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ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

4.- 3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO»

 

3. LA TRANSMISIÓN ESCRITA DEL TEMA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII Y EL ROMANCE TRADICIONAL «CONQUEIRO». I. HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE.

      ntes de tratar de explicar la pervivencia en 1980 de un género poético (el Roman­cero «viejo») marginado desde hace trescientos setenta y cinco años, que este ejemplo extremo del romance de Durandarte envía su corazón a Belerma nos ha ilustrado de forma tan llamativa, conviene que hagamos una incursión diacrónica en el pasado para explicar cómo llegó a crearse este romance tradicional que hoy se canta en las aldeas «conqueiras».

      Según ya hemos visto, el tema tiene su punto de partida en el romance viejo, indudablemente del siglo XV, «O Belerma, o Belerma» y en su continuación «Muerto yaze (queda) Durandarte». Uno y otro se difundieron extraordinariamente en la primera mitad del siglo XVI y nos son conocidos en una pluralidad de versio­nes impresas y manuscritas, cuyas relaciones no ofrecen la simplicidad que caracte­riza a los árboles genealógicos representativos de la transmisión escrita de textos. Las variantes que estas distintas redacciones de los poemas ofrecen son indicativas de que ambos romances se difundieron oralmente entre sectores bastante amplios de la sociedad.

      Entre las novedades surgidas en la vida tradicional de estos dos romances viejos, nos interesa destacar dos que han dejado su eco en el romance tradicional «conqueiro».

      La «verde faya», al pie de la cual encuentra Montesinos a su agonizante primo en las versiones modernas de Corralín y Tablado, no podía, claro está, figurar en el discurso del caballero moribundo que constituye el romance de «O Belerma, o Be­lerma»; pero tampoco se encontraba, según creo, en la redacción primitiva del romance narrativo que describe el cumplimiento de la manda. De las seis versiones viejas conocidas de este otro romance31, cinco comienzan diciendo:

Muerto yaze (queda) Durandarte    al pie de una alta (una gran) montaña,

localización que, en una versión, la glosada por Burguillos, se precisa con un segundo verso que dice:

tendido cabe una fuente    debaxo una verde rama.

      En los textos conservados por la Tercera parte de la Silva, el Cancionero de Evora [y el cuarto cartapacio del manuscrito misceláneo II-961 de la Biblioteca de Pa­lacio Real], que derivan de la versión glosada por Burguillos, este segundo verso se substituye por otro, que dice ya:

Un canto por cabecera    debaxo una verde haya;

pero sólo en la versión publicada en un pliego suelto (DicARM 659 y 660) y en Rosa de amores de Timoneda surge el nuevo incipit:

Muerto yaze Durandarte    debaxo (al pie de) una verde aya.

      Una vez nacido, el motivo de la «verde haya» se impuso en la imaginación de cuantos trataron el tema a fines del siglo XVI según una estética nueva. Versos como «Aportóle su ventura al pie de una verde haya», «A la umbra de una haya     Du­randarte está apeado», «Echado está Montesinos     al pie de una verde haya», «Y aviéndole sepultado,     de una antigua aya y gruesa / cuelga las sangrientas armas,    no por tropheo ni ympresa...», aparecen en cuatro romances «nuevos»32, de aque­llos que gustaban copiar los formadores de cartapacios manuscritos entre 1580 y 1600.

      También en el curso de las transformaciones de los dos romances hace su aparición una frase sentenciosa antecesora del verso:

que el que muerto te lo umbia,    vivo no te lo negara,

explicativa de la «manda» del corazón. En una «Glosa nuevamente trobada sobre Belerma, la qual al mi parescer es mejor que quantas otras se han trobado», publicada en un pliego suelto del siglo XVI, el anónimo glosador nos da una versión del romance «O Belerma, o Belerma» en que las palabras del caballero agonizante di­fieren mucho de las que figuraban en otras versiones del romance33.

