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ROMANCERO DE LA CUESTA DEL ZARZAL

8.- 7. LA PÉRDIDA DE LA DISTINCIÓN /Ç/ : /Z/ NORMA GENERAL DEL HABLA (EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XVII)

8.- 7. LA PÉRDIDA DE LA DISTINCIÓN /Ç/ : /Z/ NORMA GENERAL DEL HABLA (EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XVII)

7. LA PÉRDIDA DE LA DISTINCIÓN /Ç/ : /Z/ NORMA GENERAL DEL HABLA (EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XVII). I ORÍGENES DEL PLURALISMO NORMATIVO DEL ESPAÑOL DE HOY

      Durante la segunda mitad del siglo XVI vemos formarse, entre los escri­banos y los ortógrafos, la teoría (opuesta a la práctica antigua) de que /z/ difiere de /ç/ en que se pronuncia con más fuerza. Antes de que Villalón, en 1558, considerase que la ç  era «media z», un escritor anónimo explicaba en 1555 en Lovaina a sus lectores franceses que la ç  se pronunciaba «mas áspe­ramente que la s y mas delicadamente que si fuesse z, de manera que es media pronunciación entre las dos [...] mas áspero que Caesar en latín»; pero tan pobre descripción no especifica siquiera si esta z «menos delicada» es una z francesa (lo que parece más lógico) o una z española. No es mucho más ilustrativa una comparación similar de otro escribano, el sevillano Las Casas (1570), quien sitúa a la zz italiana en un lugar intermedio entre la ç  y «nues­tra z ablandándola un poco». La confusa teoría se encuentra, por fin, expre­sada de forma directa, aunque tímidamente, por Benito Ruiz en 1587: z «en algunas palabras muestra un poco más de fuerça» que c. Conviene no olvidar que tanto el castellano viejo Villalón como el madrileño Ruiz exponían sus teorías sobre cómo era la pronunciación de la /z/ basados en su erudición gramatical, ya que, en la práctica, estaban inmersos en comunidades lingüís­ticas que habían confundido /z/ y /ç/. (Respecto al escritor anónimo de Lovaina y a Las Casas, no tenemos datos, ni positivos ni negativos, para decidir si eran o no distinguidores).

      Esta teoría de la mayor fuerza de la /z/ fue aceptada en el siglo XVII por dos ilustres autoridades. En 1610 Covarrubias observa en su Tesoro «de aqui adelante se siguen las dicciones que se escriven y pronuncian con cédilla ç, las quales no son tan fuertes de pronunciar como las que tienen la zeta z». Y en 1620 Bonet insiste de nuevo: «ay diferencia entre la z y la ç  en ser esta menos fuerte de pronunciar que aquella».

      Amado Alonso deduce de estos testimonios:

     «La declaración [...] de que en español la /z/ era más fuerte que la /ç/ no podía atender ni a la correlación de sonoridad, pues la sonora es lenis en oposición a la sorda fortis, ni a la articulación, que en toda España se estaba ablandando [...] hasta hacerse fricativa» (p. 167). «Siendo homorgánicas sordas y siendo la /z/ fricativa, sólo siendo africada la /ç/ podían ser distintas» (De la pronunciación, I, p. 381).

      En vista de ello, Amado Alonso considera «seguro que la práctica de la pronunciación africada [de /ç/] duró hasta 1620» (De la pronunciación, I, p. 381)39, y que, si se sentía como más débil que /z/, ello se debía al «rehilamiento» de la /z/ ensordecida.

      Sin embargo, no veo necesidad de suponer que la /z/ ensordecida fuese distinta de la /ç/. Creo posible afirmar que no eran distintas en el habla de Villalón; y, desde luego, Ruiz tampoco las distinguía. Covarrubias era tan incapaz de separar las voces con una y otra articulación, que cuando, en su diccionario, el orden alfabético le obliga a tratar de las palabras con z remite a la ç  diciendo: «Muchos vocablos de la z están declarados arriba en la ç, y assi en este lugar no haremos mas que remitillos» 40. El único testimonio que podría invalidad nuestra conclusión sería el de Bonet, el famoso autor del primer libro para enseñar a hablar a los mudos (1620), cuya descripción de /ç/ y /z/ es comentada por Alvaro Alonso a lo largo de diez páginas.

