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ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

13.- 12. CONCLUSIÓN

13.- 12. CONCLUSIÓN

12. CONCLUSIÓN.   I ORÍGENES DEL PLURALISMO NORMATIVO DEL ESPAÑOL DE HOY.

      La lingüística, si no se restringe al punto de vista sincrónico y pretende hacer frente a los problemas del lenguaje en evolución, debe tener como obje­tivo último la explicación del por qué de esa evolución, el estudio de las causas del cambio lingüístico. De acuerdo con esta idea, la fonología diacrónica, tras decidirse a abandonar el simple descriptivismo (en el que ciertas escuelas históricas y muchas escuelas sincrónicas han tratado de mantener confinada a la lingüística), se ha propuesto, de nuevo, como principal objeto de investigación, la explicación causal de los fenómenos lingüísticos.

     La búsqueda a todo trance de hipótesis causales formulables mediante elegantes esquemas tiene, sin embargo, el peligro de fomentar simplificacio­nes inexactas y, lo que aún es más grave, de generalizar una concepción de la evolución lingüística esencialmente falsa. Creo que es hora de que la fonolo­gía reaccione contra las explicaciones causales simplistas, que no tienen en consideración la compleja realidad de los cambios tal como se producen en las lenguas. La investigación completa de un cambio, con precisiones espacia­les y temporales (y no como una ecuación metacrónica), pondrá en claro la necesidad de distinguir entre las causas iniciales, que hacen posible la emer­gencia de un rasgo nuevo, y las causas sucesivas, que contribuyen al triunfo de ese rasgo nuevo como una nueva norma. Las razones por las cuales un neologismo surge inicialmente no coinciden, muy a menudo, con las razones por las cuales ese neologismo se generaliza en el conjunto de la comunidad hablante.

      Esta es la lección que, según creo, podemos aprender del estudio del caso ejemplar constituido por la pérdida del fonema /z/ en español, pérdida sobre la que hoy contamos con una información geográfica y cronológica muy precisa.

      La desaparición del fonema /z/ (y la generalización de /ç/ en su lugar) ocurrió en el habla cortesana del Madrid de Felipe II, hacia la mitad del siglo XVI. En la década de los 60 los escribanos públicos dejan de distinguir entre /z/ y /ç/; en la de los 70 los gramáticos censuran la confusión, pero denuncian que se halla ya arraigada incluso en el habla de los más educados; en la del 80 los impresores intercambian los dos grafemas bastante caóticamente, y los propios maestros de las escuelas primarias han dejado de enseñar la distinción.

       Toledo siguió, en seguida, los pasos de la corte, aunque todavía en 1584 un escritor conservador toledano defiende la distinción entre la sonora y la sorda, censurando como «vicio» la práctica común. El neologismo cortesano se extendió pronto a Valencia, donde la primera noticia del ensordecimiento de las sibilantes sonoras remonta a 1556. Finalmente, hacia 1580, la nueva norma madrileña triunfa definitivamente en el habla de Sevilla.

      La rápida implantación del nuevo sistema en el habla de Madrid, Tole­do, Valencia y Sevilla no supone, desde luego, el completo abandono de la antigua ortografía. El sistema tradicional se mantuvo, mal que bien, como práctica ortográfica durante buena parte del siglo XVII, moderando el caos gráfico que la aceptación del neologismo estaba causando por todas partes. Pero podemos estar seguros de que a principios del siglo XVII nadie (salvo los rústicos de algunas regiones) era ya capaz de hacer la distinción correc­tamente en el habla. Desde los últimos años del siglo XVI, algunos gramáti­cos extranjeros comenzaron ya  a señalar, con curiosidad, que la pronuncia­ción de una /z/ sonora, distinta de una /ç/ sorda, recomendada por los manuales tradicionales, «n’est nullement castillane».

       Esta rápida generalización de la /ç/ en lugar de la /z/ del español anti­guo no se debió a un proceso fonético, sino a un cambio en el sistema fono­lógico. No es correcto hablar de la evolución, o del ensordecimiento de [dȥ ~ ȥ] en [tş ~ ş ~ θ], pues el «cambio» consistió en la pérdida, por parte del sistema, de la correlación de sonoridad en las sibilantes (desaparición que también acarreó la identificación de /z/>/ç/, /s/>/ss/, /j/>/x/). Pero nos engañaríamos si tratáramos de buscar una explicación lingüística para esta súbita revolución ocurrida en el sistema fonológico del español normativo durante la segunda mitad del siglo XVI, porque el nuevo sistema de Madrid no tuvo su origen en el habla de la corte de principios de siglo, sino que fue importado de un área «dialectal», donde venía existiendo desde tiempo atrás.