O buen primo Montesinos,    mal me aquexa esta lançada,
que estoy herido por parte    que ninguno nunca (se) escapa;
y esta merced te pido    que en todo caso se haga:
Para quando fuere muerto    e mi ánima arrancada,
que saques mi coraçón   por esta siniestra llaga,
que l[o] lleves de mi parte    a donde Belerma estava,
que a quien bivo se lo dio,    muerto no selo negara.

También este motivo fue acogido en un romance nuevo, asonantado en -ao, que se conserva en un cartapacio manuscrito de 1580, el ya citado «A la umbra de una haya», en que Durandarte pide a Montesinos:

sólo os suplico, señor,    que toméis a vuestro cargo
y es que, después que yo muera,    tengáis especial cuidado
de sacarme el corazón,    el qual está mal llagado,
y llevádselo a Velerma   y con él este recaudo:
que quien vivo se lo dio,    muerto no puede negallo.

      Aunque notables, los retoques realizados en los dos romances viejos por la tradi­ción oral o escrita no son tan importantes para la transformación del tema como la acción que protagonizaron los poetas y editores de romances que, desde mediados del siglo XVI, se lanzaron a explotar el negocio de los romanceros de bolsillo, tratan­do de «morder» en el lucrativo mercado abierto por el éxito de los pliegos sueltos romancísticos; sobre todo, cuando, en el último cuarto del siglo XVI, el Romancero nuevo irrumpe en la literatura escrita, no sólo a través de los cartapacios manuscritos sino de la imprenta. Lucas Rodríguez con su Romancero historiado (Alcalá, 158134, o quizá ya desde 157935) es uno de los primeros en beneficiarse de la moda cambiante.

      Entre otros ciclos de romances de nueva factura, sobre temas consagrados del Ro­mancero viejo, incluye uno, constituido por cuatro romances, dedicado a Montesinos, Durandarte y Belerma36. El romance central de ese ciclo «Por el rastro de la sangre», sin duda el más conseguido de los cuatro, posiblemente preexistía, pues en el propio Romancero historiado se incluye, más adelante, una glosa de sus ocho pri­meros octosílabos con alguna variante37. Desde luego, alcanzó mayor difusión que los demás: conocemos otra glosa manuscrita de sus ocho octosílabos iniciales38, y cuatro de ellos se incluyen también en una Mogiganga39; por otra parte, los maestros Úbeda y Valdivielso hicieron de él cuatro contrafacturas a lo divino40. Al igual que el viejo de «O Belerma», ese romance nuevo desarrolla la escena en que:

el herido habla al sano    y el sano al herido abraça,

rematada con la famosa manda del caballero agonizante:

con las ansias de la muerte   Durandarte le rogava
que le encomiende a Belerma,    aquella que él tanto amava,
y le lleve el coracón    sacado de sus entrañas,
que era la joya que en vida   le diera la más preciada.

      Pero el romancista, en radical oposición con el romance viejo, concibe una narración sin darle voz a Durandarte y enfocada sobre Montesinos, no sobre el caba­llero enamorado:

Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexava
caminava Montesinos    por un áspera montaña
y a la hora que camina    aún no era bien de mañana,
las campanas de París    tocan la señal del alva.
Como viene de la guerra,    trae las armas destroçadas;
sólo en la mano derecha   lleva un pedaço de lança...

       Curiosamente, nuestro romance «conqueiro» ofrece el mismo punto de vista, ya que comienza también siguiendo los pasos de Montesinos:

Caminaba Montesinos    por una verde montaña,

¿Pura coincidencia? Sigamos leyendo (algunos versos más adelante) la versión de «Por el rastro de la sangre» publicada por Lucas Rodríguez:

... y como vido la yerva    de tanta sangre manchada,
saltos le da el coraçón   y sospechas le da el alma
si la ha derramado alguno    de los amigos de Francia.
Confuso en esta sospecha,    camina azia una haya.
Vido estar un cavallero,    que parece que le llama;
no le conoce el francés,    por mucho que lo mirava,
porque le dan en los ojos    las cintas de la zelada.
Arrojóse de la yegua   y desarmóle la cara...

