18, la segunda versión peninsular de Lanzarote y el ciervo del pie blanco y la primera versión castellana de Alfonso V ante Nápóles19. Y, junto a estos casos de novedad extrema, muchos otros en que las versiones recientemente reco­gidas enriquecen, de forma sustancial, los conocimientos sobre romances de escasa o media difusión. Tanto las piezas únicas como las de intrínseco valor nos exigen emprender, antes de que sea demasiado tarde, una campaña nacional para locali­zar, registrar y conservar las especies poéticas en peligro de extinción que han llegado hasta el presente a través de cadenas pluriseculares de cantores repartidas por todo el ámbito de las lenguas hispánicas20.

      La maravillosa conservación del romance de Durandarte envía su corazón a Belerma en la memoria de Anselmo García representa, a la vez, una muestra muy lla­mativa de la situación crítica en que el Romancero parece hallarse y de hecho se halla. El poema, cuya existencia hemos venido a constatar por primera vez en 1980, vive «milagrosamente». Los pormenores, ya destacados, de cómo fue hallado constituyen un cúmulo de pruebas de la extrema marginalidad de la poesía oral romancística: una comarca secularmente apartada, una aldea muerta; un portador de la tradición de 93 años, sordo y casi incapaz de comunicación oral, quizá imposibi­litado de oír las novedades de la cultura ciudadana, pero ya integrado en ella a tra­vés de la lectura de la literatura, y desterrado de su aldea a la ciudad por seguir a su hija, de cuyos cuidados depende21. ¿Cabe idear un caso más extremo de último eslabón de una cadena de portadores de un acervo tradicional?

      Y, sin embargo, la impresión de que estamos asistiendo al irremediable fin de una tradición cultural debe matizarse.

      Por lo pronto, la cadena tradicional de la cual Anselmo es eslabón no se cierra en él. Su hijo, Domingo, joven aún, es también un buen cantor de romances, y no ha desechado de su repertorio el de Belerma. Se lo oímos, más tarde, cantar en la taberna de El Bao el 30 de junio ante un atento auditorio de hombres y muchachos «conqueiros». Su versión (que volvió a cantarnos el 1° de julio) difería en algunos detalles de la de su padre:

Caminaba Montesinos    por una verde montaña
con el fusil al hombro    como aquel que va de caza
y encontrara un hombre muerto    al par de una verde faya.
— No conozco el caballero    por mucho que lo amiraba
que le contorba la vista   las cintas de la elada.—
Y se apeó del caballo    y le descubrió la cara.
— ¡Oh, mi amigo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla,
que mataron a Guarín,    capitán de nuestra escuadra!
Me sacas el corazón    por la más chiquita llaga,
lo llevas al Paraíso    a donde Guillerma estaba
y de mi parte le dices    estas siguientes palabras:
«El que muerto se lo umbia,    vivo no se lo negara».—
— Ahí viene Montesinos    embozado en una capa.—
Lo primero que preguntan:    — Tu primo ¿cómo quedara?—
— Mi primo quedara bueno,    mi primo bueno quedara,
mi primo quedara muerto    al par de una verde faya.—
Entre unas cosas y otras    Guillerma cayó esmayada;
ni con vino ni con agua   no fueron a recordarla.

      Por su parte, Benigna, la hija de Anselmo, aunque preocupada por ceder a su padre el protagonismo de la encuesta, sabía también muchos romances y, según nos informó, sus hijos, que se habían quedado con el padre en Oviedo, gustaban oír —¿y aprender?— los romances que ella y el abuelo sabían...22. Corralín, cu­biertas sus casas en ruinas por la maleza, aún se empeña por dejar oír su particular voz en el concierto polifónico de la tradición oral de los pueblos del mundo pan-hispánico.

      La pequeña diáspora de los antiguos vecinos de esa aldea muerta, con que aquí hemos querido ejemplificar la suerte de muchos cientos de aldeas y pueblos penin­sulares, revive, en el corazón de España, la experiencia, más trágica y por ello mejor sabida, de la doble diáspora de los judíos españoles, que a finales del siglo XV se llevaron en su memoria el Romancero a tierras del Imperio turco y en el siglo XX volvieron a transportarlo desde Salónica, Rodas o Tánger a otras patrias de adop­ción. Los cantores expatriados de Corralín, como esos judíos, perdido el solar en que nacieron, se esfuerzan por conservar su identidad como «nación», como grupo humano diferenciado de los demás, aferrándose al recuerdo de su cultura tradi­cional.

      Esta actitud, que pudiéramos calificar de «conservacionista» (más que de «conservadora»), de «ecologista» si se quiere, no supone una hieratización de la herencia tradicional, con su consecuencia inmediata de fijación ritual de los textos23. Basta ver cómo, en el romance de Belerma, Domingo coloca en boca del caballero moribundo «el que vivo (muerto) se (te) lo umbia, muerto (vivo) no se (te) lo negara», mientras que su padre lo reservaba para cuando Montesinos le presenta el corazón a «Guillerma». La misma apertura, en grado aún más llamativo, se daba dentro de la familia en la Muerte del príncipe don Juan: mientras que Benigna conservaba una versión estrictamente astur-galaica del tema24, análoga a la recogida en El Bao por Aurelio del Llano en 192125, su hermano la había contaminado con motivos muy llamativos típicos de la forma que el romance tiene en la llanura leonesa y castellano-vieja26, y el padre de ambos se mantenía, curiosamente, a mi­tad del camino, aceptando sólo a medias las novedades de la versión «mixta» del hijo27.