      Desde que el maestro de los fonetistas españoles, Navarro Tomás, co­mentó las doctrinas de Bonet41, Bonet ha venido siendo considerado el «fo­netista más extraordinario de Europa antes de la fonética instrumental del siglo XIX», el más independiente de todo tipo de «resabios librescos que no correspondieran a la realidad de la buena pronunciación», el informante «de calidad máxima» entre todos los de los siglos XVI y XVII (A. Alonso, De la pronunciación, I, pp. 326-327). Sin embargo, a pesar de mi respeto y admira­ción por su magnífica aplicación a la enseñanza de los sordomudos de sus excepcionales conocimientos acerca de la fisiología articulatoria, no creo que esté tan completamente libre de prejuicios académicos (¡quién no los tenía entonces!) como Tomás Navarro Tomás y Amado Alonso suponen. Me veo obligado a poner en duda la intangilibidad de su testimonio.

      Bonet, por «táctica didáctica», como Amado Alonso la denomina, co­mienza advirtiendo que a los estudiantes mudos se les enseñe a pronunciar ç  como z:

    «Esta c con cedilla se ha guardado para enseñársela con la respiración de la z, por la facilidad que tendrá su enseñança sabida la pronunciación de aquella, y al mudo se le ha de dar a entender que tiene el mismo sonido, porque como no es otra la diferencia que en ser mas ó menos fuerte aquel ceceo, para la locución del mudo no importa, que quando este mas perito se le dará a entender que ay diferencia entre la z y la ç [...].»

      Esta instrucción, incluida en el Libro II (que trata de métodos de ense­ñanza para mudos), nos pone en guardia. Es verdad que aconseja algo pare­cido en el caso de n y ñ42; pero no deja de ser por ello significativo que Bonet considerase la enseñanza de la distinción /ç/:/z/ como de poca importancia.

      En el Libro I, el doctrinal («la parte más culta y erudita» del trabajo, según Navarro Tomás), se muestra muy vago al describir la distinción que había dejado de lado en el libro sobre técnica didáctica43.

    La /c/ se pronuncia «arrojando fuera de la boca con alguna violencia la respiración un ceceo suave y sutil». La /z/ «tiene por nombre el sonido de una respiración mas fuerte y larga que la de la c quando se junta con las vocales e y i que haze ce y ci; y assi el mas ordinario usar della es en las finales de las partes, que allí es larga y fuerte y por eso no acaba la palabra en c, sin virgula ni con ella, aunque se parezcan en el sonido; y en los principios de las partes pocas vezes se pone, si se escrive ortográficamente, y Antonio de Nebrija sola la hallo en quinze principios de vocablos; en medio de palabra también es larga su pronunciación.»

      Puesto que Bonet, al describir cada una de las vocales y las consonantes b, d, g, m, n, l y r, alude a la sonoridad, su silencio en el caso de z es válido como prueba de la naturaleza sorda de la articulación (como deduce A. Alonso, De la pronunciación, I, 335-336). Además, Bonet no distingue la /s/ sonora de la sorda, y considera que la letra j es meramente una grafía del fonema /x/.