No cabe la menor duda. El romance tradicional de Corralín, con los versos:

No conoce el caballero    por mucho que lo repara,
que le conturban la vista   las cintas de la elada.
Y se apeó del caballo    y le descubrió la cara,

tiene como antecesor a ese romance literario de los comienzos del Romancero nuevo.

      Sin embargo, resulta extraño que el romance tradicional siga a continuación con el discurso directo del caballero herido, cuando «Por el rastro de la sangre» nunca utiliza el discurso directo. El octosílabo «Oh mi amigo Montesinos» tiene su correspondencia exacta en el viejo romance de «O Belerma, o Belerma»; mientras que el romance editado por Lucas Rodríguez, después de constatar cómo:

conoció el primo que quiso    en la vida más que el alma,

se limita, según ya hemos dicho, a contarnos la manda de Durandarte a Montesi­nos en estilo indirecto. A su vez, el verso final, ya citado, de «Por el rastro de la sangre»,

que era la joya que en vida   le diera la más preciada,

se halla, también, mucho más distante del mensaje conservado por las versiones «conqueiras» que la sentencia que encontrábamos en una de las versiones de «O Belerma, o Belerma»:

que a quien bivo se lo dio,    muerto no selo negara.

      Esta mezcla de motivos típicos del romance nuevo con motivos procedentes del romance viejo no pudo, claro está, realizarse en la tradición oral moderna41. Efectivamente, fue obra de un tardío editor de romances, que acometió la tarea de agrupar toda la «información» dispersa en los romances viejos y nuevos de tema carolingio para componer una Floresta de varios romances sacados de las historias de los hechos famosos de los doze Pares de Francia aora nuevamente corregidos. Se llamaba Damián López de Tortajada (pueblo de la provincia de Teruel) y debía de residir en Valencia, donde en 1646 se imprimió la primera edición de la Floresta de que tenemos noticia (a través del colofón de la reimpresión del libro en 1652 por la misma imprenta), aunque es posible que hubiera alguna edición anterior de la obra42.

      Tortajada rehízo el ciclo de Lucas Rodríguez para recuperar buena parte de los pormenores narrativos y expresivos de los romances viejos. Aceptó de su predecesor, sin apenas modificarlo, el romance «Por la parte donde vido     más sangrienta la batalla», con que Rodríguez había prologado la acción de «Por el rastro de la sangre»43; pero no se conformó con la versión estrictamente narrativa del encuen­tro de Montesinos con Durandarte propia de este último romance, sino que la re­mató con el parlamento del moribundo que le ofrecía el romance tradicional «O Belerma, o Belerma» y desechó por completo el tercer romance del Romancero his­toriado, el dedicado al cumplimiento por Montesinos de la última voluntad de Du­randarte44, substituyéndolo por dos romances, una versión del viejo «Muerto yaze Durandarte     debaxo una verde haya» y otro de nueva invención en que se cuenta cómo Belerma recibe de Montesinos el corazón de su amado («En Francia estava Belerma     alegre y regozijada»); sólo el último romance, quinto del nuevo ciclo, vuelve a estar tomado de Rodríguez sin apenas retoques («Sobre el coraçón difun­to     Belerma estava llorando»). La amalgama de motivos del Romancero viejo y del nuevo que Tortajada realiza es notabilísima. El romance clave del ciclo comienza, como en Lucas Rodríguez:

Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexava
caminava Montesinos    por una áspera montaña

y, sin grandes novedades, sigue hasta el descubrimiento del caballero agonizante:

Confuso en esta sospecha    azia una haya caminava
……………………………        …………………………............
No le conoce el francés,    por mucho que lo mirava,
porque le turban la vista   las cintas de la celada.
Apeóse de la yegua    y desarmóle la cara,
conoció al primo que quiso    en la vida más que al alma...;

pero Durandarte exclama45:

— ¡O mi primo Montesinos,    mal nos fue en esta batalla,
pues murió en ella Roldan    el marido de doñ’Alda,
cautivaron a Guarinos,    capitán de nuestra esquadra;
heridas tengo de muerte,    que el coraçón me traspassan!
Lo que os encomiendo, primo,   lo postrero que os rogava,
que cuando yo sea muerto    y mi cuerpo esté sin alma,
me saquéis el coraçón    con esta pequeña daga
y lo llevéis a Belerma,    la mi linda enamorada,
y le diréis, de mi parte,    que muero en esta batalla,
que quien muerto se le embía,    vivo no se lo negara.