      Por otra parte, en días sucesivos, pudimos comprobar que el romance de Belerma, nunca recogido por las varias generaciones de colectores de romances que visi­taron el occidente de Asturias y el N.O. de León desde 1860 (en que Amador de los Ríos reunió las primeras muestras de romances en el extremo occidental de Asturias28), no era una exclusiva de la familia del señor Anselmo, ni de los antiguos vecinos de Corralín, era también conocida por varios cantores de Tablado, donde obtuvimos versión y media29, a pesar de que el hermano de la mejor cantora de ese romance (según informes de los que de ella lo habían aprendido y escuchado), Alicia del Rumbón, nos dio en dos ocasiones con la puerta en las narices cuando intentábamos recoger el saber romancístico de su hermana30. Curiosamente, en la versión de Tablado los versos:

Le sacara el corazón    por la más chiquita llaga,
se lo llevara al castillo    donde la Guelerma estaba

constituyen una secuencia independiente y no tan sólo una parte de las instrucciones del moribundo, como en las otras versiones, evidenciando, así, que la tradición de las aldeas «conqueiras», dentro de la relativa uniformidad con que mantienen la historia del envío del corazón a Belerma, ha seguido estando abierta a la variabili­dad creativa que caracteriza a la transmisión oral.

      [Últimamente, la tradicionalidad del romance en este rincón occidental de Asturias (las aldeas conqueiras) ha sido ampliamente confirmada por las encuestas rea­lizadas en 1991 por Jesús Suárez López, quien en su tesis doctoral «Una nueva co­lección de romances asturianos de tradición oral (1897-1992)», 3 vols., Universidad de Oviedo, 1995, ha editado, aparte de una nueva realización cantada de la versión de Domingo «Santos» (esto es, García), cinco versiones, dos fragmentos y un incipit inéditos. Las versiones proceden de El Bao: Ramira Sal Rodríguez, 83 a.; Sisterna: Belarmina Sal González, 83 a., y Manuela Rodríguez Gavela, 81 a., y Tablado: her­manas Araceli y Matilde González González, c. 60 a. y c. 45 a. (entrevistadas en Cerredo). Los fragmentos (Basilisa González Menéndez, 90 a., y María Gayolas, 60 a.) y el incipit (Adela González, 78 a.) son también de Tablado (recogidos respectiva­mente en Sisterna, Tablado y Cerredo). Cada versión ofrece sus particularidades; pero, básicamente, todas ellas reflejan un texto, mejor o peor recordado, muy simi­lar al que ya conocíamos. Aparte de variantes, como «al pie de una verde faya», «no lo podía (~ pudo) conocer», «se (~ y se) bajara (~ bajó ~ baja) del caballo», «y le qui­tara las cintas las cintas de la elada», los nuevos textos tienen el interés de desco­nocer todos ellos el verso «con un fusilín al hombro como aquel que va de caza» y darnos a conocer, a través de más o menos versiones, algún verso nuevo de vieja prosapia. Así, el caballero que yace en el suelo declara antes de hacer su encargo:

Tengo trescientas heridas    que me traspasan el alma

(o «Tengo la muerte conmigo      que el corazón me traspasa», o «Tengo la muerte en el cuerpo,     nadie me la quitara») y, luego, al ordenar a su primo que le saque el corazón, le advierte que aguarde a verlo muerto:

Cuando mi cuerpo esté muerto    y mi corazón sí[á] en sin alma

(o «Te esperas aquí un momento,     cuando mi cuerpo finara»). En fin, Montesi­nos, tras cumplir la dolorosa «manda» y sacarle el corazón,

lo envolvió en un pañuelo    y se lo llevó pa casa.]*

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

OTAS

10  En 1977 el «Seminario Menéndez Pidal» puso en práctica un nuevo método de encuesta que pre­tendía combinar la exploración extensiva de la tradición oral, recorriendo en pocos días una multiplici­dad de pueblos y aldeas, con la intensiva, gracias al empleo de manuales de encuesta que hicieran posi­ble penetrar en las capas más profundas de la tradición de cada lugar. Los resultados fueron espléndidos (véanse D. Catalán, «El  romancero de tradición oral en el último cuarto del siglo XX», en El romancero hoy, 1: Nuevas fronteras, ed. A. Sánchez Romeralo et al., Madrid: Seminario Menéndez Pi­dal, 1979, pp. 217-256, en especial 242-256, y F. Salazar y A. Valenciano, «Arte nuevo de recolección de romances tradicionales», en Voces nuevas del romancero castellano-leonés [AIER 1 y 2], ed. S. H. Petersen, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1982, pp. LXI-LXXXII y los textos que a continuación allí se publican). Desde entonces el «Seminario Menéndez Pidal» organizó anualmente (hasta 1985) una o va­rias encuestas colectivas en que participaban numerosos investigadores (distribuidos en equipos de composición variable formados por tres o cuatro personas). En 1980, 1981, 1982 y 1985 las encuestas fueron precedidas de un «Cursillo Intensivo Teórico-práctico sobre la Investigación del Romancero Oral» (esos cursillos fueron celebrados en Segovia, los tres primeros, y en León, el último). Estas en­cuestas han multiplicado varias veces el caudal de los romances recogidos con anterioridad en la tradi­ción oral de cada una de las regiones nuevamente exploradas.

11 Véase A. del Llano Roza de Ampudia, «La tixileira. Dialecto jergal asturiano», artículo publicado inicialmente en el Boletín del Centro de Estudios Asturianos (Oviedo), núm. 1 (1924), y reproducido en folleto aparte.

12  El habla de las cuatro aldeas atrajo ya la atención de R. Menéndez Pidal en su encuesta dialectológica por el Occidente de Asturias de 1910. Visitó aquellos lugares y tomó notas sobre sus peculiarida­des lingüísticas los días 28 y 29 de julio (las notas pidalinas se publicarán, algún día, en el libro Isoglosas del asturiano que el «Seminario Menéndez Pidal» tiene en preparación). Más tarde, reunieron nuevos datos L. Rodríguez Castellano en 1932 (cfr. Aspectos del bable occidental, Oviedo: IDEA, 1954), M. Menéndez García, «Cruce de dialectos en el habla de Sisterna (Asturias)», RTyTP, 6 (1950), 355-402, y J. A. Fernández, El habla de Sisterna, Anejo LXXIV de la RFE, Madrid: CSIC, 1960.