      En contra de Bonet, tenemos la autorizada opinión del último gran fo­netista que acepta y trata de poner en práctica el principio renacentista de que «no falte ni sobre letra en lo ke se escrive, sino ke se axuste lo eskrito kon lo pronunziado», Gonzalo Correas (1626), profesor en la Universidad de Salamanca (desde 1598):

«Muchos que no xuzgan con desengaño de nuestra pronunziazion Es­pañola Castellana quieren dezir que la çedilla es blanda y la zeda mas fuerte i rrezia. I es error imaxinar que tenemos mas de un sonido de ze en Caste­llano». La /z/ «en Castellano sienpre es senzilla [...] en Griego la llaman doblada, i dizen vale por estas dos ds, i algunos llevados desto, i no rreparando que aquello es en otra lengua, ni en la pronunziazion castellana de única z, dizen que es mas fuerte i vehemente que la ce i çedilla. Otros por­que la ven escrita con forma crezida entienden que tiene mas fuerza [...]». «Piensan los otros de la z ke por ser de gruesos trazos o trozos tiene mas fuerza [...]». «En lo qual de tenerla por fuerte rreziben grandísimo engaño nuestros Castellanos letrados [...]». «Lo kual en nuestro Kastellano es falso, ke no tienen diferencia ninguna en el sonido. I ansi andan konfusas ke kada uno eskrive la primera ke le okurre kalça, mozo, Zamora, Andaluzia o kalza, moço, Çamora, Andaluçia, este kon çerilla o sin ella [..., etc.]»44.

      Las razones fonéticas de Correas para desechar el «grandísimo engaño» en que hombres instruidos como Bonet caen —creyendo que hay una duali­dad de fonemas /ç/:/z/45— se ven corroboradas por un eminente adversario del fonetismo de Correas, Bravo Graxera (1634), que defiende la necesidad ortográfica de distinguir las dos letras, basado en argumentos etimológicos y no fonéticos:

    «No de valde los Antiguos en el Abecedario español [...] pusieron des­pués de las letras Latinas con que hablamos dos letras Griegas [...] como son y, z, enseñando en esto que, aunque las latinas i, c, lo podian suplir, no era bien usar dellas, sino que las Griegas señalassen en el vocablo el origen [...].»

      Hacia 1634, pues, no había ni siquiera memoria de la antigua diferencia fonética entre ç y z.

      Amado Alonso pensó primero que la contradicción a lo afirmado por Bonet, explícita en Correas e implícita, pero no por ello menos significativa, en Graxera, se debía a diferencias regionales, siendo Bonet representante del habla «toledana», que se mantendría aún diferente del habla de tipo castellano-viejo (sic) extendida por las dos Extremaduras46. Pero se vio pre­cisado a abandonar esta explicación geográfica en vista de varios testimonios muy significativos. Ximénez Patón, manchego (1611)47, al hablar de los tres valores de c («propio», ç  y c + h), afirma: «[...] el segundo es prestado y es quando se pronuncia como zeta griega, poniendo debajo una zerilla, como en estas diciones: zapato, çapato, zedaço, zarça, çeniza, çieno»48, y en la prácti­ca, de acuerdo con esta identificación total de los dos signos, los emplea indistintamente sin preocuparse de la vieja ortografía nebrixense49. Aún más decisiva para negar la posibilidad de un uso conservador toledano de la dis­tinción es la afirmación terminante de Alexandro de Luna, toledano de pura cepa, quien en 1620 (el mismo año en que se publicó el libro de Bonet) asegura a sus lectores de Toulouse que en el «fino castellano» de Toledo «esta letra ç  con aquella coma abajo, y esta z tienen en todo el mismo valor».

      Un testimonio tan rotundo como el de Ximénez Patón50 (1604-1611), Luna (1620), Correas (1626) y Graxera (1634) me convence de que Bonet (como Covarrubias y Ruiz) cedía a prejuicios cultos cuando trataba de carac­terizar la z frente a la ç  por tener «una respiración más fuerte y larga». Si, a la luz de esta sospecha, releemos el texto arriba citado de Bonet, resaltarán en él varios párrafos que denuncian la naturaleza culta de la distinción51. Seguramente, Bonet se dejaría guiar en el habla ordinaria (como Covarrubias y Ruiz) por el mismo principio práctico que defiende en la enseñanza: «Como no es otra la diferencia que en ser mas o menos fuerte aquel ceceo, para la locución del mudo no importa».