      La filiación del romance «conqueiro» respecto a la amalgama de motivos y versos nuevos y viejos ideada por Tortajada es patente.

      El romance tradicional moderno no sólo mantiene la combinación del punto de vista de «Por el rastro de la sangre», con Montesinos de protagonista, y el dis­curso de «O Belerma» y alterna motivos nacidos en uno y otro romance, como las cintas de la celada y la sentencia explicativa del envío del corazón, sino alusiones a otros temas del Romancero del ciclo de Roncesvalles: Doña Alda recibe la noticia de la muerte de Roldan46; Cautiverio de Guarinos, el almirante de la mar41.

      La dependencia del romance tradicional respecto al ciclo literario de Tortajada se confirma, finalmente, en el brusco cambio de punto de vista que se da en medio de la narración «conqueira»: tras la escena inicial de la manda testamentaria, en que, siguiendo los pasos de Montesinos, vemos al caballero francés encontrar a Durandarte tendido en el campo, la nueva escena referente al cumplimiento por Montesinos de la petición de Durandarte de que entregue su corazón a su amada se nos presenta desde la perspectiva de Belerma:

Guillerma estaba en Paraiso    de doncellas enrodeada.
— ¡ Ay triste de mí, cautiva,    ay triste de mí, cautada,
ay triste de mí, aburrida,    algún mal se me acercaba:
ahí viene Montesinos    embozado en una capa!—
Lo primero que pregunta:    — Tu primo ¿cómo quedaba?
— Mi primo quedaba bueno,    mi primo bueno quedaba,
mi primo quedaba muerto    en par de una verde faya,

siguiendo al romance cuarto de Tortajada:

En Francia estava Belerma    alegre y regozijada,
hablando con sus donzellas    como otras vezes usava.
………………………………      ……………………………
Y, diziendo estas razones, cayó en tierra desmayada;
mas, bolviendo en sí Belerma, desta manera hablava:
—¿Qué es esto, amigas mías? algún mal se me acercava.—
………………………………       ………………………………
Bolvió sus ojos Belerma,    que mil perlas destilava,
vio venir a Montesinos    de la infelice batalla,
con el rostro mustio y triste,    la color desemejada.
………………………………       ……………………….
— Nuevas te traigo, señora,    que son de grande desgracia.
— Primero que me las digas    (la dama le replicava)
¿qué es de tu querido primo?,    ¿dónde está?, ¿cómo quedava?
— Muerto queda, mi señora,    debaxo una verde haya...

En fin, pequeños detalles del romance tradicional «conqueiro» parecen indicar que se tuvieron también presentes los romances tercero (en que Montesinos saca el corazón a Durandarte)48 y quinto (en que Belerma pierde el conocimiento, al reci­bir el corazón)49 del ciclo de Tortajada.

Diego Catalán. Arte poética del Romancero oral II. Memoria, invención, artificio.