13  D. Catalán, «El asturiano occidental», Romance Philology, 10 (1956-1957), 71-92, y 11 (1957-1958), 120-158. Reed. en D. Catalán, Las lenguas circunvecinas del castellano, Madrid: Paraninfo, 1989, pp. 29-98.

14  En 1980 no llegué a acercarme a la aldea abandonada; pero el tabernero de Sisterna, natural de Corralín, me habló de cómo salieron de ella las últimas familias. No eran sino 14 vecinos. En 1982 vol­ví, acompañado de algunos de mis hijos, a Sisterna y, en esa ocasión, cruzamos el profundo valle y visi­tamos las ruinas de Corralín. Sólo quedaba en pie la ermita, con los santos abandonados y los restos de las últimas velas que, enhiestas en botellas vacías, dejaron ardiendo los emigrantes al partir. Las casas, quemadas por sus antiguos vecinos, estaban ya engullidas por la naturaleza vegetal.

15 Sigue así: «— Detenme ese moro,     mi hija, deténmelo en palabra. / — Yo de amores, yo, mi padre,     yo de amores no sei nada. / — Tú de amores, tú, mi hija,     tú de amores tas cercana. / — ¿Quién es ese caballero     que pasa y no me habla? / — Siete años hay, señorita,     que po’ usted no corto barba. / — Otros tantos, cabaflero,     que po’ usted no me peinaba. / — ¿De qué es ese ruido     que por los pala­cios anda? — Son los criados de mi padre     que manejan bien las armas. — ¿De qué es ese ruido    que por la cuadra andaba? / — Son caballos de mi padre     que rinchan por la cebada. / ¿Y qué trae el caballe­ro     pa regalar a la dama? / — Yo traigo un anillo de oro     en la punta de mi lanza, / el hombre que lo tuviera     nunca moriría en campaña, / la mujer que lo tuviera     nunca moriría encentada. / —Anda, moro, anda, moro,     non digas que te soy falsa, / que el traidor del rey mi padre     ya enseñara y acavara. / —Poco me importa a mí     que enseñara y acavara, / que no hay caballo ni yegua     que alcance a mi yegua baya / no siendo un potrenzuelo     que he perdido en la montaña. / — Ese potrenzuelo, moro,     mi padre le da ce­bada—. / Daba voces al barquero     que le prepare la barca. / El barquero, como es amigo,    muy pronto se la prepara. / Donde la yegua saca el pie,     el potro mete la pata. / —¡Malas las hayan los hijos     que a sus padres les maltratan! / — ¡Malas las hayan los padres     que por sus hijos no aguardan! / — Yo no entien­do la muerte,      aunque la veo cercana, / yo siento a [la] mi yegua     que me queda en tierra extraña. / — Si el potro come pan blanco,      la yegua come cebada—. / Y lo derriba en el suelo      de la primera estocada». Es muy hermana de la que, al otro lado de los montes, dijo en julio de 1916 el mendigo de Guímara San­tiago Cerecedo Ramón, de 73 años (recogida por E. Martínez Torner) y de la que habíamos oído en Trascastro J.A. Cid y yo en boca de David Ramón, de 69 años, en 1977.

16  J. A. Cid, «Recolección moderna y teoría de la transmisión oral: El traidor Marquillos, cuatro siglos de vida latente», en El romancero hoy: Nuevas fronteras, Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1979, pp. 281-359.

17  Grabada el 19 de noviembre de 1984 en una cinta titulada «Los magos de Chipude. Chácaras y tambores de La Gomera», producida por Martha Ellen Davis, actuando como coordinador Isidro Ortiz Mendoza (distribuida por Sonolevante S. L.). La versión se halla cantada, con acompañamiento de tam­bor, dos veces por Ruperto Chineda de Chipude, en la isla de La Gomera (Canarias), la primera con el «responder» tradicional «Verde montaña florida / el verte me da alegría», la segunda con un «respon­der» propagandístico.-Debo el conocimiento de la cinta a su productora, la antropóloga norteamerica­na Martha Davis. En febrero de 1985, acompañado de Flor Salazar (y de un grupo de antiguos alumnos de la Universidad de La Laguna que celebraban el 25 aniversario de su fin de carrera), entrevistamos de nuevo a Ruperto Chineda, mientras araba en un cerro con su burro y un arado romano, después de loca­lizarlo mediante el empleo del silbo gomero por parte de nuestro acompañante, el taxista Isidro Ortiz.

18  P. Ferré, com a colaboração de V. Anastácio, J. J. Dias Marques y A. M. Martins, Romances tradicionais, Funchal: Câmara Municipal, 1982, romances núms. 3-7.

19  La de Lanzarote, recogida por Francisco Romero y Ramón Pons en 1974 de una informante de Beas de Segura (Jaén), entrevistada en Segorbe (Castellón), cfr. El romancero hoy: Nuevas fronteras, pp. 229-232; la de «Miraba de Campoviejo» recogida por Luis Suárez Ávila en 1987 de un gitano de El Puerto de Santa María, Luis Suárez La O, a. «Pañete», y publicada en la «Addenda» a su espléndida ponencia «El romancero de los gitanos bajoandaluces. Del romancero a las tonas», en Dos siglos de fla­menco. Actas de la Conferencia Internacional. Jerez, 21-25 junio 88, Jerez: Fundación Andaluza de Flamenco, 1989, pp.29-129: 104.

20
Cifr. Diego Catalán «Introducción» a L. Díaz Viana, La tradición oral castellana (Recopilación y estudios,  Valladolid: Centro Castellano de Estudios Folklóricos, 1981, pp. 5-7.