      Sabemos, en efecto, que durante la primera mitad del siglo XVI, frente al español cortesano de la Toledo imperial, teóricamente aceptado como norma por toda España, se hallaba ya arraigado un uso dialectal castellano-viejo, seguido por todos los hablantes de la meseta norte, desde Benavente a Burgos, y por los castellano-hablantes del País Vasco, cuya principal caracte­rística era la confusión de /z/ con /ç/, /s/ con /ss/, /j/ con /x/ (y de /v/ con /b/). La revolución fonológica del siglo XVI se reduce, por tanto, a un fenómeno cultural y social, y su explicación requiere sólo contestar a la pre­gunta de por qué el Madrid de la Contrarreforma aceptó como nueva norma lingüística la que, durante el período «imperial», estaba en vigor dialectalmente en el habla al norte de la Sierra de Guadarrama; y por qué esta norma, descalificada durante el período de primacía toledana en la primera mitad del siglo XVI (incluso por aquellos hablantes que entonces la practicaban), logra rápidamente prestigio entre las clases más cultas del Ma­drid de Felipe II98. Obviamente, una vez destronado el viejo sistema toleda­no del habla de la corte, no es de extrañar que la nueva norma se impusiese, sin gran oposición y en un período de tiempo relativamente corto, en el habla de toda la comunidad hispano-hablante.

      Tras averiguar que la revolución fonológica ocurrida en la segunda mi­tad del siglo XVI debe explicarse, fundamentalmente, como un resultado de las transformaciones sociales ocurridas en el Madrid de la Contrarreforma, todavía queda por resolver, como problema bien distinto, el del origen y razón de ser del nuevo sistema castellano-viejo carente de sibilantes sonoras: Por qué y cuándo surgió un hábito lingüístico disidente en Castilla la Vieja opuesto a la norma de la comunidad; cómo ésta innovación tuvo éxito y ganó el asentimiento social y, finalmente, cómo el habla de una parte de la comunidad castellana logró imponerse avasallando a la prestigiosa norma de la corte 99.

      En conclusión, tenemos dos problemas causales que un examen fonoló­gico esquemático (desarrollado sin tener en cuenta las precisiones de una investigación filológica) tendería erróneamente a reducir a uno: Las fuerzas que, en un tiempo, condicionaron la sustitución en el español normativo de la «norma de Toledo» por la «norma de Castilla la Vieja», no pueden con­fundirse con las fuerzas que, en un período completamente diferente, dieron nacimiento, en un rincón del norte de Castilla y en un determinado grupo o estrato social de la naciente comunidad castellana, a la práctica de un neolo­gismo que, siglos después, llegaría a imponerse como la nueva norma general de la gran comunidad hispano-hablante.

Diego Catalán. El español. Orígenes de su diversidad (1989)

Universidad de La Laguna y University of California, Berkeley

NOTAS

98 No es mi intención aquí responder a estas preguntas de naturaleza sociocultural. Véase R. Menéndez Pidal, «Sevilla frente a Madrid. Algunas precisiones sobre el español de América», en Estructuralismo e Historia. Miscelánea-Homenaje a A. Martinet, III, ed. D. Catalán, «Bibliote­ca Filológica», La Laguna: Universidad, 1962, pp. 99-165.

99  A. Martinet, Économie des changements phonétiques, Bern, 1955, pp. 318-320, basándose en la comparación estructural (entre el español y el vasco), ha defendido la hipótesis de que el sistema español moderno de sibilantes se habría originado en el rincón castellano del norte de Burgos, donde la interferencia lingüística vasco-románica podría explicar adecuadamente la re­ducción de las sibilantes sonoras a sordas. En un próximo artículo aduciré nuevos argumentos en confirmación de esa hipótesis.

CAPÍTULOS ANTERIORES:  EL ESPAÑOL. ORÍGENES DE SU DIVERSIDAD

ADVERTENCIA

*   1.- EL ESPAÑOL. ORÍGENES DE SU DIVERSIDAD

I ORÍGENES DEL PLURALISMO NORMATIVO DEL ESPAÑOL DE HOY

*    2.-1. EL FIN DEL FONEMA /Z/ [DZ - Z] EN ESPAÑOL

*    3.- 2. EL FIN DEL FONEMA /Z/

*    4.- 3. ¿PROCESO FONÉTICO O CAMBIO FONOLÓGICO?

*    5.- 4. ¿PROPAGACIÓN DE UN CAMBIO FONÉTICO O DE UN SISTEMA FONOLÓGICO?

*     6.- 5. LA FALTA DE DISTINCIÓN /Z/ : /Ç/, REGIONALISMO CASTELLANO - VIEJO

*    7.- 6. LA CONFUSIÓN SE CONVIERTE EN NORMA DEL HABLA DE LA CORTE (FINALES DEL SIGLO XVI)

*     8.- 7. LA PÉRDIDA DE LA DISTINCIÓN /Ç/ : /Z/ NORMA GENERAL DEL HABLA (EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XVII)

*    9.- 8. EL CAMBIO EN LA NORMA CORTESANA, VISTO POR LOS GRAMÁTICOS EXTRANJEROS

*   10.- 9. EL ESPAÑOL ORIENTAL ANTE EL TRIUNFO DE LA NUEVA NORMA DE MADRID

11.- 10. RESISTENCIA DEL ANTIGUO SISTEMA TOLEDANO EN LA ALTA EXTREMADURA

*     12.- 11. LA NUEVA NORMA ANTE EL CECEO ANDALUZ

       Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada

Imagen: Letra mayúscula C de Albert Durero.

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