 OTAS

 

31 Para la identificación y localización de estas versiones, véase atrás n. 4.

32 Se trata, respectivamente, de los romances: a) Mal ferido Durandarte se sale de la batalla (cuya glosa comienza: «El más desastrado día / que jamás se vio en la tierra»), conocido a través de dos ma­nuscritos: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos) [signaturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [H-1580], f. 157v, que continúa en f. 106r (cartapacio del siglo XVl), y Bibl. de Pala­cio Real 2-F-3 Poesías varias [signatura moderna II-531], f. 41a (ms. de hacia 1590); [con el incipit de­formado (si no hay error en la lectura) «Malferido sale el hombre     de la primera vatalla» se halla el ro­mance, sin glosa y más extenso, en otro manuscrito de la Bibl. de Palacio Real II-961, cuarta sección, ed. por C. Ángel Zorita, Ralp A. DiFranco y José J. Labrador Herraiz, Poesías del maestro León y defr. Melchor de la Serna y otros (s. XVl). Códice número 961 de la Biblioteca Real de Madrid, Cleveland: Cle­veland State University, 1991, pp. 189-190]; b) A la umbra de una haya     Durandarte está apeado, in­cluido en el primero de esos manuscritos: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos) [sig­naturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [H-1580], f. 162v; c) Echado está Montesinos al pie de una verde haya, incluido en el mismo manuscrito: Bibl. de Palacio Real 2-B-10 Poesías varias (en 5 to­mos) [signaturas modernas: II-1577 a II-1581], tomo 4 [II-1580], f. 170a; y d) De una fragosa montaña en la parte más espesa, Bibl. de Palacio Real 2-H-4 Romances manuscritos [signatura moderna: II-996], f. 67v (ms. de 1590 a 1600) [y, también, en Bibl. Nacional, Madrid, 3915, f. 74, y Bibl. Nazionale, Firenze, Magl. VII, f.138v]. El romance c) es, con variantes, el 3º del ciclo de Lucas Rodríguez.  

33  El discurso del caballero agonizante decía tradicionalmente: «1O mi hermano (señor primo) Montesinos,    lo postrero que os rogaua, / 2que quando yo fuere muerto   y mi ánima arrancada, / 3Vos llevéys mi coraçón    adonde Belerma estava / 4y servilda de mi parte   como de vos yo (se) esperava / 5y traeréys le a la memoria   dos vezes cada semana / 6y diréys le (dezilde) que se (se le) acuerde   quán caro (cara) que me costava (costara)». Cito por el texto autónomo y el texto glosado de Alberto Gómez (esto es, por nuestra versión a) de la n. 2. Las otras versiones ofrecen variantes no coincidentes con la reela­boración citada en texto.

34  La edición de Alcalá: Hernán Ramírez, Impresor y mercader de libros, Año 1581, de 281 ff, descrita en Catalogue of the famous Library of printed books... collected by Henry Huth, and sold by Messrs. Sotheby’s (between 1911 and 1920), London, 1911-1920, p. 1261, se ha perdido de vista desde que estu­vo en posesión de James P. R. Lyell, Early Book Ilustration in Spain, London: Grafton and Co., 1926, facs. en p. 280 y noticia en p. 281, según A. Rodríguez Moñino en su edición de Lucas Rodríguez, Ro­mancero historiado (Alcalá, 1582), Madrid: Castalia, 1967, p. 10.

35  «Por llevar las restantes ediciones (Alcalá, 1582 y 1585) un privilegio otorgado en El Pardo a 27 de enero de 1579 suponen algunos bi[bli]ógrafos que hubo una tirada de ese año, para nosotros muy du­dosa», dice A. Rodríguez Moñino en su edición de Lucas Rodríguez, Romancero historiado, p. 23. No obstante, es de notar que en la licencia concedida por el mismo rey Felipe II, en Madrid a 5 de marzo de 1580, figura la referencia a que el libro «otras vezes con licencia nuestra auía sido impresso» (según hizo notar Juan Catalina García en su Ensayo de una tipografía complutense, Madrid, 1889, núm. 547).