21 Hoy tendría que decir «dependía», pues ya en el verano de 1982, cuando volví a El Bao, me ente­re, con dolor, de la muerte del señor Anselmo.

22  Cuando en el verano de 1982 volví a pasar por El Bao, en compañía de varios de mis hijos, Benig­na estaba acompañada por una de sus hijas, una hermosa y atractiva muchacha. No conseguí que en esa circunstancia la hija quisiera también cantar; pero, en el curso del diálogo, dio muestras de conocer el repertorio tradicional local, distinguiéndolo de los romances ciudadanos que «cualquiera» podía saber en Oviedo. [Algunos años después, en 1985, «L’andecha Folclor d’Uvieu» grabó a Domingo García (entonces de 66 a.) la versión cantada de nuestro romance y esa grabación puede hoy oírse en la colec­ción, editada por J. M. Fraile, Romancero panhispánico. Antología sonora, Salamanca: Diputación de Sa­lamanca y Junta de Castilla y León, 1991, grab. B.b.7.]

23  Como tiende a ocurrir con el Romancero sefardí transportado a América. Cfr. A. W. Hamos, «La crisis de la tradición romancística sefardí en los Estados Unidos: Una documentación analítica», en De balada y lírica, 2. Tercer Coloquio Internacional del Romancero [ed. D. Catalán et al., Madrid: Funda­ción Ramón Menéndez Pidal y Universidad Complutense de Madrid, 1994, pp. 249-254].

24  Como ocurre en la generalidad de las versiones del tipo astur-galaico, comienza con un episodio previo de origen extraño al tema de la muerte del príncipe don Juan: «Allá arriba en aquel alto   una viuda habitaba / en compañía de una hija,   Teresina se llamaba / y el que la pretendiera   era Príncipe de España. / Pasan tiempos, vienen tiempos,   Teresina embarazada. / Don Diego, de que lo supo,   empezó a comendarla: / — ¡El fuego te queme, niña,    y al fuego seas quemada!— / Y el Príncipe, que lo supo,     cayó muy malito en cama»; y el diálogo entre el Príncipe desahuciado y su padre consta de las siguien­tes palabras: «—¡Qué poco duras, mi hijo,    qué poco duras, mi alma, / que poco duras, mi hijo,    sien­do el Príncipe de España! / — Bastante duro, mi padre,    hasta que Dios lo mandara. / Ahí queda Te­resina,   Teresina embarazada, / ella si trae un varón,   será el Príncipe de España / y ella si trae una hembra,    será monja en Santa Clara.—». Finalmente, la escena del diálogo entre el Príncipe y su amada se remata con la oferta: «—Aquí te traigo tres peras,     tres peras y una manzana; / si te atreves a co­merlas,     te las doy de buena gana. / — Yo comerlas, sí por cierto,     basta que me lo mandaras.— / Y terminando la pera     y empezando la manzana, / ’tando empezando la pera,     el alma se le arrancaba. / Don Pedro murió a la noche,     Teresina a la mañana. / Y aquí se acaba la historia     de dos amantes del alma / y aquí se acaba la historia     y aquí se acabó y se acaba».

25  Que comienza igualmente: «Por las calles de Madrid    una viuda habitaba, / esa tal tenía una hija    Teresina se llamaba, / y el que la pretendía    era Príncipe de España. / Su madre des(de) que lo supo,     empezó a encomendarla: / —¡Mal fuego te queme, niña,    y en el fuego seas quemada, / que por una mala noche    dejaste de ser casada!— / Bien lo había oído don Pedro    que en altos balcones estaba. / — Calle, la mi suegra, calle,    no se halle incomodada, / Teresina, Teresina    conmigo ha de ser casa­da.— / Estando en estas palabras,    don Pedro cayó en la cama...»; que incluye los mismos diálogos entre el Príncipe y su padre y entre el Príncipe y su amada y que remata el romance diciendo también: «y estan­do en estas palabras,    el alma se le arrancaba / Don Pedro murió a la noche,    Teresina a la mañana. / Aquí se acabó la historia,    aquí se acabó y se acaba, / aquí se acabó la historia    de los amantes del alma». Versión dicha por Luisa Rodríguez, de 24 años.

26  Aunque en su conjunto la versión de Domingo es muy similar a la de su hermana (y a la de Luisa Rodríguez, dicha 59 años antes), se aparta de ella en la incorporación al diálogo entre el Príncipe y su padre de un motivo nuevo: «—Padre, de lo que ’o le di,    padre, no le quite nada, / no siendo un anillo de oro    que ’o le di de enamorada. / — Se tú le diste un de oro,    yo le daré un de plata», y en la pre­sencia de un episodio adicional después de la muerte de los dos «amantes»: «y le abrieron el vientre   y un niño lindo le sacan. / Los echan los tres juntos    en un ataúd de plata». Ambas novedades proceden de otro tipo del romance (el «Castellano-leonés»), difundido por Tierra de Campos, desde donde está penetrando en la montaña leonesa.

27  Anselmo recordó, fuera de contexto, el verso: «y de lo que ’o le ha dado,    padre, no le quite nada», y remató el romance contando, como su hijo: «y dentro ’e su cuerpo lindo   un niño le sacan, / y meten a los dos juntos    en un atazud de plata».

28  Guiado por prejuicios románticos, José Amador de los Ríos retocó malamente las versiones de su colección, y esos textos retocados son los que utilizó en sus publicaciones sobre el Romancero y los que transmitió a Juan Menéndez Pidal, quien incluyó varias de las versiones de Amador en su colección de romances asturianos. Afortunadamente, los originales con las lecciones auténticas se conservan en el «Archivo Menéndez Pidal», gracias a que Rodrigo Amador de los Ríos los entregó a Ramón Menéndez Pidal en noviembre de 1906.