      En suma, encuentro indiscutible la afirmación de Amado Alonso de que, en el siglo XVI, «conservar o abandonar la sonoridad de la /z/ era entonces conservar o abandonar su entidad como signo». Pero no encuentro razones convincentes para mantener su arriesgada suposición de que «durante casi medio siglo —hasta Bonet, 1620— la oposición c : z siguió siendo funcio­nante después de haber perdido su marca única de oposición (la sonori­dad)»52. Los tratadistas (Villalón, en Castilla la Vieja, 1558; Ruiz, en Ma­drid, 1587; Covarrubias, en el Reino de Toledo, 1610, y Bonet, en Toledo, 1620) que describen la z como articulada con más fuerza que la ç, se dejaron llevar por prejuicios etimológicos y ortográficos, atrayendo por esta razón la censura de Correas. Creo que todos ellos, en su propia habla, eran seguros (Villalón, Ruiz, Covarrubias) o muy probables (los restantes) confundidores.

      Resumiendo, la fusión de /ç/ y /z/, que ya se había completado en Castilla la Vieja, invade en el último tercio del siglo XVI el habla cortesana de Madrid y Toledo, de tal manera que, en el último cuarto de siglo, incluso los maestros de escuela enseñan el uso no distinguidor, pues ellos mismos ya no conocen la diferencia. Sólo unos pocos gramáticos todavía defienden en­tre 1578 y 1584 la vieja oposición de sonoridad : sordez, frente a la confusión triunfante en el habla de todas las clases sociales. No hay que extrañarse, pues, de que en 1610 un lexicógrafo de la categoría de Covarrubias, en el reino de Toledo, sea incapaz de distinguir z de ç, o de que alguien como Ximénez Patón, en 1611, considere que los dos signos tienen la misma pro­nunciación. En resumen, «por los años de Bonet todavía no se había extin­guido del todo en algunos la conciencia tradicional de la dualidad c-z» (man­tenida por la distinción ortográfica y por prejuicios etimológicos), pero ninguno, ni siquiera el cortesano más conservador, era capaz de imaginar el «verdadero» sonido de z (que, algunos años antes, Velasco, Madrid, 1578, y Cuesta, Toledo 1587, todavía oponían correctamente al uso no distinguidor triunfante en ambas ciudades).

Diego Catalán. El español. Orígenes de su diversidad (1989)

NOTAS

39 Amado Alonso cree que la naturaleza africada de la /ç/ de Bonet (1620) puede deducirse también de la propia descripción que da Bonet de este fonema: «[...] hiriendo la lengua en los dientes inferiores y arrojando fuera de la boca, con alguna violencia, la respiración un ceceo suave y sutil»; «[...] la punta de la lengua pegada a los dientes inferiores». No creo que las expresiones «con alguna violencia» y «pegada a los dientes inferiores» sean suficientes para su­poner una /ç/ africada; por el contrario, esta última frase excluye la posibilidad de una articula­ción africada del fonema. Si hubiera una oclusión, tal oclusión no se produciría contra los incisivos inferiores, sino entre el dorso de la lengua y los dientes superiores. Bonet no podía haber dejado de indicar en su descripción un punto de contacto tan obvio. En una fricativa, sin embargo, el único punto de contacto de la lengua, cuando produce el «ceceo suave y sutil», es el descrito por Bonet.

40 Amado Alonso fuerza los datos, creo yo, cuando señala que «el toledano Covarrubias, 1610, iguala sin escrúpulo alguno z y c en posición inicial» (De la pronunciación, I, p. 392), en lugar de admitir que estamos ante un no distinguidor que, a causa de sus prejuicios librescos, todavía hace alguna concesión a la distinción ortográfica. Oudin, en 1619, vio claramente que el comportamiento de Covarrubias era prueba patente de que la pronunciación sonora de /z/ «n’est nullement Castillane» y de que z «a le mesme son» que c (véase después mi apartado «El cambio en la norma cortesana, visto por los gramáticos extranjeros»).