36  Comienzan: «Por la parte donde vido   más sangrienta la batalla», «Por el rastro de la sangre    que Durandarte dexaua», «Echado está Montesinos     al pie de una verde haya», «Sobre el coraçón difunto     Belerma estaua llorando». Ocupan los ff. 107-111 de la edición de Alcalá, 1582 (primera conservada). Pueden leerse en las pp. 140-142 de la citada impresión moderna de A. Rodríguez Moñino. [El Cancio­nero de jesuítas (ms. Bibl. de A. Rodríguez Moñino), del ultimo cuarto del siglo XVI, reprodujo de Lucas Rodríguez el primero (f. 47 Iv) y el último (f. 475v) y substituyó el segundo por una refundición que co­mienza «Junto al cuerpo desangrado   Montesinos triste estaua» (f. 475v); cfr. A. Rodríguez Moñino, «Tres cancioneros manuscritos (Poesía religiosa de los siglos de oro)», Abaco 2 (1969), 127-272 y 3 (1970), 82-227].

37   La glosa comienza: «El cielo a vozes rompiendo / e sospiros abrasando», figura en el f. 147v de la citada edición (pp. 163-164 de la reedición moderna). Variantes: y a la hora que camina] y a la hora que partía; la seña] las señas (recuérdese que el romance glosado sólo tiene 4 versos).

38   Comienza: «Con sed, cansa[n]cjo y anvriento / roja sangre derramando» y glosa simultáneamente el cantarcillo «Carrillo, ya no ay contento / ya el plazer se me acavó / y en su lugar me dejó / sospiros, ançia y tormento». Cartapacio del siglo XVI, Bibl. de Palacio 2-B-10 Poesías varias (en 5 tomos), tomo 4, f. 106v (sign. mod. II-1580).

39   «Mogiganga de don Gavieros» de don Vicente Suárez de Deza, Donayres de Tersicore, Madrid, 1663, f. 127r y v. Los versos citados son «Caminaua Montesinos    por vna escura montaña» y «Las campanas de París   tocan al reír del alua».

40   «Por el rastro de la sangre   que Adam de herencia dexava», «Por el rastro de la sangre   que lesu Christo dexava» y «Por el rastro de la sangre    que de Inés virgen corría» figuran en el Vergel de flores divinas, Alcalá de Henares, 1582, del licenciado Juan López de Úbeda: los dos primeros los había incluido ya López de Úbeda en su Cancionero general de la doctrina cristiana. Véase la edición de la So­ciedad de Bibliófilos Españoles, Cancionero general de la doctrina cristiana hecho por ]uan López de úbeda (1579, 1585, 1586), Madrid, 1962, y la introducción bibliográfica de A. Rodríguez Moñino que lo encabeza. [«Por el rastro de la sangre    que Ihesu Christo dexava» fue reproducido en el Cancionero de jesuítas (f. 481), ed. en Abaco 3 (1970), 170-171.] La cuarta adaptación a lo divino es el romance «Por el rastro de la sangre    que el amante lesus dexa», por el M. Joseph de Valdivielso, Meditaciones de la pasión (Bibl. Nacional, Varios). En el Cisne de Apolo, por Luys Alfonso de Carvallo, Medina del Campo, 1602 (aprobación de diciembre, 1600), f. 189, se comenta: «Esso es lo que llaman contrahazer o boluer, como aquel romance viejo que dize Por el rastro de la sangre   que Durandarte dexaua lo van contrahaziendo a lo diuino todo, immitando la materia, verso, y assonancia diziendo Por el rastro de la sangre   que lesu Christo dexaua, etc.». Es de notar que las versiones a lo divino de Por el rastro de la sangre que hoy se cantan en España no derivan de estas contrafacturas de Úbeda y Valdivielso.  

41  En 1972 observé ya de pasada (en la n. 9 ter de «El Archivo Menéndez Pidal y la exploración del Romancero castellano, catalán y gallego», El romancero en la tradición oral moderna, ed. D. Catalán et al, Madrid: Universidad Complutense, 1972, pp. 87-94) que «a su vez Las campanas de París resume los cuatro romances sobre Montesinos y Durandarte de Lucas Rodríguez, retocados con ciertos versos de Timoneda», como comentario a la siguiente frase incluida en texto: «[...] sabía romances con antece­dentes escritos más próximos [...] pero en versiones tan singulares que nos gustaría saber a través de qué vericuetos llegaron a su memoria analfabeta» (p. 89).