29  «Caminaba Montesinos    por una verde montaña; / alcontrara un hombre muerto    al pie de una verde faya, / No le pudió conocer,    por mucho que lo repara. /[...]    [...]/Le sacara el corazón    por la más chiquita llaga, / se lo llevara al castillo    donde la Guelerma estaba». Versión de Tablado, dicha por Elena Ramos, 48 años. Recogida por Diego Catalán, María Luz García Parra, Ana María Martins y Eduardo Siverino, el 30 de junio de 1980.

30 Un nuevo intento, en el verano de 1982, de entrevistar a la señora Alicia tropezó con la misma ac­titud negativa de la familia. La hostilidad se nutría, en parte, del resentimiento de su hermano respecto a cierto periodista que le había interrogado tiempo atrás sobre la jerga de los conqueiros y que había utilizado la entrevista para publicar un reportaje que desagradó profundamente al informante. En un principio, el hermano se empeñaba en identificarme con ese periodista. Pero la negativa se fundamenta­ba, además, en otras razones que nos hizo ver la propia hija de la señora Alicia: consideraba el saber tra­dicional de su madre como una herencia personal a la que las demás gentes no tenían por qué tener ac­ceso a través de la escritura y nos aseguró que ese saber jamás se perdería, pues de ella lo recibirían sus hijas, como ella lo recibía de su madre y su madre lo había recibido de la suya. Tuve que respetar su concepto de la tradición como un bien patrimonial y no me atreví a desvalorar su herencia familiar reci­tando ante los hermanos «Rumbón» el «romance del Cid» (que, según ellos recordaban, iba yo buscan­do en 1980), esto es El moro que reta a Valencia y al Cid, tal como lo conocía yo de acuerdo con la ver­sión recogida de boca de Anselmo García en El Bao (véase atrás, n. 15) y de otras análogas oídas en la comarca de La Fornela, en 1977, 1979 y 1980, que, sin duda, son muy hermanas, todas ellas, de la que sabía la señora Alicia.

* [Los textos recogidos por Suárez se hallan ya impresos en Silva asturiana VI: Nueva colección de romances (1987-1994), Oviedo-Madrid, 1997, pp. 115-118].

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

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2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

 

 1.   EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO. I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

      on Quijote, al acometer en solitario la aventura del descenso a la cueva de Montesinos 1, reproduce, a su manera, la hazaña suprema de los héroes: la transgresión, sin perder la vida, de las fronteras del tiempo y el espacio. Durante una hora escasa en la que Sancho y el «primo» que les sirvió de guía lo mantienen dentro de la sima, don Quijote, entre un sueño y otro, recorre el más allá, guiado por el mismí­simo Montesinos, por espacio de tres días con sus noches. Pero, en esta hora glo­riosa, la imaginación le juega una mala pasada: en lugar de volar libremente (apro­vechando que los sentidos de Sancho no podían esta vez registrar una versión antitética de los sucesos), le ofrece una aventura, digna sí de su fantasía, pero pre­ñada de contradicciones. En ella, el mundo heroico quijotesco aparece contrapun­teado con notas naturalistas de realismo y miseria humana, implantadas en el sub­consciente del hidalgo por la invención de una Aldonza anti-Dulcinea mediante la cual el villano había intentado socarronamente «quedarse con» su amo durante la comprometida visita al Toboso. El viaje al más allá comienza, es cierto, con don Quijote despertándose en un deleitoso prado frente a un castillo cristalino, del que sale Montesinos a darle la bienvenida y a constatar que tan grande hazaña sólo para el invencible corazón y ánimo estupendo de don Quijote de la Mancha estaba guar­dada; pero acaba con la visión de una Dulcinea transformada en grosera aldeana, que acude saltando y brincando como una cabra y trata de empeñar su faldellín a don Quijote por media docena de reales para hacer frente a la extremada pobreza en que se halla. La mixtura, en el sueño del hidalgo, de «datos» facilitados por el mundo de la literatura y de «datos» procedentes de la experiencia cotidiana resulta especialmente caótica en la escena del encuentro con su admirado maestro en el arte de amar, con Durandarte, arquetipo romancístico de caballeros enamorados.

    «Apenas me dixo que era Montesinos —cuenta don Quijote a sus expectantes auxiliares— quando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de acarriba se contava, que él avía sacado de la mitad del pecho con una pequeña daga el coraçón de su grande amigo Durandarte y llevádole a su señora Belerma como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo dezían verdad, sino en la daga; porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buydo más agudo que una lezna». «... Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dixo:

O mi primo Montesinos,    lo postrero que os rogava,
que quando yo fuere muerto    y mi ánima arrancada,
que llevéis mi coraçón    adonde Belerma estava,
sacándomele del pecho,    ya con puñal, ya con daga.

    Oyendo lo qual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el lastimado Cavallero y con lágrimas en los ojos le dixo: Ya, señor Durandarte, caríssimo primo mío, ya hize lo que me mandaste en el azyago día de nuestra pérdida, ya os saqué el coraçón, lo mejor que pude, sin que os dexasse una mínima parte en el pecho, yo le limpié con un pañizuelo de puntas, yo partí con él de carrera para Francia, aviéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían de averos andado en las entrañas, y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro coraçón porque no oliesse mal y fuesse, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia de la señora Be­lerma...».

      Más adelante, don Quijote encontrará a la propia Belerma, acompañada de sus doncellas, llevando «en las manos un lienço delgado y entre él [...] un coraçón de carne momia», y Montesinos le explicará cómo las doncellas «quatro días en la semana hazían aquella procesión y cantavan, o por mejor dezir lloravan, endechas sobre [...] el lastimado coraçón».