41 T. Navarro Tomás, «Doctrina fonética de Juan Pablo Bonet» en Revista de Filología Española, VII (1920), pp. 150-177.

42 Véase en A. Alonso, De la pronunciación, I, n. 233, la espléndida descripción que hace Bonet de la /ñ/, a pesar de que, para la enseñanza práctica, recomiende igualarla con la /n/ («quando juntare letras el mudo se le ha de dar a entender que es lo mismo que m>).

43 En el libro II (práctico) sólo señala de pasada: «quando este mas perito se le dará a entender que ay diferencia entre la z y la c en ser esta menos fuerte de pronunicar que aquella y formarse teniendo el mudo la punta de la lengua pegada a los dientes inferiores».

44 Correas insiste en este punto en numerosas ocasiones, cambiando cada vez algo la forma de estas observaciones polémicas.

45 Correas, que era un magnífico observador, va más allá de la fonología en sus minuciosas precisiones fonéticas, abarcando incluso rasgos de fonética sintáctica. Pero niega que estas diferencias deban reflejarse en la escritura, precisamente por el hecho de no ser «fonológicas», esto es, por su carácter «no arbitrario». Así, destaca la naturaleza fuerte de la d- inicial, frente a la -d- intervocálica y la -d final que son «floxas»; observa que «kasi... doblamos» la r ante l, n, y que r o s, ante rr, y s, ante s, casi desaparecen; nota que n, ante b o p, parece alterarse algo. Pero todos estos «leves afetos de konkursos» no son razón suficiente «para alterar letras» (como algunos hacen escribiendo mb, mp), puesto que «lo ke de suyo se haze, ello no a menester señal ni enseñarse», argumento realmente muy razonable. Al igual que estas adaptaciones fonéticas no son suficientes para destruir la identidad de cada fonema o «letra», tampoco las varias pronun­ciaciones regionales alteran su identidad: «La xe, los Extremeños la pronunzian mui espresa. La ze, kon alguna diferenzia diversas provinzias i personas. Mas todos estos diferentes afetos no konstituien diferente letra, ni es kausa de alterar la eskritura».

46 En su artículo «Cronología de la igualación c-z en español», Híspante Review, XIX, 1951, pp. 161-162. Pero en las propias Addenda a este artículo (p. 163) Amado Alonso cita el testimo­nio de Alexandro dé Luna (1620), y reconoce, consiguientemente, que «c y z sonaban en Toledo igual en 1620, año del libro de Bonet. Esta declaración descuenta mucho de mi explicación geográfica».

47 Natural de Almedina y vecino de Villanueva de los Infantes (de la que Almedina forma ahora parte legalmente).

48 Amado Alonso, extrañamente, interpreta que la «z griega» a la que se refiere Ximénez Patón es la ζ del griego. Comenta: «Nebrija, como luego Erasmo, sostenía y predicaba la pro­nunciación sd para la ζ; en los tiempos de Ximénez Patón la interpretación uniforme de la ζ era ds; luego lo veremos otra vez con Bonet. De este modo concuerda Patón con nuestros demás testimonios coetáneos de que la /ç/ guardaba aún, en pronunciación plena, su estructura de africada» (De la pronunciación, I, p. 323). Basta leer los ejemplos que cita Patón para ver que se refiere a la igualdad de pronunciación çapato = zapato. Su /ç/ no era africada, ni conocía una /z/ distinta de /c/; no podemos sorprendernos, como hace Amado Alonso, al ver que «no dice en la Ortografía una palabra de la z castellana, ni siquiera al hablar de la grecolatina».

49 Amado Alonso reconoce que, en este libro, la «anarquía ortográfica» de ç y z es completa. «En su propia escritura apenas usa de la letra z (el único uso regular es en posición final...). La mantiene unas pocas veces en los verbos dezir y hazer, que también escribe con q, y escribe naturaleça, sencillas, veces, etc.; y de pronto zapato, zedaço, zarça, zerzenar, zerilla, zezear».