42  Véase la edición y estudio de A. Rodríguez Moñino: Damián López de Tortajada, Floresta de varios romances (Valencia, 1562), Madrid: Castalia, 1970. En la p. 14 de esta edición Rodríguez Moñino comenta: «Es posible, es casi seguro, que no sea ésta [se refiere a la de 1646] la primera tirada, pero sólo la fortuna de un hallazgo tan imprevisto como el apuntado puede darnos la clave». Posiblemente, «la primitiva Floresta de Tortajada debió de estar compuesta solamente por los romances a que alude el título, es decir, los veinte relativos a historias de los Doce Pares de Francia» (p. 34). Creo que mejor que los veinte haya que decir los veintiuno, ya que «Por la matança va el viejo» debió de ser también parte del núcleo primitivo.

43  El romance de Lucas Rodríguez estaba ya escrito teniendo presente «Por el rastro de la sangre» y tenía por objeto desarrollar los versos «sólo en la mano derecha   lleva un pedaco de lanca / de hazia la parte del cuento,    que el hierro allá se dexava / en el cuerpo de Albencayde    un moro de mucha fama» de ese romance. Carece de fábula y narrativamente sólo tiene una función introductoria.

44  El que comenzaba «Echado está Montesinos    al pie de una verde haya».

45 La transición es brusca, donde la versión original de «Por el rastro de la sangre» contaba: «... el herido habla al sano     y el sano al herido abraça, / por no hablalle llorando     detiene un poco la habla, / quanto más detiene el llanto     la congoxa le apretava, / con las ansias de la muerte      Durandarte le rogava / que le encomiende a Belerma,     aquella que él tanto amava, / y le lleve el coraçón     sacado de sus entrañas, / que era la joya que en vida      le diera la más preciada», Tortajada interrumpe la narración para introducir inesperadamente la voz del agonizante: «... el herido habla al sano      y el sano al herido abraça / y, por no hablarle llorando,      detiene un poco la habla. / Viéndole junto de sí,      desta manera le habla: / O mi primo Montesinos,     mal nos fue en esta batalla...». [Algo semejante, pero con diversos materia­les, hace la versión sin glosa de Malferido Durandarte, descrita en la n. 332.]

46  En el verso «Pues murió en ella Roldan,    el marido de doñ’Alda». [Un verso análogo aparece en la única versión no glosada de Malferido Durandarte (cfr. n. 32): «y mataron a Roldan    el esposo de doña Alda».]

47  En el verso «Cautivaron a Guarinos,    capitán de nuestra escuadra».

48   El verso conqueiro «lo llevas al Paraíso   a donde Belerma estaba» combina el recuerdo de «y lo llevéis a Belerma   la mi linda enamorada» (de «Por el rastro de la sangre») con el de «ahora seréis lle­vado    adonde Belerma estava» (de «Muerto yaze Durandarte»), más el nombre de París. [Y el verso conqueiro «lo envolvió en un pañuelo    y se lo llevó pa casa» es reminiscente de «embolvióle en un cendal   y consigo lo llevara» (de «Muerto yaze Durandarte»).]

49  Por más que se trate de una expresión tópica, el «Al oír esta palabra,    Guillerma cae desmayada» de Corralín recuerda el desenlace de «Sobre el corazón difunto»: «Assí ha quedado Belerma   ven­cida de un gran desmayo».

CAPÍTULOS ANTERIORES: 

NOTA INTRODUCTORIA

*   1.- NOTA INTRODUCTORIA. MEMORIA, INVENCIÓN, ARTIFICIO

I.    HALLAZGO DE UNA POESÍA MARGINADA: EL TEMA DEL CORAZÓN DE DURANDARTE

*   2.- 1. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA MOMIFICADO

3.- 2. EL CORAZÓN DE DURANDARTE, TEMA AÚN VIVO EN LA MONTAÑA ASTURIANA

Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada

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