      Cervantes, al echar sal al sangriento despojo de Durandarte, amojamaba y convertía en «carne momia» no sólo el «coraçón del más valiente que en Francia ceñía espada», sino todo un tópico de la poesía trovadoresca y la prosa caballeresca y sentimental, el de que el enamorado (o enamorada), por el hecho de amar, enajena su corazón, que en adelante pertenece a su amada (o amado). Este tópi­co, muy recurrente en la literatura medieval paneuropea, es el que el Romancero del siglo XV había acertado a desarrollar en forma de relato, presentando una es­cena en que un caballero anónimo, malherido, exige a su primo Montesinos antes de morir que, como último acto de camaradería, lleve su corazón a su amada Be­lerma:

¡O Belerma, o Belerma,   por mi mal fuyste engendrada!
¡ Siete años te serví,    que de ti no alcancé nada,
y agora que me querías    muero yo en esta batalla!
No me pesa de mi muerte,    aunque temprano me llama,
mas sólo por que de verte   y de servirte dexava.
Señor primo Montesinos,    lo postrero que os rogava,
que quando yo fuere muerto    y mi ánima arrancada,
vos llevéys mi corazón    adonde Belerma estava,
y servílda de mi parte,    como de vos se esperava,
y traeréys le a la memoria    dos vezes cada semana
y diréysle que se acuerde    quán cara que me costara
................................         .................................

      El éxito de este romance fue extraordinario: antes de mediar el siglo XVI se le habían hecho nada menos que ocho glosas diferentes2 y una contrahechura para acusar a la casa real hispanoborgoñona de ingratitud hacia sus servidores («O Borgoña, o Borgoña,    por mi mal fuiste engendrada, / siete años te serví     que no pude alcançar nada...»)3, y había dado nacimiento a una continuación en que Montesinos, después de muerto el caballero enamorado (a quien se identifica en el nuevo romance como Durandarte, cosa que «O Belerma, o Belerma» no hacía), cumple el encargo de sacarle el corazón. Este segundo acto de la historia alcanzó también extraordinaria popularidad desde los primeros decenios del siglo XVI, se­gún muestra el hecho de que nos sean conocidas seis versiones diversas del roman­ce (la mayor parte de ellas también glosadas) de la primera mitad del siglo4. En el  curso de las reelaboraciones sufridas por este segundo romance «Muerto yaze (queda) Durandarte» (y no en las de «O Belerma, o Belerma»), nacieron algunos de los detalles que Cervantes explota cómicamente en su relato: el paño, utilizado por Montesinos para limpiar el obsequio, y la «pequeña daga», a partir de la cual construye Cervantes ese estupendo verso absurdo «sacándomele del pecho, ya con puñal, ya con daga» para burlarse, sin duda, de los eruditos correctores de romances que, en sus días, trataban de armonizar las versiones varias de un romance con la pretensión de acercarse, así, a la «verdadera historia» del mismo (pero que hoy nos parece dirigido a reírse de nosotros, modernos estudiosos de las variantes de la poesía oral). En efecto, junto al relato:

hecha le tiene la huesa    en una penosa cava,
quitándole estava el yelmo,    desciñéndole la espada,
desarmándole los pechos    el coraçón le sacava
para llevarlo a Belerma    como él selo rogara,

conservado por dos de las versiones5 (y simplificado en una tercera6), otra versión, publicada en un pliego suelto y difundida también por Timoneda en su Rosa de amores (1573)7, dice:

La fuessa le está haziendo    con una pequeña daga,
desenlázale el arnés,    el pecho le desarmava,
por el siniestro costado    el coraçón le sacava,
bolviéndolo en un cendal    de mirar lo no cesava
Coraçón del más valiente    que en Francia ceñía espada,
agora seréis llevado    a donde Belerma estava8.

      Como si la sal cervantina no fuera bastante para momificar y enterrar el tópico de la entrega o manda testamentaria del corazón, años antes (en 1582) Góngora, en un malicioso romance9 que comienza:

Diez años vivió Belerma    con el coraçón difunto
que le dexó en testamento    aquel francés boquirrubio,

había supuesto que la mismísima doña Alda venía al encuentro de la llorosa Belerma para darle algunos sanos consejos:

Bolved luego a Montesinos    esse coraçón que os truxo
y embiadle a preguntar    si por gavilán os tuvo.
…………………………      ………………………..
La iglesia de San Dionís    canónigos tiene muchos,
delgados, cariaguileños    carihartos y espaldudos,
escojamos, como en peras,    dos déligos capotuncios,
de aquestos que andan en mulas    y tienen algo de mulos.
De todos los doze pares    y sus nones abrenuncio,
que calçan bragas de malla    y de azero los pantuflos.
¿De qué nos sirven, amiga,    petos fuertes, yelmos lucios?,
armados hombres queremos,    armados, pero desnudos.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

OTAS

1 Quixote, 2ª parte, caps. XXII-XXIII. Cito por la ed. de M. de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Facsímil de la primera impresión. Tomo 2, según la edición príncipe de Juan de la Cuesta, Madrid, 1615 (Palma de Mallorca: Alfaguara/The Hispanic Society of America/Papeles de Son Armadans, 1968).