50 Ximénez Patón, antes de publicar su Epítome de Ortografía (la aprobación es de 1611), había publicado en 1604 un libro sobre Eloquencia española, que, en su edición de 1621 (en el Mercurius Trimegistus), tiene el siguiente párrafo (que no hay razón para considerar una inter­polación a la primera edición, que no hemos podido consultar): «... los que comiençan o acaban en za, ze, zi, zo, como zaquizamí, zamarro, zapato, zedaço, çepillo, Mozo, Moza, Mazizo». Tal afirmación es una clara muestra de la completa indiferenciación entre /ç/ y /z/, según admite el propio A. Alonso, De la pronunciación, I, nota 225: «Observemos de paso que la entera confu­sión entre ç y z no está sólo en la ortografía, con posible atribución a la imprenta, sino en los ejemplos».

51 «El mas ordinario usar della [la z] es en las finales de las partes, que alli es larga y fuerte y por eso no acaba la palabra en c, sin virgula ni con ella, aunque se parezcan en el sonido, y en los principios de las partes pocas vezes se pone, si se escrive ortográficamente, y Antonio de Nebrija solo la hallo en quinze principios de vocablos». Bonet pone a Nebrija como prueba de que la z- inicial de palabra es rara, porque, en el fondo, el problema es «escribir ortográficamen­te» y no según la pronunciación.

52 Los libros impresos en la Corte en el primer cuarto del siglo XVII comprueban nuestra conclusión: «En las Novelas exemplares de Cervantes (Madrid, 1613) se desvían de la ortografía antigua aderezar, enzima, bozal, simplizidad, recien, rezelar, traza, enronquezer, trazista, quiza, trenzilla; en la Plaza Universal de Suárez de Figueroa (Madrid, 1615) se desvían, fuera del plaza del título, adelgaçar, trecientos, mazo, matrices, vacio, porqueçuela, cuecese, traza, brazo, real­zar, en el Teatro de las grandezas de Madrid de González Dávila (Madrid, 1623), Zamora, Zaragoça, Galicia, placia, yacian, regazo, alianza; en Los Cigarrales de Toledo de Tirso (Ma­drid, 1630), coraçon, açuzenas, apacible, aderezo, Salcedo, amenaçar, zelo, rezeloso, empieze, tropezo, pieza, poça, enriquezer, etc.» (según los datos recogidos por Cuervo en la Revue hispanique, II, 1895, pp. 43-44. Véase nota 333 de A. Alonso, De la pronunciación, I). La abundancia de faltas de ortografía en los libros de este período no sólo prueba la existencia de la confusión de /ç/ y /z/ en el habla de la corte, sino también que la antigua oposición se había olvidado ya incluso como base de la ortografía.

CAPÍTULOS ANTERIORES:  EL ESPAÑOL. ORÍGENES DE SU DIVERSIDAD

ADVERTENCIA

1.- EL ESPAÑOL. ORÍGENES DE SU DIVERSIDAD

I ORÍGENES DEL PLURALISMO NORMATIVO DEL ESPAÑOL DE HOY

*   2.-1. EL FIN DEL FONEMA /Z/ [DZ - Z] EN ESPAÑOL

*   3.- 2. EL FIN DEL FONEMA /Z/

*   4.- 3. ¿PROCESO FONÉTICO O CAMBIO FONOLÓGICO?

*   5.- 4. ¿PROPAGACIÓN DE UN CAMBIO FONÉTICO O DE UN SISTEMA FONOLÓGICO?

*   6.- 5. LA FALTA DE DISTINCIÓN /Z/ : /Ç/, REGIONALISMO CASTELLANO - VIEJO

*   7.- 6. LA CONFUSIÓN SE CONVIERTE EN NORMA DEL HABLA DE LA CORTE (FINALES DEL SIGLO XVI)

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