2  a) Glosa de Alberto Gómez [Tizón] (i.: Oyendo como salieron / los doze pares de Francia). Incluida en los pliegos sueltos: DicARM 222 [Londres, British Mus., C.63.g.l7(l)] «Romance de Obelerma agora / nueuamente glosado por Alberto gomez»; DicARM 223 [Madrid, Bibl. Nacional R-9457], «Romance de Obelerma agora nue-/uamente glosado por Alberto gomez». De este pliego tomó el ro­mance (despojándolo de su glosa) Martín Nució, Cancionero de Romances, Anvers, s. a. [c. 1547-1548], f. 254v (y, a través de él, otros romanceros);- b) Glosa de Francisco Marquina (i.: «En los tiempos que en la Francia / reynauan los doze pares»). Incluida en los pliegos sueltos: DicARM 340 [Madrid, Bibl. Nacional R-3664 = F. Colón, Abecedarium, núm. 12363] «Aquí comiençan vnas glosas nue= /uamen-te hechas e glosadas por Francisco marquina...»; DicARM 339 [Praga, Universitäts-Bibl., núm. LXXIX] «Aqui comiençan vnas glosas nue/uame«te hechas e glosadas por Francisco de marquina»;- c) Glosa de Bartolomé de Santiago (i.: «Con mi mal no soy pagado / según las faltas he hecho»). Incluida en el pliego suelto DicARM 534 [Madrid, Bibl. Nacional R-9463]: «Glosa al Romance de O belerma nue-/uamente glosado por Bartolomé de santiago...»;- d) Glosa (de Bernardim Ribeiro?) (i.: «Quando esta con la razón / ligado el entendimiento»). Incluida en el pliego suelto de 1536 DicARM 486bis [Lisboa, Bibl. Nacional] «Trouas de dous pastores, s. Sil.-/uestre e Amador. Feytas por Bernal-/din ribeyro. Nouamente empremidas / Com outros dous romances com suas / grosas...»;- e) Glosa anónima (i.: «El conde Partinuples / y el obispo de Çamora»). Incluida en el pliego suelto DicARM 891 [Madrid, Bibl. Nacional R-9462] «Glosas de los romances de O / belerma. Y las de passeauase el / rey moro. Y otras de riberas / de Duero arriba. Todas he/chas en disparates»; y, con notables variantes, en el Cancionero [manuscrito] de Juan Fernández de Ixar, f. 13 8v (Estudio y edición crítica de José María Azaceta, Ma­drid, 1956);-f) Glosa anónima (i.: «Quexoso boy del biuir / o quexa muy desigual»). Incluida en el pliego suelto DicARM 890 [Londres, British Mus. C.39.f.28 (2)] «Glosa nueuamente compuesta / sobre las doze coplas Moniales...»;- g) Glosa (de Juan Fernández Heredia?) (i.: «Si tan poco sentimiento / me diesse verme sin ti»). Incluida en un manuscrito de Poesías escritas en Valencia, siendo la ciudad corte de Germana de Foix y del Duque de Calabria, 1526-1538 [Madrid, Bibl. Nacional, ms. 2621, (olim: M-322), siglo XVI, fol. 38] y en Obras de Juan Fernández de Heredia, Valencia, 1562; es la versión que, sin glosa, se incluye en la Tercera parte de la Silua de varios Romances. Steuan G. de Nagera, Çaragoça, 1551, f. CXVI r y v;- h) Glosa anónima (i.: «O batalla de dolor / sangrienta de cada parte»). Incluida en un pliego suelto perdido DicARM 747 [citado por F. Colón, Abecedarium, núm. 14553] «Bellerma roman­ce con glosa con las coplas del vir»; [Id. (i.: «O batalla carnicera / tan cruel de cada [parte]»)]. Incluida en otro pliego suelto perdido [citado por F. Colón, Abecedarium B, núm. 12389 y Suplementum, fol. 30v b. Vide A. L-F. Askins, «The Pliegos Sueltos of the Biblioteca Colombina in the Sixteenth Century: Notes to an Inventory», RPh, XXXIX (1985-86), 305-322, n° 62].

3  Con numerosas variantes figura en los manuscritos: París, Bibl. Nationale Mss. Esp. 373, ff. 115v-116v (núm. 602 de A. Morel-Fatio, Catalogue des manuscrits espagnols et des manuscrits portugais, Paris, 1892); Madrid, Bibl. de Palacio II-2805 (olim: 2-D-10 Poesías varias), siglo XVI, f. 72; Madrid, Bibl. de Palacio II-570 (olim: 2-F-4 Poesías varias), cartapacio salmantino de c. 1580, f. 114b; Cancionero musical e poetico da biblioteca Públia Hortensia (aneja a la Bibl. Municipal), Elvas, ms. 11973, siglo XVI (?), núm. 14, ff. 15-16 (ed. Manuel Joaquim, Coimbra, 1940, pp. 163-164).

4  a) De gran antigüedad es la glosa atribuida a Juan Sánchez Burguillos (i.: «Por pago de sus dolores / al último fin llegado»). Se nos conserva en varios manuscritos (con variantes y deturpaciones va­rias): París, Bibl. Nationale Mss. Esp. 371, f 44v (Morel-Fatio, Catalogue, núm. 603) (= E); Madrid, Bibl. de Palacio Real 11-617 (olim: 2-F-5 Poesías varias), siglo XVI, f 250 (= B); 11-2503 (olim: 2-C-10 Poesías varias), siglo XVII (principios), f 108 (= D), 11-1580 (olim: 2-B-10 Poesías varias en cinco tomos, tomo 4, siglo XVl), f 68v (= C), 11-531 (olim: 2-F-3 Poesías varias), h. 1590, f 40d (= A). Con este texto glosado se hermanan las versiones (sin glosa) incluidas en la Tercera parte de la Silua de varios Romances, Steuan G. de Nágera, Çaragoça, 1551, f 117 y en el Cancioneiro de Evora, ms. de fines del siglo XVI (ant. c.x.iv/1-17 de la Bibl. Pública de Evora), núm. 72 (de la ed. de V. E. Hardung), [y en el cuarto de los cartapacios encuadernados juntamente en el ms. 11-961 de la Biblioteca de Palacio Real (ed. Zorita-Di Franco-Labrador, Poesías del maestro León..., Cleveland: Cleveland State Univ., 1991, pp. 202-203)];- b) Otra glosa, en que el romance aparece muy abreviado, es la del famoso médico (de fines del siglo XV y primera mitad del siglo XVl) Francisco López de Villalobos (i.: «Aunque nuevas de pesar / sea pesar descubrillas»), acogida en el Cancionero general de obras nueuas..., Esteuan G. de Ná­gera, Zaragoza, 1544 (publ. por A. Morel-Fatio, L’Espagne au XVl siécle, Heilbronn, 1878, p. 550);- c) Otra glosa anónima (i.: «Quando el gran Carlos quería / sin razón dar en España») se conserva en el pliego suelto DicARM 659 [Praga, Universitäts-Bibl. (núm. XVII)] y DicARM 660 [Madrid, Bibl. Na­cional R-9489] «Aquí comiençan dos roma«ces con / sus glosas. El primero de Dura«darte...». De esta glosa procede el texto del romance (sin glosa) incluido por Juan de Timoneda en su Rosa de amores, Valencia, 1573, f 31v;- d) Otra versión sobrevive en un manuscrito del siglo XVI [Madrid, Bibl. Nacio­nal, ms. 1317, f 443c];- e) Martín Nució lo incorporó, como parte final de «O Belerma, O Belerma», a su versión corregida del Cancionero de Romances, Anvers, 1550, f 269v-270v;-/) También se incorpo­ró (DicARM 29) a un «Chiste nueuo con / seys Romances / y siete Villancicos / viejos agora nueuamen-te conpue/stos por Francisco de Arguello...» (i.: «Quitarme podéys la vida»); el fragmento ocupa el quinto lugar, después de otros dos romances y dos villancicos (alternados) [Londres, British Museum];- g) Tardíamente se hizo una refundición, atribuida a Juan de Ribera (i.: «Muerto queda Duran­darte   al pie de una gran montaña»); impresa en el pliego «Nueue romances: el primero de Lucrecia... compuestos por Juan de Ribera, año 1605».

5 Según la glosa de Burguillos (en los manuscritos más conservadores) y sus derivados, el texto de la Tercera parte de la Silua y el del Cancionero de Evora.

6 La glosada por Francisco López de Villalobos.

7 Véase n. 4, c).

8  El ms. 1317 (citado en la n. 4, d) dice, por su parte, «Hecha le tiene la huesa    con la punta de la espada / ... / Ya le quitava el almete,    ya le desciñe su espada, / ya le desarmava el cuerpo    y el coraçón le sacava / para llevarlo a Belerma / commo él se lo mandara / ... / Coraçón del más valiente    que en Francia ciñera espada / agora iréis a poder    de aquella que tanto amava».

9 Figura en el ms. Chacón. Se incluye, sin variantes, en las Obras en verso del Homero español que re­cogió luan Lopez de Vicuña (Madrid: Luis Sánchez, 1627), f 107v. (ed. facsímil, CSIC, Madrid, 1963), edición cuya ortografía sigo. En cambio, el texto acogido (como anónimo) en las Flores del Parnaso. Oc­tava parte. Recopilado por Luys de Medina (Toledo: Pedro Rodríguez, 1596), f 57v («Las Fuentes del Romancero General», 10, ed. A. Rodríguez Moñino, Real Academia Española, Madrid, 1957) ofrece variantes: Diez años vivió con él, / aunque a mí me ha dicho alguno; Esta ciudad de París / estudiantes tiene muchos.

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

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1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO.

 


NOTA INTRODUCTORIA.
ARTE POÉTICA DEL ROMANCERO ORAL II.  MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO. 

      sta Parte Segunda de Arte poética del Romancero oral se basa en cuatro conferen­cias del curso «El romancero hoy» que impartí en la sede de la Fundación Juan March los días 12, 14, 19 y 21 de mayo como parte de los «Cursos universitarios 1981» organizados por esa Fundación (vide Boletín Informativo Fundación ]uan March, 106, julio-agosto, 1981, pp. 36-40). Los cuatro temas fueron también pre­sentados en el «aula de San Quirce» del Patronato de Cursos del Palacio de Quintanar en los «Cursos universitarios interfacultativos» de Segovia, verano de 1981, los días 23, 25 y 30 de junio y el 2 de julio. Y, además, «El mito se hace historia» en Vitoria: Universidad del País Vasco, marzo de 1982 y en Pisa: Universitá, febrero de 1984; «Poética de una poesía colectiva» en París: Instituto Español, 1983, en Las Palmas: Aula de Cultura, febrero de 1983 y en Verona: Universitá di Padova, febrero de 1984.

      Las cuatro exposiciones se publican ahora adicionadas con notas, y expandidas y actualizadas. Entre corchetes destaco los datos posteriores a 1981 que he considerado conveniente añadir en los diversos textos en la presente edición; dado que las notas no fueron escritas en 1981, prescindo en ellas de los corchetes. Sólo el primero de los cuatro capítulos ha sido previamente publicado: «Hallazgo de una poesía marginada», Estudios de Folklore y Literatura dedicados a Mercedes Díaz Roig, ed. B. Garza e Y. Jiménez de Báez, México: El Colegio de México, 1992, pp. 53-94. En este capítulo los corchetes se reservan para las adiciones introducidas en el texto o en las notas con posterioridad a la anterior edición del trabajo.

      Como «Apéndices» reedito, con correcciones y adiciones, otros dos artículos no recogidos en libro: «Don Alvaro de Luna y su paje Moralices (1453) en el ro­mancero sefardí», Hispanic Studies in Honor of J. H. Silverman, Newark: Juan de la Cuesta, 1988, pp. 109-185 y «Don Francisco de la Cueva y Silva y los orígenes del teatro nacional», NRFH, III (1949), pp. 130-140.

      Las versiones inéditas de la recolección de los siglos XIX y XX citadas proceden­tes del Archivo Romancístico Menéndez Pidal / Goyri y del Archivo Sonoro del Romancero depositados en el Centro de Estudios Históricos Menéndez Pidal, Menéndez Pidal, 5, Madrid, 28036, pueden consultarse en ese Centro.

      Se incluyen en este volumen los índices analíticos de las dos partes de la obra.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

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